viernes, 27 de junio de 2014

Prólogo.

           

         
“Hubo un tiempo en que elfos, cíclopes, humanos y enanos se unieron para hacer frente a las huestes del mismísimo mal. Hubo un tiempo en que unos pocos plantaron cara a muchos para que la libertad del mundo prevaleciera. Hubo un tiempo en el que la Tierra Libre solo era un sueño que se extinguía por momentos… “






 “En la guerra de la oscuridad contra la luz no hay vencedores ni vencidos, solo pequeñas victorias pírricas que se decantan hacia un bando u otro.”




L
a oscuridad lo llenaba todo, un frío sin nombre se colaba por todos los resquicios de la piel llegando hasta el tuétano de los huesos, situada en el centro del salón principal una hoguera, parpadeante y juguetona, arrojaba un poco de calor a aquella estancia e iluminaba las sombras de una multitud de seres, que atareados, traían y llevaban útiles sanitarios. Todo parecía indicar que se había creado un hospital improvisado en aquella pequeña cabaña retirada de toda urbe, hundida en la tibia soledad del bosque, perdida en la inmensidad.

El ambiente que se había creado en la sala era pura tensión, se sentía que algo iba a cambiar, que el futuro de la Tierra Libre tornaría. De súbito, un grito ahogado rompió el silencio que los congregados se esforzaban por mantener, el alarido solo duró unos segundos, pero hizo que todos se quedaron paralizados esperando que aquel clamor volviera a aparecer. Durante breves instantes nada se oyó, el silencio devoró  a marchas forzadas el bramido desesperado y agónico de una joven. Las náyades, conteniendo la respiración, se miraron más tranquilas y se relajaron al comprobar que el lamento había sido solo un aviso de lo que podía ocurrir, sin embargo como venido de la nada y sin previo anuncio, un quejido, aun más fuerte que el anterior, cobró vida y colmó la tranquilidad efímera que se había instaurado en las elementales del agua.

El lamento, entrecortado y jadeante,  provenía de una pequeña sala situada al fondo de un sinuoso y húmedo pasillo, en su interior se encontraban dos grandes camastros separados solo por unos centímetros, en el centro de la habitación se abría una pequeña ventana que dejaba entrever la luz de la Luna empeñada en no abandonar la noche. Las camas estaban ocupadas por dos jóvenes humanas, la chica de la izquierda estaba en pleno parto, mientras que la mujer de la derecha observaba a su compañera sin saber muy bien qué hacía en aquel lugar rodeada de aquella gente extraña.  La parturienta se agarraba con fuerza a la mano azulada de uno de aquellos extraños seres mientras su rostro se exprimía al sentir de nuevo aquel dolor, que naciendo de su vientre llegaba hasta su garganta para convertirse de nuevo en un grito de angustia.  La otra chica, que hasta ahora no había sentido ningún tipo de dolor, comenzó a contraer y relajar las manos, experimentando el mismo dolor que su compañera de habitación.

-          ¡Ya viene! – dijo la elemental situada entre las piernas abiertas de la primera mujer.

La humana no escuchaba nada, se esforzaba por concentrarse en su hijo que estaba a punto de nacer. La incipiente vida luchaba por salir al exterior y saborear, por vez primera, el aire que sería su elemento más preciado durante el resto de su existencia. Los jadeos eran incesantes, ora más pronunciados y continuos, ora más pausados. La cara de la chica estaba totalmente desencajada, la naturaleza estaba llevando a cabo su cometido y el débil cuerpo de la muchacha se entregaba a la dolorosa apertura de sus entrañas. Los jadeos y los brotes de dolor cada vez se repetían con más frecuencia e intensidad, las señales eran claras, ya no había marcha atrás, el momento estaba cerca: 

-          Continua así – comentó una mujer de larga melena azulada mientras de sus manos brotaban unas ondas que relajaban el cuerpo de la futura madre. – Ya queda poco, solo tienes que empujar una vez más.

Acuciada por la voz tranquilizadora y las ondas mágicas de la hechicera, la madre se relajó por momentos y su rostro, perlado en sudor, se distendió. En el mismo instante que la primera chica se relajaba, su compañera comenzó a gritar indicando que su hijo también estaba a las puertas de nacer. La hechicera cruzó la mirada hasta posarse en el camastro que había a su derecha y sonrió para sus adentros, sin duda su plan estaba resultando a las mil maravillas.

<<De madre no fecundada nacerá un niño en cuyas manos se depositará el futuro de la Tierra>> - Se repetía continuamente la maga para sí como queriéndose convencer de aquello que estaba a punto de llevar a cabo.

Mucho tiempo había invertido la hechicera para hallar a aquella humana. El Oráculo era caprichoso y no facilitó muchas pistas de su lugar de nacimiento, solo el cultivo en la lectura de los astros dio la certeza a Démona, gran guía de la ciudadela mágica de Vae, que aquel niño que estaba a las puertas de la vida era el elegido por los dioses para enfrentarse al mismísimo Mal.

Démona estaba preocupada, el parto se estaba alargando más de lo esperado y no había tiempo que perder, a los oídos del Emperador habían llegado los rumores del nacimiento de aquel niño y no tardaría en poner en liza a tantos soldados como fuera posible para encontrarlo y acabar con su vida. Esta reflexión llevaba a la hechicera a una certeza aún más macabra, si solamente los sietes grandes hechiceros de la Ciudadela de Vae estaban al corriente del estudio de la hechicera y el Emperador conocía su búsqueda, el gobierno de Vae estaba corrupto y por tal no podía confiar en nadie.

Los jadeos de las humanas se oían al unísono, parecía que se habían puesto de acuerdo en tener a sus bebes al tiempo, ambas se miraban sin comprender muy bien lo que estaba pasando a su alrededor, pero se dejaron llevar por la fuerza de la naturaleza y se concentraron en su cometido.

Las manos azuladas de las ninfas intentaban dar respuesta a los gemidos de las muchachas con diligencia, mientras Démona, ensimismada en sus pensamientos y perdida en sus reflexiones, pedía a los dioses que ambos bebes fueran niños, de otro modo su plan era nefasto.

Por un segundo la oscuridad, el frío, el grito de las chicas y el crepitar de la hoguera quedaron sumisos a los llantos de los niños que increíblemente habían nacido a la par. Las náyades, que tenían los bebes en sus regazos, miraron a la hechicera confirmando que ambos eran niños. Velozmente  Démona se acercó “al niño elegido”, lo miró con ternura, dedicó una solemne mirada a la madre y salió de la habitación. La muchacha en seguida comprendió el objetivo de aquella mujer de pelo azul y comenzó a vociferar lo más fuerte que pudo:

-          ¡Me prometiste que no le harías daño! ¡Devuélveme a mi hijo, hechicera!- Se desgañitaba la chica al ver como su hijo se alejaba.

Démona no podía soportar el lamento de aquella chica y sus ojos dejaron caer dos lágrimas, pero su cometido era mucho más alto que los sentimientos de esa joven… de ella dependía el futuro de la tierra, en aquel bebe estaban depositadas todas las esperanzas de un nuevo amanecer, de un nuevo día donde la paz volviera a reinar sobre la Tierra Libre. De modo que hizo oídos sordos a su interlocutora, se armó de valor y se llevó al niño a gran velocidad.


 “La elegida” no dejaba de llorar, su llanto era aterrador, desesperado… inútil. La chica agarraba con fuerza las blancas sábanas de su cama, gritaba, gemía, se arañaba la cara para evitar ver la pérdida de su primer y único hijo, pero todo era en vano, su hijo ya estaba fuera de la habitación y en manos de una desconocida corría hacia su devenir. 

Todos las emociones desbocadas que se habían dado cita horas antes en aquel lugar ahora se habían apagado, todo parecía haber ocurrido hace miles de años, “la elegida” ya no se encontraba en aquel lugar y el otro bebe descansaba en el pecho de su madre alimentándose de la dulce leche de sus pechos.  Las elementales del agua  recogían y limpiaban todos los útiles sanitarios intentando no dejar ni una huella de su paso por aquella cabaña. De repente un sonido de botas y de rechinar de aceros sonó en el pasillo de entrada, las ninfas, conocedoras del final que les aguardaba, apresuraron su trabajo, pero por más que lo intentaron no pudieron esconder todos los instrumentos:

-          ¿Dónde está el niño? Es hora de que muera…-irrumpió en la sala una voz ajada y siniestra.

Los esbirros del Señor de la oscuridad entraron en la sala de partos, apartaron con violencia a las ninfas, que intentaban por todos los medios proteger a la chica, y dejaron a la humana para su capitán:

-          Entonces es cierto. – Masculló el orco de mayor rango. – Ese brujo tenía razón.

El líder de la hueste miró a las náyades que temblaban de pavor, se rascó la mejilla e indicó, con un gesto de su cabeza, que le trajeran al niño. De inmediato uno de los soldados se acercó a la mujer y se lo arrebató de su regazo:

-          ¡Este es el ser que iba a eliminar a nuestro Señor! - reía mientras cogía al bebe de una pierna dejándolo suspendido en el aire. – No parece tan poderoso, ¿verdad, chicos?

Los orcos asentían divertidamente al tiempo que la mujer se intentaba levantar para ayudar a su hijo, que al verse separado de su madre y de su sustento, no dejaba de berrear.

-          No. – sentenció la bestia mientras la joven intentaba levantarse de su cama. – La suerte de “esto” está decidida.

Sin perder un segundo más la bestia sacó de su cinto un cuchillo curvado y, frente a los ojos furiosos y desesperados de la madre, le quitó la vida al bebé sin compasión alguna. Tras esta demostración de maldad, el líder de los trasgos se acercó lentamente a la joven y le susurró al oído:

-          Jamás engendrarás a otro niño que pueda poner en peligro el poder de mi amo, el destino de este mundo es pertenecer a Nistag, vosotros solo sois un escollo que ya hemos superado.

El orco reía, mientras que un hilo de baba se le escapaba de entre sus dientes podridos y sin mostrar un ápice de compasión, la bestia introdujo pausadamente su cuchillo curvo en el vientre de la joven. La mujer gritaba incansable, se debatía con fuerza para no perder la vida, lloraba, babeaba, movía las manos e intentaba alejar al orco que reía sin más, sin embargo el frío acero se introdujo centímetro a centímetro en su cuerpo. La muchacha notaba como el acero desgarraba su piel, sus músculos, sus huesos… un segundo más tarde todo cambió, toda aquella ira dejó paso a un sentimiento de paz que la tranquilizaba, poco a poco cerró sus ojos y en instantes su vida expiró.

El orco, satisfecho por su misión, se retiró lentamente y abandonó aquel lugar, no sin antes ordenar a su séquito que acabaran con las ninfas. Sin echar su mirada atrás ni una sola vez y mientras que sus bestias disfrutaban extirpándole la vida a las indefensas náyades, el jefe de la hueste se dijo para sí:

-          ¿Este niño era el que iba a acabar con el reinado de nuestro señor? Menudo sentido del humor tienen los dioses.

Tras la sentencia macabra de aquella bestia que respondía al nombre de Polux, la hueste se dirigió sin perder tiempo a Funikazum, la torre del mal, donde el Emperador los esperaba impaciente.

A pocos kilómetros de allí Démona galopaba a gran velocidad con “el elegido” entre sus ropas, era plenamente consciente de que el Emperador buscaría ávido la vida de aquel niño y que no cejaría en su empeño hasta tener un bebé sin vida entre sus manos. Démona  no sabía si su treta surtiría efecto, pero solo el beneficio de la duda merecía la pena, el futuro de la Tierra Libre estaba en sus manos, no obstante su corazón no daba razón a su mente:

<< ¿Merecían, madre e hijo, morir por los designios de un Oráculo? ¿Podría ser que la lectura de los oyentes no fuera la correcta? Es más… ¿Cabría la posibilidad de que mis estudios no fueran acertados y la lectura de los astros no indicará aquel lugar…? >>

Se preguntaba la hechicera una y otra vez mientras que de sus ojos esmeraldas las lágrimas no dejaban de brotar como rocío de la noche, sentía el peso de la muerte de aquella familia en su corazón, pero… ¿Qué podía hacer? El bien de la mayoría está por encima de todo… o no.

Después de dos días de viaje sin descanso, la hechicera llegó al lugar marcado, el bosque de Nindythor. Se bajó de su caballo y desenrolló un papiro en el que se podía leer:

<<Entre la espesura del bosque donde nunca cesa la lluvia encontrarás el Árbol del Destino. Ese será el cobijo del elegido, siendo su suerte  la que los dioses le apliquen. Colgado por sus tendones será abandonado y esperará su devenir. >>


La mujer comenzó la búsqueda bajo aquella lluvia que nunca acababa, recorrió de arriba abajo todo el bosque una y otra vez, sintió la vida de aquel lugar, percibió el poder de aquellos enormes árboles a su alrededor y el tiempo fue pasando lentamente. Por más que se esforzaba, no conseguía encontrar aquel árbol tan especial. Los días sucedieron a las noches y estas de nuevo a los días hasta que perdió la noción del tiempo. Miles y miles de árboles llenaban aquel lugar, pero ninguno respondía a la definición del árbol del destino. Paseó por el bosque sin descanso, el agua le calaba todo el cuerpo, el pelo le caía ralo sobre su frente, pero nada detenía su búsqueda, nada, siquiera la continua lluvia empapaba su decisión… Sin embargo el lento transcurrir de las horas y el correr incesante de los días hicieron que el espíritu de Démona estuviera al borde de la desesperación. El llanto del niño era incesante, la magia no saciaba su hambre, la lluvia había atenazado sus músculos y el sueño jamás llegaba a aquella criatura, no obstante estaba fuerte y crecía a marchas forzadas.

En ese preciso instante, perdida ya toda esperanza, la hechicera se sentó con el niño estrechado contra su pecho y volvió a recordar por enésima vez todo lo que había leído:

<<El Árbol del Destino es de madera tan blanca que reluce por doquier, solo la oscuridad decantará el lugar…>>

La desesperación, la culpabilidad, el cansancio y el deber,  hicieron que la hechicera quedara absorta en sus reflexiones hasta que el sueño la llevó a un estado de fantasía. Mientras la hechicera dormía, el bebé parecía reconfortarse en el pecho de aquella humana y se dejó llevar por las mieles de la noche, quedando ambos a merced de la oscuridad que existe tras los ojos. No supo muy bien cuanto tiempo había estado durmiendo, pero cuando despertó era plena noche, sobresaltada, Démona asió su cayado con fuerza apuntando hacia todos lados, nerviosa por lo que pudiera encontrarse, pero no había nadie que turbará su descanso, viró su vista al niño que dormía tranquilo entre sus brazos y miró en pos de aquel dichoso árbol. En aquel lugar no había ningún árbol fuera de lo común, todos eran marrones… tristemente marrones, por más que la hechicera miraba a diestra y siniestra no encontraba aquella maldita planta que culminará su misión:

-          Tiene que estar aquí – se repitió consternada - ¿Dónde estás? – gritó a la infinitud del bosque.

Casi al borde de la exasperación, la hechicera cerró los ojos por un momento buscando el descanso que no había encontrado en sueños y en la negrura que sus ojos le regalaban pudo ver de pleno el árbol del destino. Quedó impresionada por la visión que se le mostraba tras los párpados, volvió a abrir los ojos una vez más y no vio nada, así que cerró los ojos con fuerza, cogió al bebé y se dejó llevar por su instinto, esquivó todos los árboles que se interponían a su paso. Todo parecía escrito, sus pasos iban abriéndose camino a través de la espesura.

Brillante como los mismos Soles, reluciente como la plata recién pulida, puro como el niño que llevaba en su seno… allí estaba el gran Árbol que centelleaba como luna llena en una noche oscura. Era hermoso; su tronco blanco adornado por cientos de runas arcanas evidenciaba su importancia; sus ramas, repletas de frondosas hojas azuladas daban cierto color a la blancura de la visión.


 Démona volvió a abrir los ojos y la imagen que veía en la realidad nada tenía que ver con lo que sus ojos cerrados le regalaban. El árbol que se levantaba ante ella parecía raquítico y muerto, no tenía hojas que cubrieran sus ramas y estas se comportaban como dedos arrogantes que señalaban el cielo; su madera estaba podrida y ennegrecida por el moho. Sin dudar más la hechicera cogió al niño por una de sus delicadas piernas y, buscando fuerzas de donde no las tenía, atravesó su tendón con una gran aguja dorada, sorprendentemente no obtuvo ninguna respuesta del niño, que estoicamente resistía el dolor sin dar una sola muestra de debilidad. De nuevo llevó a cabo el mismo acto en la otra pierna. Tras terminar de taladrar sus tendones colgó al niño de aquel raquítico árbol y allí, abandonado a su suerte, quedó el ser que tendría que cambiar el devenir de la historia.

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