E
|
n lo más profundo del bosque de Ditara, dentro
del valle de Potries, en la sala real del palacio del Árbol, un concilio
secreto se estaba llevando a cabo. Jistu, rey de los elfos, había reunido a los
representantes de las dos razas que aún plantaban cara al Emperador, los
humanos del Norte y los cíclopes, para sentar las bases para la defensa de la Tierra Libre.
El palacio del Árbol estaba situado en pleno corazón de los dominios de los elfos, su estructura era increíble, millares de árboles se entrelazaban entre sí dando forma a las cientos de habitaciones que constituían aquel magnífico palacio; los troncos se retorcían para dar vida a las sillas, mesas, estanterías y demás útiles que constituían aquel hermoso lugar. Los elfos jamás cortaban una rama para construir nada, simplemente le pedían al bosque que se lo dispensase, a cambio ellos lo cuidaban y mimaban con una dedicación absoluta, la simbiosis entre ambos era total y perfecta. El bosque de Ditara era el único bosque de la Tierra Libre que todavía se comunicaba con sus moradores, en la antigüedad los oyentes conversaban a diario con los bosques, pero en los últimos tiempos los elfos no habían conseguido captar nada y esto aterraba al Rey de los elfos.
El palacio del Árbol estaba situado en pleno corazón de los dominios de los elfos, su estructura era increíble, millares de árboles se entrelazaban entre sí dando forma a las cientos de habitaciones que constituían aquel magnífico palacio; los troncos se retorcían para dar vida a las sillas, mesas, estanterías y demás útiles que constituían aquel hermoso lugar. Los elfos jamás cortaban una rama para construir nada, simplemente le pedían al bosque que se lo dispensase, a cambio ellos lo cuidaban y mimaban con una dedicación absoluta, la simbiosis entre ambos era total y perfecta. El bosque de Ditara era el único bosque de la Tierra Libre que todavía se comunicaba con sus moradores, en la antigüedad los oyentes conversaban a diario con los bosques, pero en los últimos tiempos los elfos no habían conseguido captar nada y esto aterraba al Rey de los elfos.
Dentro
de la sala real se encontraban los representantes de la Tierra Libre. A la
derecha de una gran mesa de madera que nacía del mismo suelo, se hallaba el
príncipe del reino de los ciclopes, Goti, venía en nombre de su padre, Gunti. Su
pueblo mantenía vigiladas y a salvo las líneas de acceso a la tierra de los elfos,
pero últimamente se hacía muy difícil mantener ese cerco, el enemigo se había
multiplicado en número, tanto era así que los últimos días habían tenido que
mandar a mujeres y niños hacia las tierras más centrales para poder defender la
frontera con mayor eficiencia. Todos los presentes eran conscientes de la labor
que llevaban a cabo los cíclopes y sabían, que si no recibían ayuda en breve,
estos valerosos guerreros acabarían por caer abatidos ante el enemigo, abriendo
el paso de Crin a los ejércitos del Emperador. La presencia del cíclope era
impresionante, como todos los de su raza tenía un solo ojo, su cuerpo carecía
de pelo, su altura sobrepasaba en mucho los dos metros y su musculatura era asombrosa.
El cíclope traía las ropas de gala propias de su reino; una cota de malla de
color azul cielo, unos pantalones de cuero negros y una capa a juego donde se
podía distinguir el emblema de su raza, una bola de fuego incandescente y dos
manos que gobernaba dicha bola como queriéndola proteger.
A la
Izquierda estaba el representante de los humanos del Norte, su atuendo era
totalmente rojo, sus rasgos aristocráticos y su cabello azabache lo distinguía
como Furlas, emisario del rey Fúthernor. Los sureños, emparentados con los
humanos del Norte, se habían vendido al maligno, sin embargo los norteños eran
muy diferentes, ante todo amaban la libertad y el honor, luchando contra todo
aquello que se interpusiese a estos ideales. Por ahora sus territorios no
habían sido atacados, pero se esperaba que si caía el reino de los cíclopes, el
suyo y el de los elfos serían los siguientes.
Presidiendo
la mesa se encontraba Jistu, rey de los elfos, su piel era verdosa y su pelo
rojo como las amapolas; era de talla parecida a la humana. Bajo circunstancias
normales los miembros de esta raza eran muy pacíficos y se dedicaban al cuidado
de los bosques y al cultivo de las artes,
pero en días de guerra eran hábiles arqueros.
Por
último, enfrentada a Jistu, se hallaba Démona, una de las grandes hechiceras de
la ciudadela de Vae. La belleza de la mujer era legendaria, su cuerpo parecía
esculpido por la mismísima Físter, Diosa de la belleza, su larga cabellera azul
caía lacia sobre su cuerpo llegándole hasta la pantorrilla, sus ojos eran de un
marcado color esmeralda y su cara, extremadamente bella, estaba surcada por una
cicatriz que la marcaba de lado a lado. Sentada a su vera, descansando en las
suaves hojas de los árboles, su
inseparable loba, Ishra; su pelaje era blanco como la misma nieve, era de un
tamaño atroz comparado con los demás animales de su especie, no obstante en sus
ojos había un brillo de inteligencia que la hacía, si aun cabía, extrañamente
especial.
Cuando
todos estuvieron sentados alrededor de la mesa, el representante de los
cíclopes, Goti, se levantó para hablar con propiedad:
-
La muralla de Crin no
aguantará mucho tiempo más, los ataques de los orcos son continuos y cada vez
más violentos, mi gente esta haciendo todo lo que puede por contener a esas
bestias, pero ahora están mucho más entrenados, son más hábiles que antes y entienden
el arte de la guerra, esto hace que estén ganando mucho terreno más allá de la
muralla. Mi cometido aquí es tomar consejo y si se estima oportuno ayuda para
defender el paso hacia vuestros territorios. – la voz de Goti era casi gutural,
aunque se había entendido perfectamente el mensaje que traía.
Los
demás componentes del concilio se miraron sin decir una sola palabra y ahora
Furlas, el representante de los humanos del Norte, fue quien tomó la palabra:
-
El Rey Fúthernor está al
corriente de los avances del enemigo y ha dispuesto un contingente para ayudar.
En unos cuantos días un millar de
hombres del norte pasarán por el paso de Crin para llegar aquí y ponerse de
inmediato a disposición del concilio, si es tal la necesidad de nuestros
aliados pueden volver e incorporarse a la defensa del paso de las montañas para evitar el
avance de los orcos hacia el interior.
El Rey
de los Elfos, al igual que Goti, acogió esta propuesta como caída del cielo:
-
Por lo pronto el ejército de
Fúthernor defenderá la muralla de Crin para intentar detener un tiempo el
ataque del enemigo, mientras tanto habrá que buscar la manera de contraatacar,
existen algunos lugares de resistencia que podrían aliarse con nosotros para hacer
frente a los ejércitos del Emperador, la ciudadela de Bastian al Este o la de
Nutro un poco más al Sur.
Todos
los componentes, excepto Démona, asintieron con la cabeza. La hechicera estaba perdida en sus pensamientos, parecía no
prestar atención alguna a lo que sus compañeros de concilio decían; en su mente
solo se le planteaba una y otra vez la imagen del Emperador rompiendo su cayado
con un solo gesto de mano:
<<
- ¡Hechicera! Es el tiempo de unirse a los fuertes y dejar a los débiles a un
lado, tarde o temprano todos caerán bajo los designios “del más poderoso” y
nadie podrá resistir su golpe. Únete a mí y saldrás vencedora, rehusa a ello y
pagarás con tu vida.- la voz del Emperador sonaba lejana como si no saliera de
aquella boca tan próxima.
Démona con el cayado roto entre sus manos, ahogada por
el llanto y la desesperación, solo pudo negar con la cabeza el ofrecimiento de
aquel terrorífico ser.
-
Has elegido. – dictaminó el Emperador.
Aquella bestia totalmente negra, en la que no se podía
distinguir un solo matiz de su rostro, se levantó poderosamente frente a la
debilidad hecha patente de Démona y le asestó una tremenda bofetada a Démona que
la hizo caer al suelo con violencia marcando su cara por siempre. >>
En
ese instante Démona se tocó la cicatriz de su cara y volvió en si para poder
oír al Rey elfo afirmar que el ejército del Norte se quedaría en la muralla.
-
Los núcleos de resistencia no
son fiables, en algunas ocasiones son bandidos que solamente buscan el
beneficio propio sin ser fieles a nada y a nadie, respondiendo solo a su
codicia desmesurada. – añadió Furlas rápidamente para continuar. – Solo los
ejércitos regulares pueden hacer frente a esas bestias. Sabéis como luchan esos
orcos, no son mercenarios, están adiestrados en la guerra; el temor que tienen
a sus lugartenientes y el respeto a su Dios infunde obediencia en todos sus
movimientos.
-
Cierto, amigo mío. – dijo
Goti mientras con sus dedos acariciaba su cara sin bello alguno – Desde hace
tiempo esas ratas han aprendido el arte de la guerra, sabiendo muy bien lo que se
hacen. Debemos estar atentos y tener en cuenta que los sureños se han vendido
al mal y pueden atacarnos por el Oeste.
Jistu,
bajo una sonrisa que evidenciaba el olvido del cíclope, añadió con decisión:
-
No se atreverán a atacar por
el oeste, saben que el bosque nos da protección, - añadió Jistu sin mucha
seguridad - debemos preocuparnos del paso de Crin, ya que si consiguen entrar,
el camino a los dominios de los cíclopes y a
nuestro bosque será un hecho.
Mientras
decía estas palabras el Rey elfo sacó un mapa y lo desenvolvió frente a sus
compañeros señalando las posibles vías de entrada. Sabedor del temor que el
agua infundía en los orcos, descartó las posibles entradas por mar y siendo el
paso por el bosque un suicidio, solo podían intentar el asedio del resto del
mundo libre por la muralla de Crin.
Pese
que Démona estaba escuchando con atención las palabras de aquellos hombres, no
podía sacarse de la cabeza la imagen de aquella bestia negra. Sabía
perfectamente que si él decidía entrar en aquellos territorios, solo era
cuestión de tiempo que lo lograra y que todo lo que se estaban hablando allí
únicamente tendría como objetivo ganar
un poco de tiempo.
Los
congregados continuaron discutiendo sobre la defensa de las murallas de Crin
durante mucho tiempo, al cabo de unas horas concluyeron lo siguiente: En un principio
tanto Goti como Furlas se dirigirían al Norte para encabezar la defensa de la
muralla de Crin, mientras tanto Jistu reuniría a sus mejores arqueros y en unos
días mandaría un ejército para ayudarlos. Cuando hubieron terminado de exponer
todo su plan, los tres al unísono, miraron a la hechicera que aun no había
dicho una sola palabra.
-
¿Gran hechicera? – dijo Goti
con sumo respeto. - ¿Qué piensa de nuestro acuerdo?
Démona
depositó progresivamente sus ojos en
todos los componentes del concilio, cada vez que su mirada se detenía en ellos
estos se estremecían, ya que sentían como la hechicera entraba hasta su corazón
leyendo como en un libro abierto sus pensamientos y por fin rompió su silencio.
-
Vuestros acuerdos son
limpios de espíritu, no hay en ellos ninguna motivación fuera de la libertad
que os guía. Las decisiones que habéis tomado son las más sabias y correctas en
estos momentos, pero... ¿Por cuánto tiempo podréis aguantar las defensas?
Sabéis que el Emperador está reuniendo un ejército de orcos y humanos, una
patrulla tan grande que podría arrasar la muralla de Crin en una sola noche,
según las noticias no tardarán más de un mes en ponerse en camino. – las caras
de los tres hombres cambiaron al instante, pero Démona continuó hablando. - Claro
está que apoyo tanto la ayuda de los hombres del Norte - miró a Furlas y le
dedicó una sonrisa- como la alianza entre cíclopes y elfos, no obstante... solo
con defendernos no acabaremos con él.
Lo
que antes había parecido tan claro en la mente de todos ahora con las palabras
de la hechicera se había vuelto oscuro, sabían que todo lo que salía por su
boca era cierto. ¿Qué harían si el Emperador no dejaba de golpear una y otra
vez la muralla de Crin? ¿Cuál sería su destino si no evitaban la entrada a la
Tierra Libre? ¿Cómo podrían enfrentarse a un Dios hecho persona?
-
¿Qué quieres que hagamos,
“maga”? – la voz del Rey elfo expresaba desprecio hacia Démona. A pesar de que
la ayuda de la mujer era fundamental, Jistu nunca había estado de acuerdo en el
papel que los hechiceros llevaban a cabo como consejeros, con la caída de la Ciudadela de Vae, su presencia allí era puramente testimonial y no tenía
ningún valor.
Sin
responder a las provocaciones del elfo, la hechicera habló:
-
El Oráculo hablo de Él...
Antes
de que terminara su frase, Jistu volvió
a interrumpirla desairado.
-
¿El Oráculo? Hace ya tiempo
que el Oráculo cayó y ninguno de sus designios se han cumplido. – encendido por
la ira continuó acusando con preguntas a la hechicera. - ¿Dónde estuvo ese salvador cuando los orcos
arrasaron los poblados cíclopes, asesinando y... devorando a todo lo que se
interponía a su paso? ¿Dónde estaba ese salvador cuando cayó tu misma ciudad,
matando a casi todos los grandes sacerdotes? ¿Dónde va a estar cuando el
Emperador decida, como tú sostienes, atacar con todas su fuerza la muralla?
¿Dónde estará...?
Démona
continuaba callada y tranquilamente sentada, hasta que su voz melodiosa volvió
a irrumpir entre aquel malemagnum de sonidos:
-
El segador de almas.
El
Rey elfo se llevó las manos a la cabeza mientras que los otros dos invitados
miraron a Démona esperando a que continuase.
-
En los territorios del
Norte, donde ya no quedan reinos en pie, existe un rumor que cada día toma más
fuerza, se dice que un hombre acaba con vidas orcas sin esfuerzo, que sus dos
espadas se insertan en sus enemigos sin piedad, que su fuerza es tal que podría
acabar con un ejército él solo, que cuando habla todos callan y obedecen, que...
– la voz del Rey volvió a interrumpir para completar la frase de la hechicera.
-
¡Qué lucha por oro... vaya
salvador! Tú no eres la única que está al corriente de lo que pasa en los
territorios del Norte.
Démona
dedicó una mirada fulminante al rey, se levantó pausadamente e instó a su loba
a que la acompañase, añadiendo:
-
Vuestras propuestas son
buenas, espero que aguantéis todo lo posible. Mientras… yo voy en busca de ese
hombre. Como ya sabéis la Ciudadela de Vae ha caído y ninguna responsabilidad
me une a los designios de los reyes, soy libre de hacer lo que me plazca.
Tanto
Goti como Furlas comenzaron a proferir palabras para detener su camino, pero
Jistu sin levantarse de la mesa culminó:
-
No la necesitamos, el Emperador
ya la venció una vez, no creo que tenga poder como para ayudarnos en nuestra
empresa.
Por
un momento Démona detuvo su andar, clavó su mirada esmeralda en los ojos de
Jistu y este se estremeció de pavor. La hechicera no añadió nada más y se
despidió. Mientras la mujer salía del palacio árbol, Jistu no se podía quitar
de la cabeza aquella penetrante mirada que le había revelado el posible fin de
su amado bosque, en su visión había visto como Ditara ardía en llamas y su
pueblo se postraba a los pies del Emperador.




