martes, 29 de julio de 2014

Capítulo 5: El concilio secreto.


E
n lo más profundo del bosque de Ditara, dentro del valle de Potries, en la sala real del palacio del Árbol, un concilio secreto se estaba llevando a cabo. Jistu, rey de los elfos, había reunido a los representantes de las dos razas que aún plantaban cara al Emperador, los humanos del Norte y los cíclopes, para sentar las bases para la defensa de la Tierra Libre.

           El palacio del Árbol estaba situado en pleno corazón de los dominios de los elfos, su estructura era increíble, millares de árboles se entrelazaban entre sí dando forma a las cientos de habitaciones que constituían aquel magnífico palacio; los troncos se retorcían para dar vida a las sillas, mesas, estanterías y demás útiles que constituían aquel hermoso lugar. Los elfos jamás cortaban una rama para construir nada, simplemente le pedían al bosque que se lo dispensase, a cambio ellos lo cuidaban y mimaban con una dedicación absoluta, la simbiosis entre ambos era total y perfecta. El bosque de Ditara era el único bosque de la Tierra Libre que todavía se comunicaba con sus moradores, en la antigüedad los oyentes conversaban a diario con los bosques, pero en los últimos tiempos los elfos no habían conseguido captar nada y esto aterraba al Rey de los elfos.

Dentro de la sala real se encontraban los representantes de la Tierra Libre. A la derecha de una gran mesa de madera que nacía del mismo suelo, se hallaba el príncipe del reino de los ciclopes, Goti, venía en nombre de su padre, Gunti. Su pueblo mantenía vigiladas y a salvo las líneas de acceso a la tierra de los elfos, pero últimamente se hacía muy difícil mantener ese cerco, el enemigo se había multiplicado en número, tanto era así que los últimos días habían tenido que mandar a mujeres y niños hacia las tierras más centrales para poder defender la frontera con mayor eficiencia. Todos los presentes eran conscientes de la labor que llevaban a cabo los cíclopes y sabían, que si no recibían ayuda en breve, estos valerosos guerreros acabarían por caer abatidos ante el enemigo, abriendo el paso de Crin a los ejércitos del Emperador. La presencia del cíclope era impresionante, como todos los de su raza tenía un solo ojo, su cuerpo carecía de pelo, su altura sobrepasaba en mucho los dos metros y su musculatura era asombrosa. El cíclope traía las ropas de gala propias de su reino; una cota de malla de color azul cielo, unos pantalones de cuero negros y una capa a juego donde se podía distinguir el emblema de su raza, una bola de fuego incandescente y dos manos que gobernaba dicha bola como queriéndola proteger.

A la Izquierda estaba el representante de los humanos del Norte, su atuendo era totalmente rojo, sus rasgos aristocráticos y su cabello azabache lo distinguía como Furlas, emisario del rey Fúthernor. Los sureños, emparentados con los humanos del Norte, se habían vendido al maligno, sin embargo los norteños eran muy diferentes, ante todo amaban la libertad y el honor, luchando contra todo aquello que se interpusiese a estos ideales. Por ahora sus territorios no habían sido atacados, pero se esperaba que si caía el reino de los cíclopes, el suyo y el de los elfos serían los siguientes.

Presidiendo la mesa se encontraba Jistu, rey de los elfos, su piel era verdosa y su pelo rojo como las amapolas; era de talla parecida a la humana. Bajo circunstancias normales los miembros de esta raza eran muy pacíficos y se dedicaban al cuidado de  los bosques y al cultivo de las artes, pero en días de guerra eran hábiles arqueros.

Por último, enfrentada a Jistu, se hallaba Démona, una de las grandes hechiceras de la ciudadela de Vae. La belleza de la mujer era legendaria, su cuerpo parecía esculpido por la mismísima Físter, Diosa de la belleza, su larga cabellera azul caía lacia sobre su cuerpo llegándole hasta la pantorrilla, sus ojos eran de un marcado color esmeralda y su cara, extremadamente bella, estaba surcada por una cicatriz que la marcaba de lado a lado. Sentada a su vera, descansando en las suaves hojas de los árboles,  su inseparable loba, Ishra; su pelaje era blanco como la misma nieve, era de un tamaño atroz comparado con los demás animales de su especie, no obstante en sus ojos había un brillo de inteligencia que la hacía, si aun cabía, extrañamente especial.

Cuando todos estuvieron sentados alrededor de la mesa, el representante de los cíclopes, Goti, se levantó para hablar con propiedad:

-          La muralla de Crin no aguantará mucho tiempo más, los ataques de los orcos son continuos y cada vez más violentos, mi gente esta haciendo todo lo que puede por contener a esas bestias, pero ahora están mucho más entrenados, son más hábiles que antes y entienden el arte de la guerra, esto hace que estén ganando mucho terreno más allá de la muralla. Mi cometido aquí es tomar consejo y si se estima oportuno ayuda para defender el paso hacia vuestros territorios. – la voz de Goti era casi gutural, aunque se había entendido perfectamente el mensaje que traía. 

Los demás componentes del concilio se miraron sin decir una sola palabra y ahora Furlas, el representante de los humanos del Norte, fue quien tomó la palabra:

-          El Rey Fúthernor está al corriente de los avances del enemigo y ha dispuesto un contingente para ayudar. En unos cuantos días  un millar de hombres del norte pasarán por el paso de Crin para llegar aquí y ponerse de inmediato a disposición del concilio, si es tal la necesidad de nuestros aliados pueden volver e incorporarse a la defensa  del paso de las montañas para evitar el avance de los orcos hacia el interior.

El Rey de los Elfos, al igual que Goti, acogió esta propuesta como caída del cielo:

-          Por lo pronto el ejército de Fúthernor defenderá la muralla de Crin para intentar detener un tiempo el ataque del enemigo, mientras tanto habrá que buscar la manera de contraatacar, existen algunos lugares de resistencia que podrían aliarse con nosotros para hacer frente a los ejércitos del Emperador, la ciudadela de Bastian al Este o la de Nutro un poco más al Sur.

Todos los componentes, excepto Démona, asintieron con la cabeza. La hechicera  estaba perdida en sus pensamientos, parecía no prestar atención alguna a lo que sus compañeros de concilio decían; en su mente solo se le planteaba una y otra vez la imagen del Emperador rompiendo su cayado con un solo gesto de mano:

<< - ¡Hechicera! Es el tiempo de unirse a los fuertes y dejar a los débiles a un lado, tarde o temprano todos caerán bajo los designios “del más poderoso” y nadie podrá resistir su golpe. Únete a mí y saldrás vencedora, rehusa a ello y pagarás con tu vida.- la voz del Emperador sonaba lejana como si no saliera de aquella boca tan próxima.

Démona con el cayado roto entre sus manos, ahogada por el llanto y la desesperación, solo pudo negar con la cabeza el ofrecimiento de aquel terrorífico ser.

-          Has elegido. – dictaminó el Emperador.

Aquella bestia totalmente negra, en la que no se podía distinguir un solo matiz de su rostro, se levantó poderosamente frente a la debilidad hecha patente de Démona y le asestó una tremenda bofetada a Démona que la hizo caer al suelo con violencia marcando su cara por siempre. >>

En ese instante Démona se tocó la cicatriz de su cara y volvió en si para poder oír al Rey elfo afirmar que el ejército del Norte se quedaría en la muralla.

-          Los núcleos de resistencia no son fiables, en algunas ocasiones son bandidos que solamente buscan el beneficio propio sin ser fieles a nada y a nadie, respondiendo solo a su codicia desmesurada. – añadió Furlas rápidamente para continuar. – Solo los ejércitos regulares pueden hacer frente a esas bestias. Sabéis como luchan esos orcos, no son mercenarios, están adiestrados en la guerra; el temor que tienen a sus lugartenientes y el respeto a su Dios infunde obediencia en todos sus movimientos.

-          Cierto, amigo mío. – dijo Goti mientras con sus dedos acariciaba su cara sin bello alguno – Desde hace tiempo esas ratas han aprendido el arte de la guerra, sabiendo muy bien lo que se hacen. Debemos estar atentos y tener en cuenta que los sureños se han vendido al mal y pueden atacarnos por el Oeste.

Jistu, bajo una sonrisa que evidenciaba el olvido del cíclope, añadió con decisión:

-          No se atreverán a atacar por el oeste, saben que el bosque nos da protección, - añadió Jistu sin mucha seguridad - debemos preocuparnos del paso de Crin, ya que si consiguen entrar, el camino a los dominios de los cíclopes y a  nuestro bosque será un hecho.

Mientras decía estas palabras el Rey elfo sacó un mapa y lo desenvolvió frente a sus compañeros señalando las posibles vías de entrada. Sabedor del temor que el agua infundía en los orcos, descartó las posibles entradas por mar y siendo el paso por el bosque un suicidio, solo podían intentar el asedio del resto del mundo libre por la muralla de Crin.

Pese que Démona estaba escuchando con atención las palabras de aquellos hombres, no podía sacarse de la cabeza la imagen de aquella bestia negra. Sabía perfectamente que si él decidía entrar en aquellos territorios, solo era cuestión de tiempo que lo lograra y que todo lo que se estaban hablando allí únicamente  tendría como objetivo ganar un poco de tiempo.

Los congregados continuaron discutiendo sobre la defensa de las murallas de Crin durante mucho tiempo, al cabo de unas horas concluyeron lo siguiente: En un principio tanto Goti como Furlas se dirigirían al Norte para encabezar la defensa de la muralla de Crin, mientras tanto Jistu reuniría a sus mejores arqueros y en unos días mandaría un ejército para ayudarlos. Cuando hubieron terminado de exponer todo su plan, los tres al unísono, miraron a la hechicera que aun no había dicho una sola palabra.

-          ¿Gran hechicera? – dijo Goti con sumo respeto. - ¿Qué piensa de nuestro acuerdo?

Démona  depositó progresivamente sus ojos en todos los componentes del concilio, cada vez que su mirada se detenía en ellos estos se estremecían, ya que sentían como la hechicera entraba hasta su corazón leyendo como en un libro abierto sus pensamientos y por fin rompió su silencio.

-          Vuestros acuerdos son limpios de espíritu, no hay en ellos ninguna motivación fuera de la libertad que os guía. Las decisiones que habéis tomado son las más sabias y correctas en estos momentos, pero... ¿Por cuánto tiempo podréis aguantar las defensas? Sabéis que el Emperador está reuniendo un ejército de orcos y humanos, una patrulla tan grande que podría arrasar la muralla de Crin en una sola noche, según las noticias no tardarán más de un mes en ponerse en camino. – las caras de los tres hombres cambiaron al instante, pero Démona continuó hablando. - Claro está que apoyo tanto la ayuda de los hombres del Norte - miró a Furlas y le dedicó una sonrisa- como la alianza entre cíclopes y elfos, no obstante... solo con defendernos no acabaremos con él.

Lo que antes había parecido tan claro en la mente de todos ahora con las palabras de la hechicera se había vuelto oscuro, sabían que todo lo que salía por su boca era cierto. ¿Qué harían si el Emperador no dejaba de golpear una y otra vez la muralla de Crin? ¿Cuál sería su destino si no evitaban la entrada a la Tierra Libre? ¿Cómo podrían enfrentarse a un Dios hecho persona?

-          ¿Qué quieres que hagamos, “maga”? – la voz del Rey elfo expresaba desprecio hacia Démona. A pesar de que la ayuda de la mujer era fundamental, Jistu nunca había estado de acuerdo en el papel que los hechiceros llevaban a cabo como consejeros, con la caída de  la Ciudadela de Vae, su presencia  allí era puramente testimonial y no tenía ningún valor.

Sin responder a las provocaciones del elfo, la hechicera habló:

-          El Oráculo hablo de Él...

Antes de que terminara su frase,  Jistu volvió a interrumpirla desairado.

-          ¿El Oráculo? Hace ya tiempo que el Oráculo cayó y ninguno de sus designios se han cumplido. – encendido por la ira continuó acusando con preguntas a la hechicera. -  ¿Dónde estuvo ese salvador cuando los orcos arrasaron los poblados cíclopes, asesinando y... devorando a todo lo que se interponía a su paso? ¿Dónde estaba ese salvador cuando cayó tu misma ciudad, matando a casi todos los grandes sacerdotes? ¿Dónde va a estar cuando el Emperador decida, como tú sostienes, atacar con todas su fuerza la muralla? ¿Dónde estará...?

Démona continuaba callada y tranquilamente sentada, hasta que su voz melodiosa volvió a irrumpir entre aquel malemagnum de sonidos:

-          El segador de almas.

El Rey elfo se llevó las manos a la cabeza mientras que los otros dos invitados miraron a Démona esperando a que continuase.

-          En los territorios del Norte, donde ya no quedan reinos en pie, existe un rumor que cada día toma más fuerza, se dice que un hombre acaba con vidas orcas sin esfuerzo, que sus dos espadas se insertan en sus enemigos sin piedad, que su fuerza es tal que podría acabar con un ejército él solo, que cuando habla todos callan y obedecen, que... – la voz del Rey volvió a interrumpir para completar la frase de la hechicera.

-          ¡Qué lucha por oro... vaya salvador! Tú no eres la única que está al corriente de lo que pasa en los territorios del Norte.

Démona dedicó una mirada fulminante al rey, se levantó pausadamente e instó a su loba a que la acompañase, añadiendo:

-          Vuestras propuestas son buenas, espero que aguantéis todo lo posible. Mientras… yo voy en busca de ese hombre. Como ya sabéis la Ciudadela de Vae ha caído y ninguna responsabilidad me une a los designios de los reyes, soy libre de hacer lo que me plazca.

Tanto Goti como Furlas comenzaron a proferir palabras para detener su camino, pero Jistu sin levantarse de  la mesa culminó:

-          No la necesitamos, el Emperador ya la venció una vez, no creo que tenga poder como para ayudarnos en nuestra empresa.

Por un momento Démona detuvo su andar, clavó su mirada esmeralda en los ojos de Jistu y este se estremeció de pavor. La hechicera no añadió nada más y se despidió. Mientras la mujer salía del palacio árbol, Jistu no se podía quitar de la cabeza aquella penetrante mirada que le había revelado el posible fin de su amado bosque, en su visión había visto como Ditara ardía en llamas y su pueblo se postraba a los pies del Emperador.


viernes, 25 de julio de 2014

Capítulo 4: El placer y el dolor del Guerrero.

L
a mañana volvía a nacer una vez más en aquello parajes, la orquesta, que los cientos de pájaros creaban, se fundía con el sonido de un pequeño riachuelo que recorría incansable su cauce diario. Los jóvenes astros despertándose de su perezoso sueño emanaban una luz suave y un ligero frescor matinal inundaba aquel paraje; nada podía romper la paz que se instauraba en aquellos momentos en el Bosque, pero como siempre la paz solo dura unos maravillosos instantes en los que nos deja atisbar lo feliz que podría ser nuestra vida, de súbito un murmullo ensordecedor rompió la placidez de la mañana, una multitud se había convocado a los pies del árbol donde descansaba el gran guerrero.

En un primer momento el segador de almas no le dio mayor importancia, los chicos solían despertarse bien temprano y dedicarse al cuidado de las armas, pero fueron los gritos de ira lo que le llamó la atención, Drakan se alojó las dos espadas en sus fundas y descendió del kima

-          Te dije que no compartirían su recompensa por las buenas. – informó Gustan a su amigo nada más verlo llegar.

El hombre lo miró con sonrisa torcida, se quitó las últimas legañas que poblaban sus ojos y habló a la muchedumbre:

-          Ayer ordené que a la familia del chico caído en manos del capitán de aquellas bestias se le restableciera su parte y la mía. ¿Qué tenéis en contra de ello?

Los gritos y murmullos aumentaron en decibelios al oír en voz de su capitán lo que hasta ese momento había sido solo un rumor. “Los más valientes”, aprovechando el manto que el anonimato les ofrecía, gritaron a viva voz:

 - El pacto así lo decía… ¿Cuándo yo muera se le dará mi parte a mi familia?

 El ánimo de aquellas gentes se caldeaba por momentos, eran fieles guerreros, de eso no había duda, pero su fidelidad no era para con su líder, sino para con su recompensa. Drakan enseguida comprendió lo complicado de la situación, al tiempo que  le volvía a la memoria la voz de aquel chico preguntándole: - ¿Por qué luchamos? – Tras oír esta frase por tercera vez en su mente, el guerrero rompió su silencio:

-          Tal vez tengáis razón.  

El gentío pareció complacido al escuchar la primera frase del segador de almas, que inmediatamente fue continuada.

- No solo habría que reestablecerle a la familia de ese muchacho la parte de la recompensa que le pertenece, sino que se la tendríamos que dar a cada una de las familias de los caídos ayer, antes de ayer… y desde que comenzamos a combatir.

En ese momento todos los hombres explotaron en gritos, el murmullo era atronador y junto al griterío comenzaron a escucharse el rechinar de los aceros al desalojarse de sus fundas. La cuenta rápida que habían hecho en sus mentes para averiguar cuánto tendría que darle a los muertos no les gustó nada.

Drakan, al oír el chirriar de las armas, tornó sus dos manos hacia su espalda y sacó sus espadas clavando ambas en el suelo con un súbito y rápido movimiento:

-          Ya sé de que calaña sois todos y cada uno de vosotros, pero creía que en vuestros corazones aun quedaba un poco de honor para los caídos. –sus palabras se detuvieron por unos instante, el gran guerrero escudriñó los rostros duros de sus compañeros de armas, visitó su corazón y continuó sabiendo que sus palabras ya no tenían marcha atrás. – Pero no es así, sois tan codiciosos como el enemigo que continuamente atacamos, no os diferenciáis en nada de esas bestias, tuve que saber, desde que llegué, que este no era mi lugar.

Al terminar muchos de los hombres, con sus armas en mano, se adelantaron unos pasos para afrontar la que podría ser su última batalla, ya que pese a su codicia aun albergaban un poco de honor en sus almas y la ofensa de palabra de aquel humano les había calado hondo.

-          ¿Acaso eres tú mejor que nosotros? – preguntó uno de los cabecillas de la revuelta al segador de almas. -Todos hemos visto como masacras a esas bestias sin piedad, observamos aterrados como disfrutas al ver como la sangre oscura de esos mal nacidos se desliza por tus espadas, ¡júzgate a ti mismo y luego, si no mueres en el intento, júzganos a nosotros!

Al escuchar esta afirmación, Drakan avanzó un paso agarrando los cabos de sus espadas. Los ojos verdes se le habían tornado en amarillos, todos sus músculos estaban en tensión y el halo de poder que emanaba era patente para todos los hombres que estaban presenciando aquella figura. Gustan se dio cuenta de lo que iba a ocurrir y rápidamente saltó de la muchedumbre para interponerse entre aquellos pobres hombres y su amigo.

-          Tranquilo, tú solo acabarías con todos ellos en un abrir y cerrar de ojos, pero… ¿ganarías algo? – La voz de Gustan era suave y pausada - Son unos miserables, ya lo sabías cuando te uniste a ellos, aunque no creo que merezcan morir por ello, déjales con sus reglas y márchate. - hizo un breve silencio y continuó: -  Dónde vayas, yo iré, pero por favor ya tenemos bastante con el enemigo como para que también luchemos entre nosotros.

Los ojos de Drakan volvieron a su color verdoso, lentamente enfundó sus espadas y miró a los ojos marrones de su amigo:

-          Por tu boca no solo hablas tú, amigo mío, sino que se evidencia toda la sabiduría de tus antepasados.

Los hombres ya se habían preparado para la inminente batalla, no obstante se sintieron aliviados al comprobar que el segador de almas había abandonado la idea de enfrentarse a ellos; habían visto en decenas de ocasiones como luchaba aquel ser y sabían, que si eran capaces de matarlo, no sería sin la perdida de muchos. Aun así el cabecilla de la revuelta, al cerciorarse de que Drakan olvidaba la idea de atacarles, se adelantó a su tropa. Era un hombre realmente fuerte, casi tan alto como los cíclopes, su pelo y barba eran totalmente negros de una espesura considerable y en su portentoso brazo asía una gran espada mellada:

-          ¿Tan poderoso te crees que te sientes incapaz de pelear contra nosotros? - cuando terminó esta frase, la multitud irrumpió en risas. – Si no fuera por Gustan ya te habríamos eliminado, segador de almas. -escupió en tono jocoso.

Drakan detuvo su caminar por unos segundos, en ese instante de incertidumbre el miedo llenó los corazones de los humanos que estaban observándolo, el miedo comenzó a aflorar en el cuerpo del cabecilla que sabía el error que había cometido al pronunciar aquellas palabras. Gustan observó a su amigo, notó el crepitar del suelo bajo los pies de Drakan, sintió como el poder que yacía en aquel ser despertaba e intentó  cogerlo del brazo antes de que iniciara su ataque, pero ya era demasiado tarde, en solo unos segundos Drakan había recorrido un espacio de unos veinte metros, empalando al hombre de un solo tajo. Su espada atravesaba todo el cuerpo del cabecilla, desde la ingle hasta la espalda, el segador de almas levantó poderosamente el cuerpo inerte de aquel hombre y, con los ojos amarillos, miró a todos y cada uno de los humanos que se hallaban en la primera fila.

-          Devolveréis el dinero a la familia de ese chico, yo me marcharé, pero si por un casual mis palabras no se hicieran hechos... ¡os mataré a todos, me escucháis!

Todo el grupo en silencio aceptó  las palabras de aquel asesino y poco a poco recularon para luego correr hacia la seguridad del bosque.

A los pocos instantes Drakan había perdido esa luz amarilla que caracterizaba su ira, sacó la espada del cuerpo de aquel pobre hombre, la limpió con sus ropajes y la introdujo de nuevo en su funda:

-          No sé a qué raza perteneces, aunque está claro que no eres humano. Nunca vi a un hombre recorrer en tan poco tiempo tanta distancia. – afirmó Gustan cuando Drakan llegó a su lado.

El segador de almas tenía los ojos envueltos en lágrimas, el corazón se le encogía en cada sollozo, las manos le temblaban sin cesar. Levantó la cabeza y clavo sus
ojos verdes en los de su amigo y le preguntó sin esperar una respuesta:


-          ¿Por qué disfruto con esto? – Las palabras lograron salirle a trompicones de su garganta mientras se miraba las manos llenas de sangre roja… humana. - ¿Por qué?

viernes, 18 de julio de 2014

La Guerra de los Dioses

L
os dos Soles llenaban de vida todo el bosque, los haces de luz conseguían colarse por los pocos resquicios que las grandes ramas de los kimas dejaban, unos pájaros jugueteaban distraídos en los macabros charcos rojos que se habían creado en el suelo, una pareja de ciervos pastaban en las frescas hierbas cubiertas del rocío que regala la mañana y un búho, acechante, observaba a una familia de ratones que cruzaban velozmente el sendero del bosque. Todo parecía extrañamente normal, habían muerto cientos de humanos, pero la naturaleza seguía su curso sin más reparo ni pena, sin preocuparse lo más mínimo de lo que ocurriera a su alrededor.
Dihujin, el Sol mayor, salía por la izquierda y Dutujin, el más pequeño, por la derecha; ambos recorrían sus sendas incansables día tras día, encontrándose al mediodía en lo más alto del cielo, en ese instante compartían unos menguantes segundos que se extinguían al momento de encontrarse. Cuenta la leyenda que cuando todo era oscuridad y solo los Dutikan, espíritus que dieron forma al mundo, habitaban en la Tierra. Dihujin y Dutujin se enamoraron perdidamente. Dihujin era hijo de Funkin, dios del fuego, y Dutujin, hija del dios del agua, Pascak. Sus familias habían estado enfrentadas desde los albores de la creación, los enamorados sabían que su amor era imposible, el fuego y el agua continuamente se disputaban la hegemonía de la Tierra Libre, sus luchas eran despiadadas y atroces, grandes cicatrices marcaban el planeta de norte a sur y de este a oeste. Conocedores de lo que podía ocurrir si sus familias se enteraban de su amor, los enamorados comenzaron a verse a escondidas, poco a poco el amor de aquellos jóvenes fue creciendo. Dihujin visitaba a su amada constantemente, cada segundo que estaba alejado de ella le pesaba como miles de kilos sobre su espalda, sentía que cuando se apartaba de su amada la vida no tenía sentido. Un día el amor entre ellos se consumó, quedando Dutujin embarazada de su amante y amado.

Dutujin lloró amargamente el destino que se le revelaba, sabía que tarde o temprano su padre se enteraría de su estado y, decidida, se presentó ante su progenitor para contárselo todo.

 Pascak escudriñó los ojos de su hija revelando estos la verdad de su romance y las consecuencias que este había tenido. Dutujin imploró perdón para su amado, pero imperturbable, su padre se negó en redondo y sin perder un solo segundo el Dios del agua convocó a todo su ejército y se presentó a las puertas de la fortaleza de Funkin para acabar de una vez por todas con la guerra que durante milenios los había enfrentado. El gran Dios del fuego recibió a su enemigo para parlamentar, Pascak expuso lo ocurrido a su enemigo, este interrogó a su hijo y halló la misma verdad, la misma culpa en sus ojos, pero también encontró un amor prodigioso hacia la hija de su eterno rival.

Según las leyes que regían a los dioses, la cabeza de Dihujin debía ser entregada al dios del agua por haber mancillado la virginidad de una doncella sin su permiso y Funkin sabía que tenía razón, aún así el inteligente dios del fuego habló a toda la hueste del dios del agua:

-          Sí,  cierto es que mi hijo ha roto la ley de la fecundidad sin permiso y por ello os corresponde su vida, de eso no hay duda, pero de igual modo vuestra princesa es culpable del mismo delito para con mi familia, ya que una criatura no nace de un solo ser.

El padre de la chica reflexionó sobre este hecho y esperó que Funkin continuara:

-          Si pides la cabeza de mi hijo- habló directamente a Pascak -  como es de justicia,  la de tu hija me tendrá que ser servida en bandeja, ya que ella tampoco pidió permiso para quedar embarazada de mi estirpe.

Pascak entendió perfectamente lo que su rival le decía y tras largas deliberaciones ambos dioses dictaron su sentencia:

“Se os castigará por toda la eternidad y la soledad será vuestro tormento. Sin embargo una hora al día se os reservará para que podáis disfrutar de vuestra presencia, como dioses que sois os convertiréis en los astros que todas las razas de la tierra venerarán. Arrojareis luz a la oscuridad que puebla estos parajes y vida a la infecundidad del mundo… Respecto a la hija que Dutujin tiene en su seno, pagará las consecuencias de los actos de sus padres quedando condenada a vivir en la penumbra, no pudiendo ver a sus progenitores nunca. Aunque como nieta nuestra dispensará luz a las noches oscuras de la Tierra y su nombre será Luna.”


De esta forma ambos dioses firmaron la paz entre sus familias y jamás volvieron a levantarse en armas, puesto que ahora formaban parte de una misma familia.

viernes, 11 de julio de 2014

Capítulo 2: El sueño del Guerrero



L
a tarde caía pausadamente sobre el antiguo bosque trayendo consigo el manto de estrellas que cada día nacía en aquellos parajes, un infinito universo de puntos titilantes que hacía comprender a los moradores de la Tierra Libre lo ínfimos que eran. La espesura de los gigantescos árboles producía una sentimiento extraño en los habitantes de aquel lugar, una sensación, curiosamente apacible, de ahogo se apoderaba de los humanos que los llevaba en segundos a un sueño tranquilo; pero esta noche el descanso esperaría, el botín de los carruajes había sido muy superior a lo esperado y los hombres celebrarían su triunfo hasta bien entrada la noche. Sin embargo para el gran guerrero no había resuello, Drakan no podía quitarse de la cabeza la mirada de aquel chico moribundo, había observado como la vida espiraba en él, como su alma se había encaminado hacia … hacía dónde, si quiera estaba seguro que existiera algo tras la muerte y aquello apesadumbraba su corazón aún más si cabía.<< ¿Por qué luchamos?>> Le había preguntado el chico antes de morir, esa frase atormentaba al guerrero y no lo dejaba encontrar el descanso que anhelaba <<¿Por qué luchamos?>> Nuevamente sonó con fuerza en su mente. <<¿Por qué luchamos?>> Gritó Drakan a pleno pulmón en la inmensidad de aquel paraje, por un segundo la pregunta se alejó de su mente espantada por la poderosa voz del segador de almas, no obstante segundos después la pregunta volvió a retumbar en su cabeza sin encontrar una respuesta coherente, una respuesta por la cual perder la vida si fuera necesario, simplemente un motivo que tranquilizara su conciencia… quizá no había respuesta para aquella pregunta o tal vez la respuesta era tan nefasta que ni el propio guerrero podría soportarla.

Un ligero sonido alertó los sentidos del segador de almas, olvidando por un segundo la lucha interna que estaba teniendo, velozmente llevó su diestra a la espada, agudizó un poco más su oído y reconoció de inmediato los pasos de Gustan, sonrió para si y se adelantó a su compañero:

-          ¿Qué ocurre, Gustan? – preguntó en tono irónico, mientras su espada apuntaba al cuello de su compañero.


-          No sé cómo lo consigues, pero siempre, por más que me esfuerce por no revelar mis pasos, me delatas. Tienes un sexto sentido del que yo carezco, amigo mío. – Rio entre dientes el jovial compañero de armas.


 -    ¿Ha pasado algo, es extraño que no estés disfrutando del vino? – dijo ahora mientras estrechaba el antebrazo de su compañero ayudándolo a subir.

-          Nada importante, los muchachos han repartido el botín, quieren darte tu parte y disfrutar de los bueyes que tiraban de los carruajes, deben estar riquísimos a la brasa. – volvió a reír Gustan.

Drakan observó la fiesta que se estaba llevando a cabo en el bosque, miró con gesto serio a  Gustan y le habló:

-          Dirás que no iré.

Gustan torció el gesto sorprendido por la respuesta de su amigo, pero cuando se disponía a rebatirle para convencer a su amigo, Drakan volvió a hablar y selló por unos instantes la voz de su amigo:

-           ¿Sabes quién era el chico que mató el jefe de los orcos?

Gustan intentó recordar la cara de aquel muchacho e inmediatamente se acordó de él:

-          Sí… se llamaba Anutug, vivía al Oeste de aquí en una pequeña granja. Pobre, aun no había pasado la veintena, era un chico muy valiente e inteligente, pero tristemente su día ha llegado. – concluyó Gustan sin dar mayor relevancia a sus palabras, la muerte se había hecho tan común entre aquel grupo de salteadores que apenas reparaban en las vidas que perdían.

-          Si bueno... - dijo Drakan sin dar importancia a las últimas palabras de su amigo. – Quiero que a él también se le dé su parte y que junto a la mía se la lleves a su familia.

Los dos amigos cruzaron la mirada y Gustan se vio obligado a decir lo que Drakan ya sabía:

-          Amigo, sabes que a los muertos no se les reparte botín. Los hombres no lo comprenderán.

Drakan asintió y continuó:

-          Me trae sin cuidado lo que piensen los demás, ese es mi deseo y así será, si encuentras algún problema entre la tropa ya lo resolveré por la mañana, ahora vete y disfruta de esa carne… y de las mujeres que han venido del poblado. – culminó rompiendo la tensión que se había creado entre ellos.

Gustan sonrío y partió hacia la fiesta.

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Sobre los altos kimas que conformaban aquel inmenso bosque; Drakan, poseído por una fuerza extraña y sobrenatural,  recordaba cada uno de los actos que había llevado a cabo en la batalla; aquí paraba un tajo, aquí atravesaba el cuerpo de un orco, aquí hendía el yelmo de una bestia y aquí detenía otro ataque. Incansable repetía cada acción que había realizado en la lid, su cuerpo bañado en sudor no encontraba descanso, sus músculos ardían, sin embargo el guerrero no se detenía ni un instante; no sabía que fuerza le guiaba a realizar aquellos gestos una y otra vez, pero, por experiencia, sabía que no estaría contento hasta que las redes de la extenuación llevaran a su cuerpo al decaimiento y así fue como el guerrero, sin previo aviso ni espera, cayó en un sueño intranquilo:

<<       -Tiempo ha que partiste y aun no has encontrado lo que buscas. - se oyó una voz hueca como si su eco resonase en una gran cueva. El susurro era suave y agradable al oído, sin duda pertenecía a una mujer.

El lugar estaba tan oscuro que no conseguía ver nada, tanto era así que no sabía si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Buscó sus espadas, que siempre se encontraban en sus fundas, pero estas habían desaparecido, esto le produjo una sensación de debilidad y de nerviosismo, de repente un escalofrío que nacía en la parte baja de su espalda subió hasta su nuca y sintió que sus músculos estaban paralizados. Intentó moverse con todas sus fuerzas, pero no podía despegar un pie del suelo, la desesperación se estaba apoderando de él, sin embargo una sensación de calma inesperada comenzó a reinar en su cuerpo cuando observó en el horizonte como se dibujaba una tenue luz que se acercaba a él. En un principio la luz había cegado los ojos del guerrero, pero progresivamente estos se acostumbraron al resplandor y Drakan pudo comprobar que aquella luz nacía de un cuerpo femenino. Los pasos que daba aquel ser eran pausados, gráciles, estéticos y avanzaron hasta colocarse a unos centímetros del guerrero.

Las ropas de la mujer eran casi transparentes, en ellas se podía adivinar su esbelta figura, sin duda era una náyade, su piel era azul como el mismo cielo, sus cabellos extrañamente rojizos, y sus ojos de un verde esmeralda a los que Drakan no dejaba de mirar. Era perfectamente bella.

-          Hola, guerrero - dijo la mujer mientras que sus delicadas manos, culminadas de unas largas uñas del color de su pelo, acariciaban la cara del humano – muchos hombres has perdido hoy… pero yo te preguntó… ¿Qué has ganado?

Drakan quiso contestar, pero el hechizo en el que parecía haber caído no le dejaba articular una sola palabra. De este modo la ninfa continuó hablando.

-          ¿Has ganado más oro, o quizá has ganado el favor de los hombres, o el respeto de tu enemigo? – La náyade esperó unos segundos y se contestó a si misma. -¡No, humano! - interpeló con voz acusadora. - No has ganado nada, solo has perdido. ¿Aún no has aprendido nada? No lucharás por codicia ni por poder, ya que solo Él nos dará el poder que a cada uno nos corresponde.

De repente el hechizo que parecía atenazar al humano se deshizo, Drakan cayó al suelo en un golpe sordo, su respiración era agitada, sus músculos estaban cansados, buscó fuerzas de su debilidad y con dificultad balbuceó:

-          ¿Qué otra cosa puedo hacer? Desde que salí del bosque de la lluvia no he encontrado el camino. – Los balbuceos se hicieron palabras y continuó - Estos hombres han comprendido mi forma de ser y, aunque bandidos, me respetan y... - la voz se le quebró en llanto. – ¡Aquí puedo dar respuesta a mí sed de sangre!

La ninfa miró a Drakan llena de compasión y comprensión:

-          Aunque te parezcas a ellos no eres de su especie, tú eres muy diferente, infinitamente más perfecto y elevado, no fue la obra de un hombre y una mujer la que te creó… - las manos de la elemental, que se habían alejado del rostro de Drakan, volvieron a posarse sobre sus hombros, lo levantó y lo besó en los labios, tras eso lo dejó caer al suelo y se alejó sin más.

Drakan intentó levantarse con todas sus fuerzas, pero no podía alzar un palmo su cabeza, solo escuchó los pies descalzos de la ninfa alejándose de él:

-          ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis designios?  - gritaba mientras presenciaba impotente la marcha de la ninfa. - ¡No me abandones! – estalló desesperado.>>


Tras perderse en la infinitud de aquella oscuridad, Drakan despertó sudoroso del sueño que se había tornado en pesadilla y, aliviado, comprobó que la mañana había llegado a aquellos parajes inhóspitos. 

jueves, 3 de julio de 2014

Capítulo 1: El Segador de Almas

  


<<De nuevo me encuentro aquí esperando el momento en el que mi espada se introduzca en el cuerpo de un enemigo, ansiando la ocasión de detener un tajo con mi diestra y asestar con mi izquierda un último golpe mortal, saboreando una vez más las mieles de la muerte y sufriendo por la culpabilidad que más tarde recaerá sobre mi alma. Junto a mí... ladrones, asesinos, bandidos... en definitiva multitud de renegados, pero eso sí, fieles; fieles hasta la muerte, ya que cuando se ha perdido toda esperanza de una salvación divina, solo la terrenal es a la que se puede aspirar y ahora, en el silencio que precede a la tempestad me encuentro>>.

Mientras Drakan hablaba para si en aquel gran árbol que coronaba la inmensa y oscura extensión de vegetación que cobraba vida bajo sus pies, un ejército de orcos comenzaba a entrar por la senda del bosque donde todos los hombres, ávidos de riqueza y gloria guerrera, esperaban su paso.

El bosque por el que transitaba la horda de los orcos era antiguo como la misma Tierra, no había historia, leyenda o mito que hablará de sus principios, simplemente siempre había estado allí y ningún ser que anduviera sobre dos piernas lo había visto nacer; en él se adivinaba una personalidad dormida por el sufrimiento y por el dolor, pero latente; al caminar por sus dominios se percibía su entidad menguada por el paso de los años y la soledad y los orcos, más que ninguna otra raza en la Tierra Libre, eran conscientes de ello. Un único camino lo atravesaba de lado a lado, este sendero dividía en dos la gran espesura de donde emergían grandiosas columnas arbóreas que ocultaba la luz de los Soles, aquellas edificaciones de madera parecían puestas allí dichosamente para que nadie pudiera ver lo que ocurría detrás de ellas, todo esto provocaba que el aire que se respiraba en la zona fuera pesado y viciado y el silencio, solo roto por graznidos de los cuervos, aterrador.

Los humanos se habían dispuesto en unos nidos vigías aguardando el lento caminar de los carromatos y dispuestos a atacar en el momento idóneo, la espera cada vez se hacía más tensa, todos eran conscientes de la situación, sabían que muchos de los que allí se encontraban perderían la vida en ese asalto, pero la recompensa merecía la pena; decenas de carromatos colmados de oro se dirigían al reino de la oscuridad, a la ciudad-estado de Zan-Tindan, donde ensancharían aun más el poder del Emperador.

El tiempo iba transcurriendo con lentitud y poco a poco se acercaba el momento del desenlace; los forajidos notaban el pesado andar de aquella hueste, sentían el repiquetear de las botas contra el suelo, incluso el respirar jadeante de aquellas bestias, esto provocaba que los corazones de los humanos latieran acompasados y temerosos a la espera de la señal que daría comienzo a la batalla.
 La cuadrilla que escoltaba  a los ansiados carros se componía de unos cincuenta orcos,  todos ataviados con su particular vestimenta totalmente negra en la que solo se podía ver una insignia blanca justo en el centro de sus deformes cuerpos, este símbolo, compuesto por dos dragones que se escupían fuego el uno al otro, se había convertido en sinónimo de terror en toda la Tierra Libre.

El jefe de los orcos, nervioso por el espesor del bosque, comenzó a girar su cabeza de un lado a otro, su malvado mirar reflejaba un cariz de miedo, intuía que aquella espesura le deparaba algún mal, pero era consciente de su cometido y sabía, que fuera como fuese, tenía que atravesar aquel maldito infierno y llevar el oro a su capital. Como todos los de su especie, los ojos del orco eran totalmente rojos sin pupila que adivinara su humanidad, su cuerpo era duro como la misma piedra, su piel era de un marrón tan oscuro que se asemejaba a la tierra que pisaban, era bajo y achaparrado, aunque fuerte como ningún otro ser que se irguiera en dos patas; pero lo que realmente daba terror era su rostro; todos ellos estaban mutilados, algunos tenían cicatrices que nunca se curaban, otros carecían de sus grandes orejas caídas, unos tuertos, otros deformes… Pero todos compartían esos inmensos colmillos que sobresalían de su boca a modo animal.

La cabalgata había entrado por completo en el bosque, su hedor a muerte y putrefacción lo llenaba todo, el momento estaba a punto de llegar. Drakan, agazapado en lo más alto del bosque,  miraba a los arqueros que estaban apostados en los árboles que se erguían en la primera línea del camino. El guerrero alzó la mano lentamente hasta su punto más álgido y después, tras un breve segundo de reflexión, la bajó a gran velocidad. Antes de que la palma hubiera llegado al fin de su recorrido una lluvia de flechas caía sobre la agrupación; los orcos se desplomaban ensartados por cientos de saetas  venidas de todos y de ningún lado al mismo tiempo. Los gritos de las bestias resonaban por el bosque como cánticos macabros que rompían el silencio sepulcral del lugar; los supervivientes, visiblemente nerviosos, corrían sin destino para librarse de la emboscada en la que habían caído, el tumulto aumentaba en decibelios y los orcos seguían cayendo, corrían como pollos sin cabeza y esto facilitaba el disparo de los arqueros, de repente una voz sonó entre la hueste de orcos, el capitán de la partida señaló los carruajes y todos comprendieron que este era el único medio de resguardarse de las saetas.

Tras el primer ataque  más de la mitad de la hueste enemiga había muerto, los cuerpos se apilaban en la hierba que comenzaba a cobrar vida tiñéndose de pardo. Los orcos ilesos se protegían detrás de los carruajes y esperaban órdenes. El primer momento de confusión había pasado, ahora le tocaba mover ficha de nuevo a los humanos, los orcos lo sabían y ansiosos esperaban su ataque.

Drakan viró la mirada en busca de su compañero, Gustan,  y con un gesto de su cabeza le indicó el suelo; no hizo falta ni una sola palabra más, este se llevó las manos a su boca para ampliar el sonido y gritó:  

-          ¡A por ellos!

Al grito, cientos de humanos salieron de sus seguros escondites en la espesura del bosque y se lanzaron al combate cuerpo a cuerpo. El lugarteniente de los orcos esbozó una leve sonrisa, sabía que esa era la única opción posible si querían hacerse con los carruajes y ordenó a sus tropas que salieran para enfrentarse a los humanos. La imagen era dantesca, los orcos que habían sobrevivido segaban vidas humanas sin contemplación, la maestría de estos seres con sus hachas era extrema y conjugada con la poca experiencia de algunos de los humanos, el combate se decantaba claramente para ellos. Acuciados por el miedo algunos de los humanos comenzaron a retirarse al ver como sus amigos y compañeros caían sin vida en el suelo a manos de aquellos seres sanguinarios. La batalla, que en un primer momento parecía ganada por los humanos, ahora se daba la vuelta y eran los orcos los que cobraban ventaja, en el cuerpo a cuerpo estos seres eran casi invencibles. En los rostros de estas bestias se podía observar como disfrutaban con cada vida que quitaban, sus brazos emergían como aspas de molinos sobre los cuerpos de los humanos, la sangre cubría el suelo, la hierba y hasta los propios árboles. Los hombres comenzaban a huir, sus miradas desorbitadas buscaban a alguien que comprendiera su miedo, pero a su alrededor solo veían muerte.

Desde la inmensidad del bosque Drakan apareció enarbolando sus dos espadas sobre la cabeza. El tiempo se detenía a su paso, sus fuertes brazos descargaban sus espadas contra cualquier enemigo que se interponía en su camino. Daba la impresión de que todos estuvieran interpretando un papel teatral en el que Drakan era el héroe, pero no era así, los orcos luchaban como locos por sus vidas intentado asestar con sus hachas algún golpe mortal sobre aquel hombre, que lejos de parecer un guerrero, tenía todo el cariz de un vagabundo. En su paso pausado Drakan había acabado con más de la mitad de los orcos que habían sobrevivido a la emboscada, y no más de una docena quedaban en pie, entonces el segador de almas, como lo llamaban sus enemigos, se detuvo, clavó la espada que blandía con su diestra en el suelo y señaló al mandamás del ejército con la zurda. El capitán de los orcos atendió con la mirada al segador de almas mientras acababa con la vida de un hombre que no había siquiera llegado a la madurez de su vida:

-          ¡Tú, bestia! – dictó el guerrero. -Te propongo una tregua.  No quedáis más de doce en pie y sin embargo sé que antes de morir acabareis con muchas vidas humanas... – esperó un segundo para volver a hablar mientras seguía escudriñando los ojos totalmente rojos del orco y prosiguió con determinación. - Tú contra mí en combate singular. Sé que no sois por norma seres de honor, pero aun creo en esa palabra, si tú ganas mis hombres se abrirán y dejarán que crucéis este bosque con vuestro cargamento, pero si yo gano y acabo contigo, os iréis por donde habéis entrado dejando todo lo que cargáis para los míos.

Las palabras de Drakan se escucharon por  todo el campo de batalla instando de forma mágica a todos, hombres y bestias, a detener por un instante aquella ofensiva y esperar los acontecimientos.

-          ¿Honor dices...? – rió a carcajadas durante unos segundos el orco – No hay honor en la guerra, solo muerte. Te diré que harás. Lucharemos los dos, caerás muerto entre mis manos y después, mis bestias, como tú nos llamas, acabaremos con todos los demás… y al anochecer cenaremos vuestros restos.

Todos los orcos rompieron en carcajadas al oír a su capitán. Drakan, por el contrario, esbozó en sus labios una leve sonrisa, miró al capitán y concluyó:

-          Rechazas mi oferta. Tú elección ha sido la muerte.

El jefe de la comitiva inició su marcha hacia Drakan, su velocidad era endiablada, la bestia recortaba distancia a marchas forzadas, mientras que Drakan, pasivo y con la mirada perdida en el horizonte, no atendía a la inmediatez del ataque. 

Los humanos se miraban unos a otros, no comprendían lo que su capitán estaba haciendo, iba a morir a manos de aquella bestia y si quiera tenía sus dos espadas en las manos para hacerle frente. El orco tampoco comprendía su actitud, pero metro a metro se llenaba de placer al ver su inminente victoria.

Drakan estaba en otro lugar, el espacio y el tiempo para él se habían detenido y solo podía escuchar el tintineo de la lluvia cayendo sobre el suelo ya mojado, podía incluso oler la humedad de aquel lugar, sentir el frio en su piel, aquello lo reconfortó y lo envió a un lugar lejano de aquella masacre:

<< 
-          ¿Por qué luchamos, maestro? - Se oyó la voz de un niño que apenas pasaba de los doce años.

-          Solo es lícito luchar por tres causas en este mundo.- argumentó una voz ajada por los años y la sabiduría.

-          Bien, maestro... ¿Por qué causas debo luchar? - volvió a preguntar el chico mientras seguía blandiendo sus espadas con actitud curiosa.

        Primero: es justo luchar por la vida misma, ya que si la pierdes nadie te la puede restituir, por tal, si luchas para proteger tu vida nadie podrá reprocharte nada. Segundo…- dudó durante unos instantes para buscar las palabras adecuadas y prosiguió - se puede luchar por una causa justa.

El niño interrumpió aquella voz con la suya propia.

-          ¿Una causa justa? Explícate mejor por favor.

-          Si no me interrumpieses. – dijo en tono de reproche la anciana voz - Comprenderías lo que te quería decir a continuación. Hay causas justas por las que un hombre se ve empujado a luchar y a perder la vida en combate si así estuviera dispuesto. Por ejemplo, se podría luchar por mantener el honor, o bien por la fidelidad a un amigo o lo que es más importante, por la fidelidad a unos ideales, sin embargo estos ideales deben buscar siempre la mejora de tu estado de vida, pero no solo el tuyo, sería muy egoísta, sino de todos a los que representes en esa lucha, ¿Comprendes, pequeño?

-          Sí, comprendo. - dijo el chico -  Pero continua, ¿cuál es la última causa? >>


En este momento Drakan volvió al presente, miró a los ojos del orco y este se estremeció al ver en la mirada de aquel humano una fuerza superior, un poder indescriptible, una potencia dormida que ahora se despertaba con vigor, el orco jamás había observado algo así, quedó petrificado por unos instantes, sin embargo apartó la mirada de los ojos de aquel ser y levantó su hacha para asestarle el golpe final a aquel incauto que se había permito el lujo de distraerse en batalla. El hacha de la bestia bajaba rápidamente buscando la cabeza de su oponente; no había nada que hacer, por muy poderoso que fuera aquel humano no podría detener aquel golpe que ya estaba a escasos centímetros de su cuerpo, sin embargo para Drakan todo sucedía muy lentamente, él observaba como el hacha caía sobre su cuello con parsimonia, así que el humano alzó su mano izquierda interponiendo su espada entre el hacha y su cuello, el orco notó el acero en su arma y no podía creer lo que estaba viviendo, era imposible, no había tiempo… aún así el orco empujó con más fuerza para acabar con la vida del segador de almas, pero el hacha, completamente de acero, se quebró. Sin esperar un segundo, el segador de almas dio media vuelta, arrancó la espada clavada en la tierra con su diestra y la hundió en el cuello del orco terminando con la vida de su oponente en un abrir y cerrar de ojos. 

Los orcos estaban aterrados, inmediatamente soltaron sus armas y corrieron para huir del bosque, no podían creer lo que habían presenciado, aquel humano era el legendario segador de almas, no cabía duda de ello y esto fue suficiente para que salieran despavoridos del lugar, al tiempo los humanos gritaban de júbilo al ver, una vez más, como su líder salía victorioso de otra batalla. Mientras todos reían y espoliaban los carruajes, Drakan sacó su espada del cuello de aquel cuerpo inerte y se dirigió hacia el joven humano que había caído a manos del jefe orco. Cuando llegó el chico aun se encontraba con vida, miró a Drakan y dijo:

-          ¿Por qué luchamos? - Tras estas palabras, el chico, entre estertores angustiosos de muerte, abandono la vida terrenal.

Drakan se quedó largo rato mirándolo, lo abrazó con fuerza contra su pecho y lloró amargamente la pérdida, no solo de aquella vida, sino de todas las vidas que habían sido extirpadas a su alrededor, volvió a cerrar los ojos y recordó:

-          Y la última causa por la que uno debe luchar, es por la gente que le importa, ese es un buen motivo ¿verdad, chico?


Mientras el niño continuaba entrenándose con sus dos espadas, asintió con la cabeza.