<<De
nuevo me encuentro aquí esperando el momento en el que mi espada se introduzca
en el cuerpo de un enemigo, ansiando la ocasión de detener un tajo con mi
diestra y asestar con mi izquierda un último golpe mortal, saboreando una vez
más las mieles de la muerte y sufriendo por la culpabilidad que más tarde
recaerá sobre mi alma. Junto a mí... ladrones, asesinos, bandidos... en
definitiva multitud de renegados, pero eso sí, fieles; fieles hasta la muerte,
ya que cuando se ha perdido toda esperanza de una salvación divina, solo la
terrenal es a la que se puede aspirar y ahora, en el silencio que precede a la
tempestad me encuentro>>.
Mientras
Drakan hablaba para si en aquel gran árbol que coronaba la inmensa y oscura
extensión de vegetación que cobraba vida bajo sus pies, un ejército de orcos
comenzaba a entrar por la senda del bosque donde todos los hombres, ávidos de
riqueza y gloria guerrera, esperaban su paso.
El
bosque por el que transitaba la horda de los orcos era antiguo como la misma
Tierra, no había historia, leyenda o mito que hablará de sus principios,
simplemente siempre había estado allí y ningún ser que anduviera sobre dos
piernas lo había visto nacer; en él se adivinaba una personalidad dormida por
el sufrimiento y por el dolor, pero latente; al caminar por sus dominios se
percibía su entidad menguada por el paso de los años y la soledad y los orcos,
más que ninguna otra raza en la Tierra Libre, eran conscientes de ello. Un
único camino lo atravesaba de lado a lado, este sendero dividía en dos la gran
espesura de donde emergían grandiosas columnas arbóreas que ocultaba la luz de
los Soles, aquellas edificaciones de madera parecían puestas allí dichosamente
para que nadie pudiera ver lo que ocurría detrás de ellas, todo esto provocaba
que el aire que se respiraba en la zona fuera pesado y viciado y el silencio,
solo roto por graznidos de los cuervos, aterrador.
Los
humanos se habían dispuesto en unos nidos vigías aguardando el lento caminar de
los carromatos y dispuestos a atacar en el momento idóneo, la espera cada vez se
hacía más tensa, todos eran conscientes de la situación, sabían que muchos de
los que allí se encontraban perderían la vida en ese asalto, pero la recompensa
merecía la pena; decenas de carromatos colmados de oro se dirigían al reino de
la oscuridad, a la ciudad-estado de Zan-Tindan, donde ensancharían aun más el
poder del Emperador.
El
tiempo iba transcurriendo con lentitud y poco a poco se acercaba el momento del
desenlace; los forajidos notaban el pesado andar de aquella hueste, sentían el
repiquetear de las botas contra el suelo, incluso el respirar jadeante de
aquellas bestias, esto provocaba que los corazones de los humanos latieran
acompasados y temerosos a la espera de la señal que daría comienzo a la batalla.
La cuadrilla que escoltaba a los ansiados carros se componía de unos
cincuenta orcos, todos ataviados con su
particular vestimenta totalmente negra en la que solo se podía ver una insignia
blanca justo en el centro de sus deformes cuerpos, este símbolo, compuesto por
dos dragones que se escupían fuego el uno al otro, se había convertido en
sinónimo de terror en toda la Tierra Libre.
El
jefe de los orcos, nervioso por el espesor del bosque, comenzó a girar su
cabeza de un lado a otro, su malvado mirar reflejaba un cariz de miedo, intuía
que aquella espesura le deparaba algún mal, pero era consciente de su cometido
y sabía, que fuera como fuese, tenía que atravesar aquel maldito infierno y
llevar el oro a su capital. Como todos los de su especie, los ojos del orco
eran totalmente rojos sin pupila que adivinara su humanidad, su cuerpo era duro
como la misma piedra, su piel era de un marrón tan oscuro que se asemejaba a la
tierra que pisaban, era bajo y achaparrado, aunque fuerte como ningún otro ser
que se irguiera en dos patas; pero lo que realmente daba terror era su rostro;
todos ellos estaban mutilados, algunos tenían cicatrices que nunca se curaban,
otros carecían de sus grandes orejas caídas, unos tuertos, otros deformes… Pero
todos compartían esos inmensos colmillos que sobresalían de su boca a modo
animal.
La
cabalgata había entrado por completo en el bosque, su hedor a muerte y
putrefacción lo llenaba todo, el momento estaba a punto de llegar. Drakan,
agazapado en lo más alto del bosque,
miraba a los arqueros que estaban apostados en los árboles que se
erguían en la primera línea del camino. El guerrero alzó la mano lentamente
hasta su punto más álgido y después, tras un breve segundo de reflexión, la
bajó a gran velocidad. Antes de que la palma hubiera llegado al fin de su
recorrido una lluvia de flechas caía sobre la agrupación; los orcos se
desplomaban ensartados por cientos de saetas
venidas de todos y de ningún lado al mismo tiempo. Los gritos de las
bestias resonaban por el bosque como cánticos macabros que rompían el silencio
sepulcral del lugar; los supervivientes, visiblemente nerviosos, corrían sin
destino para librarse de la emboscada en la que habían caído, el tumulto
aumentaba en decibelios y los orcos seguían cayendo, corrían como pollos sin
cabeza y esto facilitaba el disparo de los arqueros, de repente una voz sonó
entre la hueste de orcos, el capitán de la partida señaló los carruajes y todos
comprendieron que este era el único medio de resguardarse de las saetas.
Tras
el primer ataque más de la mitad de la
hueste enemiga había muerto, los cuerpos se apilaban en la hierba que comenzaba
a cobrar vida tiñéndose de pardo. Los orcos ilesos se protegían detrás de los
carruajes y esperaban órdenes. El primer momento de confusión había pasado, ahora
le tocaba mover ficha de nuevo a los humanos, los orcos lo sabían y ansiosos esperaban
su ataque.
Drakan
viró la mirada en busca de su compañero, Gustan, y con un gesto de su cabeza le indicó el
suelo; no hizo falta ni una sola palabra más, este se llevó las manos a su boca
para ampliar el sonido y gritó:
-
¡A por ellos!
Al
grito, cientos de humanos salieron de sus seguros escondites en la espesura del
bosque y se lanzaron al combate cuerpo a cuerpo. El lugarteniente de los orcos
esbozó una leve sonrisa, sabía que esa era la única opción posible si querían
hacerse con los carruajes y ordenó a sus tropas que salieran para enfrentarse a
los humanos. La imagen era dantesca, los orcos que habían sobrevivido segaban
vidas humanas sin contemplación, la maestría de estos seres con sus hachas era
extrema y conjugada con la poca experiencia de algunos de los humanos, el
combate se decantaba claramente para ellos. Acuciados por el miedo algunos de
los humanos comenzaron a retirarse al ver como sus amigos y compañeros caían
sin vida en el suelo a manos de aquellos seres sanguinarios. La batalla, que en
un primer momento parecía ganada por los humanos, ahora se daba la vuelta y
eran los orcos los que cobraban ventaja, en el cuerpo a cuerpo estos seres eran
casi invencibles. En los rostros de estas bestias se podía observar como
disfrutaban con cada vida que quitaban, sus brazos emergían como aspas de
molinos sobre los cuerpos de los humanos, la sangre cubría el suelo, la hierba
y hasta los propios árboles. Los hombres comenzaban a huir, sus miradas
desorbitadas buscaban a alguien que comprendiera su miedo, pero a su alrededor
solo veían muerte.
Desde
la inmensidad del bosque Drakan apareció enarbolando sus dos espadas sobre la
cabeza. El tiempo se detenía a su paso, sus fuertes brazos descargaban sus
espadas contra cualquier enemigo que se interponía en su camino. Daba la
impresión de que todos estuvieran interpretando un papel teatral en el que
Drakan era el héroe, pero no era así, los orcos luchaban como locos por sus
vidas intentado asestar con sus hachas algún golpe mortal sobre aquel hombre,
que lejos de parecer un guerrero, tenía todo el cariz de un vagabundo. En su
paso pausado Drakan había acabado con más de la mitad de los orcos que habían
sobrevivido a la emboscada, y no más de una docena quedaban en pie, entonces el
segador de almas, como lo llamaban sus enemigos, se detuvo, clavó la espada que
blandía con su diestra en el suelo y señaló al mandamás del ejército con la
zurda. El capitán de los orcos atendió con la mirada al segador de almas
mientras acababa con la vida de un hombre que no había siquiera llegado a la
madurez de su vida:
-
¡Tú, bestia! – dictó el
guerrero. -Te propongo una tregua. No
quedáis más de doce en pie y sin embargo sé que antes de morir acabareis con
muchas vidas humanas... – esperó un segundo para volver a hablar mientras
seguía escudriñando los ojos totalmente rojos del orco y prosiguió con
determinación. - Tú contra mí en combate singular. Sé que no sois por norma
seres de honor, pero aun creo en esa palabra, si tú ganas mis hombres se
abrirán y dejarán que crucéis este bosque con vuestro cargamento, pero si yo
gano y acabo contigo, os iréis por donde habéis entrado dejando todo lo que
cargáis para los míos.
Las
palabras de Drakan se escucharon por
todo el campo de batalla instando de forma mágica a todos, hombres y
bestias, a detener por un instante aquella ofensiva y esperar los
acontecimientos.
-
¿Honor dices...? – rió a
carcajadas durante unos segundos el orco – No hay honor en la guerra, solo
muerte. Te diré que harás. Lucharemos los dos, caerás muerto entre mis manos y
después, mis bestias, como tú nos llamas, acabaremos con todos los demás… y al
anochecer cenaremos vuestros restos.
Todos
los orcos rompieron en carcajadas al oír a su capitán. Drakan, por el
contrario, esbozó en sus labios una leve sonrisa, miró al capitán y concluyó:
-
Rechazas mi oferta. Tú
elección ha sido la muerte.
El
jefe de la comitiva inició su marcha hacia Drakan, su velocidad era endiablada,
la bestia recortaba distancia a marchas forzadas, mientras que Drakan, pasivo y
con la mirada perdida en el horizonte, no atendía a la inmediatez del
ataque.
Los
humanos se miraban unos a otros, no comprendían lo que su capitán estaba haciendo,
iba a morir a manos de aquella bestia y si quiera tenía sus dos espadas en las
manos para hacerle frente. El orco tampoco comprendía su actitud, pero metro a
metro se llenaba de placer al ver su inminente victoria.
Drakan
estaba en otro lugar, el espacio y el tiempo para él se habían detenido y solo
podía escuchar el tintineo de la lluvia cayendo sobre el suelo ya mojado, podía
incluso oler la humedad de aquel lugar, sentir el frio en su piel, aquello lo
reconfortó y lo envió a un lugar lejano de aquella masacre:
<<
-
¿Por qué luchamos, maestro?
- Se oyó la voz de un niño que apenas pasaba de los doce años.
-
Solo es lícito luchar por
tres causas en este mundo.- argumentó una voz ajada por los años y la
sabiduría.
-
Bien, maestro... ¿Por qué
causas debo luchar? - volvió a preguntar el chico mientras seguía blandiendo
sus espadas con actitud curiosa.
–
Primero: es justo luchar por
la vida misma, ya que si la pierdes nadie te la puede restituir, por tal, si
luchas para proteger tu vida nadie podrá reprocharte nada. Segundo…- dudó
durante unos instantes para buscar las palabras adecuadas y prosiguió - se
puede luchar por una causa justa.
El niño interrumpió aquella voz con la suya propia.
-
¿Una causa justa? Explícate
mejor por favor.
-
Si no me interrumpieses. –
dijo en tono de reproche la anciana voz - Comprenderías lo que te quería decir
a continuación. Hay causas justas por las que un hombre se ve empujado a luchar
y a perder la vida en combate si así estuviera dispuesto. Por ejemplo, se
podría luchar por mantener el honor, o bien por la fidelidad a un amigo o lo
que es más importante, por la fidelidad a unos ideales, sin embargo estos
ideales deben buscar siempre la mejora de tu estado de vida, pero no solo el
tuyo, sería muy egoísta, sino de todos a los que representes en esa lucha,
¿Comprendes, pequeño?
-
Sí, comprendo. - dijo el
chico - Pero continua, ¿cuál es la
última causa? >>
En
este momento Drakan volvió al presente, miró a los ojos del orco y este se
estremeció al ver en la mirada de aquel humano una fuerza superior, un poder
indescriptible, una potencia dormida que ahora se despertaba con vigor, el orco
jamás había observado algo así, quedó petrificado por unos instantes, sin
embargo apartó la mirada de los ojos de aquel ser y levantó su hacha para
asestarle el golpe final a aquel incauto que se había permito el lujo de
distraerse en batalla. El hacha de la bestia bajaba rápidamente buscando la
cabeza de su oponente; no había nada que hacer, por muy poderoso que fuera
aquel humano no podría detener aquel golpe que ya estaba a escasos centímetros
de su cuerpo, sin embargo para Drakan todo sucedía muy lentamente, él observaba
como el hacha caía sobre su cuello con parsimonia, así que el humano alzó su
mano izquierda interponiendo su espada entre el hacha y su cuello, el orco notó
el acero en su arma y no podía creer lo que estaba viviendo, era imposible, no
había tiempo… aún así el orco empujó con más fuerza para acabar con la vida del
segador de almas, pero el hacha, completamente de acero, se quebró. Sin esperar
un segundo, el segador de almas dio media vuelta, arrancó la espada clavada en
la tierra con su diestra y la hundió en el cuello del orco terminando con la vida
de su oponente en un abrir y cerrar de ojos.
Los
orcos estaban aterrados, inmediatamente soltaron sus armas y corrieron para
huir del bosque, no podían creer lo que habían presenciado, aquel humano era el
legendario segador de almas, no cabía duda de ello y esto fue suficiente para
que salieran despavoridos del lugar, al tiempo los humanos gritaban de júbilo
al ver, una vez más, como su líder salía victorioso de otra batalla. Mientras
todos reían y espoliaban los carruajes, Drakan sacó su espada del cuello de
aquel cuerpo inerte y se dirigió hacia el joven humano que había caído a manos
del jefe orco. Cuando llegó el chico aun se encontraba con vida, miró a Drakan
y dijo:
-
¿Por qué luchamos? - Tras
estas palabras, el chico, entre estertores angustiosos de muerte, abandono la
vida terrenal.
Drakan
se quedó largo rato mirándolo, lo abrazó con fuerza contra su pecho y lloró
amargamente la pérdida, no solo de aquella vida, sino de todas las vidas que
habían sido extirpadas a su alrededor, volvió a cerrar los ojos y recordó:
-
Y la última causa por la que
uno debe luchar, es por la gente que le importa, ese es un buen motivo ¿verdad,
chico?
Mientras
el niño continuaba entrenándose con sus dos espadas, asintió con la cabeza.

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