jueves, 3 de julio de 2014

Capítulo 1: El Segador de Almas

  


<<De nuevo me encuentro aquí esperando el momento en el que mi espada se introduzca en el cuerpo de un enemigo, ansiando la ocasión de detener un tajo con mi diestra y asestar con mi izquierda un último golpe mortal, saboreando una vez más las mieles de la muerte y sufriendo por la culpabilidad que más tarde recaerá sobre mi alma. Junto a mí... ladrones, asesinos, bandidos... en definitiva multitud de renegados, pero eso sí, fieles; fieles hasta la muerte, ya que cuando se ha perdido toda esperanza de una salvación divina, solo la terrenal es a la que se puede aspirar y ahora, en el silencio que precede a la tempestad me encuentro>>.

Mientras Drakan hablaba para si en aquel gran árbol que coronaba la inmensa y oscura extensión de vegetación que cobraba vida bajo sus pies, un ejército de orcos comenzaba a entrar por la senda del bosque donde todos los hombres, ávidos de riqueza y gloria guerrera, esperaban su paso.

El bosque por el que transitaba la horda de los orcos era antiguo como la misma Tierra, no había historia, leyenda o mito que hablará de sus principios, simplemente siempre había estado allí y ningún ser que anduviera sobre dos piernas lo había visto nacer; en él se adivinaba una personalidad dormida por el sufrimiento y por el dolor, pero latente; al caminar por sus dominios se percibía su entidad menguada por el paso de los años y la soledad y los orcos, más que ninguna otra raza en la Tierra Libre, eran conscientes de ello. Un único camino lo atravesaba de lado a lado, este sendero dividía en dos la gran espesura de donde emergían grandiosas columnas arbóreas que ocultaba la luz de los Soles, aquellas edificaciones de madera parecían puestas allí dichosamente para que nadie pudiera ver lo que ocurría detrás de ellas, todo esto provocaba que el aire que se respiraba en la zona fuera pesado y viciado y el silencio, solo roto por graznidos de los cuervos, aterrador.

Los humanos se habían dispuesto en unos nidos vigías aguardando el lento caminar de los carromatos y dispuestos a atacar en el momento idóneo, la espera cada vez se hacía más tensa, todos eran conscientes de la situación, sabían que muchos de los que allí se encontraban perderían la vida en ese asalto, pero la recompensa merecía la pena; decenas de carromatos colmados de oro se dirigían al reino de la oscuridad, a la ciudad-estado de Zan-Tindan, donde ensancharían aun más el poder del Emperador.

El tiempo iba transcurriendo con lentitud y poco a poco se acercaba el momento del desenlace; los forajidos notaban el pesado andar de aquella hueste, sentían el repiquetear de las botas contra el suelo, incluso el respirar jadeante de aquellas bestias, esto provocaba que los corazones de los humanos latieran acompasados y temerosos a la espera de la señal que daría comienzo a la batalla.
 La cuadrilla que escoltaba  a los ansiados carros se componía de unos cincuenta orcos,  todos ataviados con su particular vestimenta totalmente negra en la que solo se podía ver una insignia blanca justo en el centro de sus deformes cuerpos, este símbolo, compuesto por dos dragones que se escupían fuego el uno al otro, se había convertido en sinónimo de terror en toda la Tierra Libre.

El jefe de los orcos, nervioso por el espesor del bosque, comenzó a girar su cabeza de un lado a otro, su malvado mirar reflejaba un cariz de miedo, intuía que aquella espesura le deparaba algún mal, pero era consciente de su cometido y sabía, que fuera como fuese, tenía que atravesar aquel maldito infierno y llevar el oro a su capital. Como todos los de su especie, los ojos del orco eran totalmente rojos sin pupila que adivinara su humanidad, su cuerpo era duro como la misma piedra, su piel era de un marrón tan oscuro que se asemejaba a la tierra que pisaban, era bajo y achaparrado, aunque fuerte como ningún otro ser que se irguiera en dos patas; pero lo que realmente daba terror era su rostro; todos ellos estaban mutilados, algunos tenían cicatrices que nunca se curaban, otros carecían de sus grandes orejas caídas, unos tuertos, otros deformes… Pero todos compartían esos inmensos colmillos que sobresalían de su boca a modo animal.

La cabalgata había entrado por completo en el bosque, su hedor a muerte y putrefacción lo llenaba todo, el momento estaba a punto de llegar. Drakan, agazapado en lo más alto del bosque,  miraba a los arqueros que estaban apostados en los árboles que se erguían en la primera línea del camino. El guerrero alzó la mano lentamente hasta su punto más álgido y después, tras un breve segundo de reflexión, la bajó a gran velocidad. Antes de que la palma hubiera llegado al fin de su recorrido una lluvia de flechas caía sobre la agrupación; los orcos se desplomaban ensartados por cientos de saetas  venidas de todos y de ningún lado al mismo tiempo. Los gritos de las bestias resonaban por el bosque como cánticos macabros que rompían el silencio sepulcral del lugar; los supervivientes, visiblemente nerviosos, corrían sin destino para librarse de la emboscada en la que habían caído, el tumulto aumentaba en decibelios y los orcos seguían cayendo, corrían como pollos sin cabeza y esto facilitaba el disparo de los arqueros, de repente una voz sonó entre la hueste de orcos, el capitán de la partida señaló los carruajes y todos comprendieron que este era el único medio de resguardarse de las saetas.

Tras el primer ataque  más de la mitad de la hueste enemiga había muerto, los cuerpos se apilaban en la hierba que comenzaba a cobrar vida tiñéndose de pardo. Los orcos ilesos se protegían detrás de los carruajes y esperaban órdenes. El primer momento de confusión había pasado, ahora le tocaba mover ficha de nuevo a los humanos, los orcos lo sabían y ansiosos esperaban su ataque.

Drakan viró la mirada en busca de su compañero, Gustan,  y con un gesto de su cabeza le indicó el suelo; no hizo falta ni una sola palabra más, este se llevó las manos a su boca para ampliar el sonido y gritó:  

-          ¡A por ellos!

Al grito, cientos de humanos salieron de sus seguros escondites en la espesura del bosque y se lanzaron al combate cuerpo a cuerpo. El lugarteniente de los orcos esbozó una leve sonrisa, sabía que esa era la única opción posible si querían hacerse con los carruajes y ordenó a sus tropas que salieran para enfrentarse a los humanos. La imagen era dantesca, los orcos que habían sobrevivido segaban vidas humanas sin contemplación, la maestría de estos seres con sus hachas era extrema y conjugada con la poca experiencia de algunos de los humanos, el combate se decantaba claramente para ellos. Acuciados por el miedo algunos de los humanos comenzaron a retirarse al ver como sus amigos y compañeros caían sin vida en el suelo a manos de aquellos seres sanguinarios. La batalla, que en un primer momento parecía ganada por los humanos, ahora se daba la vuelta y eran los orcos los que cobraban ventaja, en el cuerpo a cuerpo estos seres eran casi invencibles. En los rostros de estas bestias se podía observar como disfrutaban con cada vida que quitaban, sus brazos emergían como aspas de molinos sobre los cuerpos de los humanos, la sangre cubría el suelo, la hierba y hasta los propios árboles. Los hombres comenzaban a huir, sus miradas desorbitadas buscaban a alguien que comprendiera su miedo, pero a su alrededor solo veían muerte.

Desde la inmensidad del bosque Drakan apareció enarbolando sus dos espadas sobre la cabeza. El tiempo se detenía a su paso, sus fuertes brazos descargaban sus espadas contra cualquier enemigo que se interponía en su camino. Daba la impresión de que todos estuvieran interpretando un papel teatral en el que Drakan era el héroe, pero no era así, los orcos luchaban como locos por sus vidas intentado asestar con sus hachas algún golpe mortal sobre aquel hombre, que lejos de parecer un guerrero, tenía todo el cariz de un vagabundo. En su paso pausado Drakan había acabado con más de la mitad de los orcos que habían sobrevivido a la emboscada, y no más de una docena quedaban en pie, entonces el segador de almas, como lo llamaban sus enemigos, se detuvo, clavó la espada que blandía con su diestra en el suelo y señaló al mandamás del ejército con la zurda. El capitán de los orcos atendió con la mirada al segador de almas mientras acababa con la vida de un hombre que no había siquiera llegado a la madurez de su vida:

-          ¡Tú, bestia! – dictó el guerrero. -Te propongo una tregua.  No quedáis más de doce en pie y sin embargo sé que antes de morir acabareis con muchas vidas humanas... – esperó un segundo para volver a hablar mientras seguía escudriñando los ojos totalmente rojos del orco y prosiguió con determinación. - Tú contra mí en combate singular. Sé que no sois por norma seres de honor, pero aun creo en esa palabra, si tú ganas mis hombres se abrirán y dejarán que crucéis este bosque con vuestro cargamento, pero si yo gano y acabo contigo, os iréis por donde habéis entrado dejando todo lo que cargáis para los míos.

Las palabras de Drakan se escucharon por  todo el campo de batalla instando de forma mágica a todos, hombres y bestias, a detener por un instante aquella ofensiva y esperar los acontecimientos.

-          ¿Honor dices...? – rió a carcajadas durante unos segundos el orco – No hay honor en la guerra, solo muerte. Te diré que harás. Lucharemos los dos, caerás muerto entre mis manos y después, mis bestias, como tú nos llamas, acabaremos con todos los demás… y al anochecer cenaremos vuestros restos.

Todos los orcos rompieron en carcajadas al oír a su capitán. Drakan, por el contrario, esbozó en sus labios una leve sonrisa, miró al capitán y concluyó:

-          Rechazas mi oferta. Tú elección ha sido la muerte.

El jefe de la comitiva inició su marcha hacia Drakan, su velocidad era endiablada, la bestia recortaba distancia a marchas forzadas, mientras que Drakan, pasivo y con la mirada perdida en el horizonte, no atendía a la inmediatez del ataque. 

Los humanos se miraban unos a otros, no comprendían lo que su capitán estaba haciendo, iba a morir a manos de aquella bestia y si quiera tenía sus dos espadas en las manos para hacerle frente. El orco tampoco comprendía su actitud, pero metro a metro se llenaba de placer al ver su inminente victoria.

Drakan estaba en otro lugar, el espacio y el tiempo para él se habían detenido y solo podía escuchar el tintineo de la lluvia cayendo sobre el suelo ya mojado, podía incluso oler la humedad de aquel lugar, sentir el frio en su piel, aquello lo reconfortó y lo envió a un lugar lejano de aquella masacre:

<< 
-          ¿Por qué luchamos, maestro? - Se oyó la voz de un niño que apenas pasaba de los doce años.

-          Solo es lícito luchar por tres causas en este mundo.- argumentó una voz ajada por los años y la sabiduría.

-          Bien, maestro... ¿Por qué causas debo luchar? - volvió a preguntar el chico mientras seguía blandiendo sus espadas con actitud curiosa.

        Primero: es justo luchar por la vida misma, ya que si la pierdes nadie te la puede restituir, por tal, si luchas para proteger tu vida nadie podrá reprocharte nada. Segundo…- dudó durante unos instantes para buscar las palabras adecuadas y prosiguió - se puede luchar por una causa justa.

El niño interrumpió aquella voz con la suya propia.

-          ¿Una causa justa? Explícate mejor por favor.

-          Si no me interrumpieses. – dijo en tono de reproche la anciana voz - Comprenderías lo que te quería decir a continuación. Hay causas justas por las que un hombre se ve empujado a luchar y a perder la vida en combate si así estuviera dispuesto. Por ejemplo, se podría luchar por mantener el honor, o bien por la fidelidad a un amigo o lo que es más importante, por la fidelidad a unos ideales, sin embargo estos ideales deben buscar siempre la mejora de tu estado de vida, pero no solo el tuyo, sería muy egoísta, sino de todos a los que representes en esa lucha, ¿Comprendes, pequeño?

-          Sí, comprendo. - dijo el chico -  Pero continua, ¿cuál es la última causa? >>


En este momento Drakan volvió al presente, miró a los ojos del orco y este se estremeció al ver en la mirada de aquel humano una fuerza superior, un poder indescriptible, una potencia dormida que ahora se despertaba con vigor, el orco jamás había observado algo así, quedó petrificado por unos instantes, sin embargo apartó la mirada de los ojos de aquel ser y levantó su hacha para asestarle el golpe final a aquel incauto que se había permito el lujo de distraerse en batalla. El hacha de la bestia bajaba rápidamente buscando la cabeza de su oponente; no había nada que hacer, por muy poderoso que fuera aquel humano no podría detener aquel golpe que ya estaba a escasos centímetros de su cuerpo, sin embargo para Drakan todo sucedía muy lentamente, él observaba como el hacha caía sobre su cuello con parsimonia, así que el humano alzó su mano izquierda interponiendo su espada entre el hacha y su cuello, el orco notó el acero en su arma y no podía creer lo que estaba viviendo, era imposible, no había tiempo… aún así el orco empujó con más fuerza para acabar con la vida del segador de almas, pero el hacha, completamente de acero, se quebró. Sin esperar un segundo, el segador de almas dio media vuelta, arrancó la espada clavada en la tierra con su diestra y la hundió en el cuello del orco terminando con la vida de su oponente en un abrir y cerrar de ojos. 

Los orcos estaban aterrados, inmediatamente soltaron sus armas y corrieron para huir del bosque, no podían creer lo que habían presenciado, aquel humano era el legendario segador de almas, no cabía duda de ello y esto fue suficiente para que salieran despavoridos del lugar, al tiempo los humanos gritaban de júbilo al ver, una vez más, como su líder salía victorioso de otra batalla. Mientras todos reían y espoliaban los carruajes, Drakan sacó su espada del cuello de aquel cuerpo inerte y se dirigió hacia el joven humano que había caído a manos del jefe orco. Cuando llegó el chico aun se encontraba con vida, miró a Drakan y dijo:

-          ¿Por qué luchamos? - Tras estas palabras, el chico, entre estertores angustiosos de muerte, abandono la vida terrenal.

Drakan se quedó largo rato mirándolo, lo abrazó con fuerza contra su pecho y lloró amargamente la pérdida, no solo de aquella vida, sino de todas las vidas que habían sido extirpadas a su alrededor, volvió a cerrar los ojos y recordó:

-          Y la última causa por la que uno debe luchar, es por la gente que le importa, ese es un buen motivo ¿verdad, chico?


Mientras el niño continuaba entrenándose con sus dos espadas, asintió con la cabeza.

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