abían
pasado ya cinco días desde que Drakan y Gustan abandonaron el bosque de Lunzart,
el paisaje había cambiado mucho desde entonces, los grandes árboles habían
desaparecido por completo, el verdor y la humedad solo era un recuerdo en
aquellos parajes donde un viento,
interminable y dorado, azotaba con fuerza sus cuerpos. Lo único que aliviaba
los corazones de los amigos era el sonido de un pequeño rio que discurría por
el centro de la llanura y que tendrían que seguir para llegar a su destino. Sin
duda el camino era duro y fatigoso, las piernas de Gustan eran incapaces de
continuar un kilómetro más sin descanso. Sus pies, molidos por el repiquetear
continuo contra el suelo, comenzaban a pasar factura y el dolor empezaba a
hacerse insoportable, solo la noche le brindaba al humano un tiempo de descanso,
pero las paradas eran cada vez más cortas; las jornadas comenzaban antes de que
los Soles aparecieran y culminaban con la luz de la Luna sobre sus cogotes. Por
el contrario el segador de almas no parecía cansado en ningún momento, su andar
era firme y decidido, apenas se quejaba del calor o de los mosquitos que
inundaban aquel lugar, su mente se había fijado un objetivo y nada se
interpondría hasta que este se viera cumplido.
La sexta noche de viaje fue la definitiva para Gustan,
el humano ya no podía soportar un segundo más, estaba extenuado hasta el
extremo, no solo era su físico el que le impedía dar un paso, sino su espíritu,
aquel incesante caminar sin mediar palabra había hecho severa mella en su ánimo,
sin más el humano llamó a su compañero que se encontraba a una decena de metros
de él:
-
¡Drakan! No nos espera nadie en Bastian, ¿qué te parece si descansamos
esta noche? Creo que si salimos del cauce del río y seguimos un pequeño sendero
hacia el norte llegaremos a una pequeña posada, allí podríamos pasar la noche y
partiríamos mucho más ávidos por la mañana, además…¡Dame un descanso, por
Adisuft!
Desde sus ojos verdes Drakan miró a su amigo, sonrió y
añadió sin referir una pizca de agotamiento:
-
Tienes razón, iremos a la posada de Fútenir. Pasaremos la noche allí y descansaremos
un poco, además… creo que la recompensa de los orcos aún la tienes en el
zurrón. – sonrió Drakan a su amigo para continuar. – Tú pagarás la bebida.
Gustan esbozó una mueca en su rostro que a la vez unía
fastidio y diversión:
-
Lo suponía... ¡vamos rápido, la cerveza nos espera!
La posada de Fútenir estaba situada a unos tres
kilómetros de donde ellos se encontraban, se hallaba dispuesta dentro de un
pequeño poblado denominado Vinel, siendo la posada el centro neurálgico de
aquella zona. Gentes de toda clase: pelegrinos, maleantes, campesinos,
mercaderes… se reunían allí para descansar del trabajo diario.
<<El pueblo recibía su nombre de una leyenda de
la antigüedad. Se contaba que allí descansó el gran guerrero, Vinel, antes de
iniciar su campaña contra el reino de los cíclopes. El humano levantó un
pequeño poblado para que sus hombres pudieran descansar antes de iniciar el
asalto final a la capital de los gigantes de un solo ojo, pero algunos, debido
al aire tan limpio y puro que se respiraba en aquel lugar, se quedaron allí
fundando dicho poblado. Vinel consintió esa deserción, puesto que él mismo se
sintió tentado a abandonar las armas e iniciar una nueva vida de retiro en
aquellos parajes.
Aún con su ejército menguado por el abandono de muchos
soldados, el gran guerrero consiguió entrar en el reino de los cíclopes y
saquearlo, logrando lo que nunca nadie había hecho antes, sin embargo en las
venas de aquel guerrero, como en todo ser humano, corría su debilidad, la
codicia. Su sed de conquista no tenían límites, arrasó Crin, Trikim, Astikin… y
decenas de ciudades cíclopes, hasta que se plantó a las faldas de Ditara, el
reino inconquistable de los elfos. Muchos le aconsejaron no iniciar aquel
enfrentamiento, pero su ansía lo había llevado a la locura y con su ejército,
hastiado y cansando por la interminable campaña, se enfrentó a los elfos. Las
vidas humanas que cayeron aquella tarde de verano fueron incontables. Las
flechas de los elfos atravesaban gargantas, piernas, brazos y torsos acabando
con toda la hueste humana antes que estos si quiera llegaran a las murallas de
la ciudad. Tras la derrota, Vinel volvió a Tríkim, capital del reino de los
cíclopes, encontrándose que su ejército había sido depuesto y los cíclopes
habían recuperado el poder.
El rey de los cíclopes, Górtetin, apresó con sus
propias manos a Vinel, que abatido, no opuso mayor resistencia. La ira del
cíclope no tenía límites, con determinación asió su hacha y cuando fue a
descargarla sobre la cabeza del humano, comprendió que sus hazañas lo habían
superado, que pese haber arrasado parte de su imperio aquel ser había
transgredido la línea de la eternidad, el gran rey reflexionó sobre el acto que
iba a cometer y comprendió que el único pecado de aquel humano era la codicia
propia de los de su raza. Tras mucho deliberar, el castigo que se le impuso a
Vinel por su ansias de conquista fue el siguiente: Górtetin lo condenó a vivir
en la montaña del Olvido, allí, atado de pies y manos a la roca, vería pasar
todos los días que aun le restaban antes de recibir la muerte, pensaría en
todas las vidas que había quitado durante sus batallas, en todos los pueblos
arrasados… No obstante su castigo no duró mucho tiempo, Vinel no podía soportar
tanto reproche, era consciente de todo lo que había llevado a cabo, sabía que
había exterminado a los cíclopes, que había repartido muerte solo por poder y
aquello corroía sus entrañas. La desesperación colmó su corazón y la culpa su
alma. El gran guerrero no podía soportar más aquella situación y decidió acabar
con su vida. Vinel tiró tan fuerte de las cadenas que ataban sus manos que
estas resquebrajaron su piel, haciendo que un caño de sangre brotara por cada
uno de ellas hasta que murió desangrado.
Tal como cuenta sus carceleros su último grito antes de morir retumbó en
todo el valle, y este alarido profería:
-
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PERDÓNNNNNN !!!!!!!!!!!!!!!!!! >>
Desde aquel momento mucho tiempo había pasado. Hoy día
aquel poblado era un lugar de encuentro donde casi nadie establecía su
residencia. En él convergían tres de los caminos más frecuentados de la Tierra
Libre. El camino del hechicero, que unía la ciudadela de Vae con el territorio
de los cíclopes. El sendero de los hombres, que bordeaba el bosque de Lunzart y
unía el imperio de los hombres del norte con el mar de Gyrten en la ciudad de
Nutro, y el camino sin fin, que venía desde las tierras negras y pocos eran los
que volvían para contar lo que allí se encontraban.
Toda la ciudad estaba repleta de posadas, caminaras
por donde caminases te podrías encontrar un lugar de descanso. La arquitectura
de cada comercio era diferente, dando una nota de color a aquel lugar. De un
simple vistazo te podías encontrar con posadas
totalmente rojas adornadas por ventanas pentagonales, típicas de los hombres
del norte, o bien observar las construcciones de los cíclopes hechas de arcilla
con forma ovalada y grandes ventanales redondos; o ver como las ninfas rodeaban sus hogares de
pequeños lagos artificiales que los conseguían al excavar acuíferos alrededor
de sus casas, sin embargo la posada más conocida de todas era la de Fútenir. El
regente pertenecía a la raza de los hombres del sur, era delgadísimo, pero su
cerveza rodaba por las gargantas de los clientes como agua por un manantial. Su
establecimiento era típico de los de su estirpe, no tenía muchos adornos, pero
cumplía perfectamente con su cometido, sus camas eran suaves y su lumbre caldeaba
todo el comercio.
Los dos amigos cruzaron todo el poblado quedando
impresionados, una vez más, por lo variopinto del lugar; la multiculturalidad
era un hecho, los habitantes de Vinel habían sido capaces de vivir en armonía
pese a todas sus diferencias, la herencia de su fundador había desaparecido por
completo y la paz parecía haberse instaurado allí. Tras un largo caminar
llegaron a la posada de Fútenir. Gustan abrió la puerta a su compañero y este
observó de nuevo la mezcla de razas que se daba en aquel lugar. Al fondo de la
taberna se veía una pareja de cíclopes
con dos grandes jarras de cerveza en sus enormes manos, apoyados en la barra se
veían cuatro personas, dos eran elfos, un cíclope y un humano; atendiendo a las
mesas, ejerciendo como camarera, había una chica humana y un sinfín de personas
más abarrotaban aquel lugar.
Drakan escudriñó a la clientela, era algo que solía
hacer con normalidad, intentaba buscar algún peligro, pero lo que realmente le
llamó la atención del lugar fue la camarera, en un primer momento el guerrero fue
engañado por la imagen de fragilidad que emanaba la mujer, aunque al observarla
con un poco más de detenimiento vio como se deslizaba por el terreno con total
seguridad, dominaba cada uno de sus movimientos a la perfección, era innegable
que la chica estaba acostumbrada a lidiar con borrachos y sabía desenvolverse
en esa situación. Mientras escogían asiento, Drakan observó como la chica era
llamada por la pareja de cíclopes que estaba al fondo de la posada y observó
con calma el desenlace de aquella situación:
-
¡Ven, pequeña! – llamó el cíclope a la camarera.
La chica lo miró desairada y, repartiendo las últimas
cervezas a un grupo de humanos sentados en una de las mesas que llenaban el
local, se dirigió hacia él.
-
¿Qué desean? –Sonrió forzosamente.
El cíclope que la había llamado golpeó con el brazo a
su compañero y observó a la chica de
arriba abajo sin importarle incomodarla:
-
No estaría mal tu compañía esta noche. – cuando terminó la frase, la
gran mano del cíclope se deslizó por la cintura de la chica hasta encontrar su
trasero.
Drakan vio como la cara de la chica pasaba de la sonrisa
al asco en un solo instante. Lentamente el segador de almas llevó su mano hasta
la empuñadura de su espada, la agarró con fuerza y esperó.
La chica levantó la mirada hasta encontrar el ojo de
aquel gigante, soltó la libreta dentro de su mandil, cogió la mano que le
acariciaba su cuerpo lentamente y con una sonrisa le dijo:
-
¿O quitas la mano de mi cuerpo o te arrepentirás?
Los cíclopes comenzaron a reír a carcajadas. Todo el
establecimiento estaba observando la situación, quedando el jolgorio que había
llenado toda la posada totalmente suprimido. Mientras tanto, Drakan continuaba
observando.
La humana le mantuvo al cíclope la mirada durante unos
segundos. Los ojos de aquella chica desprendían determinación y seguridad,
tanto era así que el cíclope relajó su mano y la apartó del cuerpo de la mujer.
En un primer momento parecía que la chica había ganado la batalla, sin embargo
el gigante se percató de que toda la clientela lo estaba mirando y cuchicheaban
sobre lo ocurrido. Sintiendo ofendida su valía, el gigante devolvió la mirada a
todos y bajó rápidamente su mano hasta el trasero de la mujer apretándolo mucho
más fuerte. En el instante que la chica volvió a sentir la gigantesca mano en su
espalda, movió su cuerpo haciendo un círculo mientras sacaba un cuchillo que
llevaba escondido entre las ropas y en un suspiro la mano del cíclope se
hallaba clavada contra la pared atravesada de lado a lado. Cuando el compañero se
percató de la reacción de la mujer, se levantó y cogió a la chica por las manos
haciendo que soltara su arma,
rápidamente Fútenir llegó al lugar donde estaban ocurriendo los hechos:
-
¡Dejad a la chica por favor! – pidió el viejo desesperado. - La
despediré de inmediato, pero no la matéis, es solo una cría.
El cíclope se quitó el cuchillo que ensangrentaba su
mano y lo puso en el cuello de la chica al tiempo que su compañero la maniataba
con fuerza impidiendo que esta se moviera:
-
¡Maldita humana, pagarás por lo que has hecho con tu vida!
Drakan y Gustan seguían observando la escena. El posadero
buscaba con los ojos a alguien que pudiera ayudarlo, pero ninguno de los allí
presentes se atrevía a pelear con dos cíclopes y menos por una camarera, así
que decidió actuar.
El viejo cogió la mano del gigante que portaba el
cuchillo intentando arrebatarle el arma, este lo miró, se río y lo tiró contra
el suelo como si fuera un mosquito.
-
Dedícate a servir cervezas, viejo, es lo único que se te da bien y deja
que nosotros resolvamos nuestros problemas.
Gustan observó a su amigo viendo de nuevo aquella luz
amarilla en sus ojos y antes de que se diera cuenta Drakan tenía una de sus
espadas en el cuello del gigante que sostenía a la chica y la otra apuntando al
corazón de su compañero.
-
Como muevas ese cuchillo un solo centímetro más acabo con vuestra vida y
os mando a vuestro infierno, bestias.
Los cíclopes se acongojaron enseguida, soltaron a la
chica y abandonaron el salón rápidamente.
Mientras salían proferían amenazas contra Drakan intentando curar su
“valía” herida.
Tras la intervención del segador de almas la chica
cayó al suelo observando al hombre que le había salvado la vida. Drakan envainó sus espadas y se dirigió de
nuevo junto a su amigo, este lo esperaba con una sonrisa dibujada en su cara:
-
Por lo menos esta vez no has matado a nadie, intenté cogerte, pero
cuando fui a ello ya estabas al lado de esos cíclopes, ¿vas a tener que
enseñarme como corres tan deprisa? En la batalla me sería muy útil.
Drakan le devolvió la sonrisa mientras la camarera se
acercaba a ellos:
-
¡No pienses que te debo nada! - dijo la chica casi ofendida
interrumpiendo la conversación entre los dos amigos.
-
Será mejor que continúes sirviendo cervezas, mujer. – le reprochó Gustan
a la chica. – Nadie te ha dicho que le tengas que devolver nada, sigue con tu
trabajo.
-
Contigo no estaba hablando, ¿Qué pasa, no sabes hablar? – Drakan levantó
la mirada un segundo y la volvió a hundir en su vaso de cerveza sin hacerle
mayor caso a la chica - Todos sois iguales, hombres, cíclopes o... bestias. – añadió
la camarera al tiempo que volvía a su trabajo.
Fútenir, el dueño de la taberna, se acercó a los dos
extranjeros con una jarra de cerveza bien fría para cada uno:
-
Estáis invitados toda la noche, pedid lo que queráis, os estoy muy
agradecido por lo que has hecho y no le
hagáis caso a la chica, es mi sobrina, es muy orgullosa, pero en el fondo, – detuvo
sus palabras y miró a Drakan a los ojos- os agradece lo que habéis hecho por
ella.
Drakan prestó atención al posadero durante un segundo
y le preguntó directamente:
-
¿Cómo se llama?
-
¿Quién? ¿Mi sobrina? Laurnes, es hija de hermana y ya habéis visto el
carácter que tiene. – río gustoso el posadero.- Desde que cayó la ciudadela de
Vae está aquí conmigo, era una aprendiza de hechicera, pero yo creo que hubiera
sido más válida como guerrera. – Volvió a reír ruidosamente el posadero.
El segador de almas volvió a buscar a la chica entre
todo aquel maremágnum de gente, encontrándose la mirada de esta posada en él.
Nada más darse cuenta de que el hombre que la había salvado había localizado su
mirada, la chica se sonrojó, bajó la mirada y continuó con su trabajo.
La noche pasó sin más incidentes, Gustan bebía una
cerveza tras otra, mientras su compañero solo pensaba en los ojos de aquella
chica. Eran grandes y casi totalmente negros, su cuerpo, aunque pequeño, dejaba
adivinar unas curvas soberbias; su pelo, rizado y azabache, caía sobre sus
hombros suelto, pero lo que más admiraba Drakan era la entereza con que se
había enfrentado a aquellos gigantes, por más que se esforzó durante el suceso,
no encontró ni una sola mota de miedo en su ser aunque sabía, antes de comenzar,
que la batalla estaba perdida. De súbito la voz de Gustan sacó a Drakan de sus
pensamientos:
-
Mañana saldremos de madrugada ¿verdad? Deberíamos irnos a descansar. Hablaré
con el posadero a ver si puede facilitarnos un par de caballos, no creo que mis
pies aguanten un día más a ese ritmo infernal.
Drakan volvió a la realidad y antes de responder
sintió de nuevo como la chica lo estaba observando. Rápidamente se dio la vuelta
para encontrarse de nuevo con la chica de frente, en ese mismo instante sus
miradas volvieron a confluir, pero esta vez la chica no la apartó, intentó
escudriñar los adentros del guerrero,
sin embargo al segundo se sintió turbada, su interior no era como el de cualquier
hombre. La chica, que había sido educada durante años en la ciudadela de Vae,
sabía leer en los corazones de las personas, pero ese hombre o bien no tenía
corazón, o si lo tenía, poseía la capacidad de ocultar lo que sentía. Tras
comprobar de nuevo su incapacidad para leer su alma, la mujer retiró la vista
dedicándose de nuevo a sus menesteres.
-
Es buena idea, intenta conseguir unos caballos y busca una habitación,
es hora de que durmamos en una cama. – añadió Drakan entre risas.
El posadero les consiguió a los dos amigos unos buenos
caballos a buen precio y les alquiló la mejor habitación de todo su comercio,
claro esta, este gasto corría a cuenta de la casa.
-
La habitación está preparada para que la ocupen cuando deseen. – dijo Fútenir
con una gran reverencia. Soy conocido por mi hospitalidad y por Adisuft que
cumpliré mi palabra. – Volvió a soltar otra de sus carcajadas que retumbó en
todo el edificio.
-
Gracias. – Espetó Gustan – Enseguida lo acompañamos.
Cuando llegaron a la habitación, Fútenir les abrió la
puerta y dejó que sus invitados entrasen primero, nada más llegar Gustan cayó
redondo en la cama que le había tocado habitar.
Drakan con un gesto de la mano le indicó al posadero
que entrase y cerrase la puerta, este obedeció sin rechistar:
-
Posadero, oirás muchas historias tras esa barra, cuéntame cómo va la
guerra, ¿qué avances ha hecho el enemigo? ¿Qué pretende...
Fútenir inició su habla con voz pausada y tenue,
bajando su tono hasta convertirse casi en un susurro, habiéndose cerciorado
antes con dos giros rápidos de cabeza que nadie les estaba escuchando:
-
En ocasiones las paredes oyen. - explicó el posadero. - De la guerra y
de las intenciones del enemigo poco te puedo contar, ya que no soy un soldado
ni quiero serlo, pero de ellos algo sé. No hará más de dos semanas un ejército
orco acampó a unos diez kilómetros de aquí, al otro lado del río. Los
rastreadores del enemigo llegaron al poblado saqueando solo algunas tiendas de
comestibles, inexplicablemente no atacaron a la población. Todos pensábamos,
cuando supimos de su llegada, que había llegado nuestro fin y que acabaríamos
como cena de esas bestias, pero no, continuaron su camino y volvieron al
campamento. A los pocos días se dice que volvieron, pero esta vez no pasaron por
aquí.
Drakan escuchaba atentamente las palabras de Fútenir
sin interrumpirlo ni una sola vez, dando verdadera importancia a lo que el
viejo estaba diciendo, así el posadero continuó:
-
Hace dos días, un pequeño batallón de hombres pasaron la noche en mi posada,
eran parte del ejército de Bastian. – Ahora no sonó ninguna carcajada, sino
todo lo contrario, el posadero cambió el semblante y habló con extremada discreción
y mirando a todos lados: - La ciudadela ha caído a manos del enemigo, han arrasado, quemado
todo y bueno... ya sabes lo que hacen
esas bestias con cualquier ser que se encuentre por medio cuando terminan una
batalla triunfantes, ya que por lo que he visto en el salón, sois soldados.
-
¿Bastian ha caído? – preguntó Drakan algo consternado, sin dar crédito a
lo que acababa de escuchar.
-
Eso parece amigo, es una pena, llevaban tiempo repeliendo los ataques de
esos malditos orcos, en ocasiones incluso habían conseguido asegurar antiguas
fortalezas cercanas a la ciudad, haciendo encender un halo de esperanza en
aquellos que creemos en la paz, sin embargo, para apagar toda esperanza, el Emperador
envió un gran contingente y nada pudieron hacer. Esas bestias disfrutan
masacrando a todo lo que se interpone en su camino.
Los dos hombres se miraron, incluso Gustan con más
alcohol que sangre en las venas sabía lo importante que era Bastian en la
defensa de la Tierra libre.
-
¿Sabes a dónde se dirigían los supervivientes de Bastian? – replicó
Drakan rápidamente.
-
Sí, - el viejo volvió a mirar a todos lados y continuó hablando - iban
hacia el Sur, buscaban el territorio de los cíclopes. Dicen que allí hace falta
cualquier persona que pueda empuñar una espada, creo que el Emperador ha fijado
la mirada en aquella zona. Hará un par de días que cogieron el sendero del
hechicero.
-
Gracias, eres un buen hombre. – terminó Drakan la conversación,
despidiendo al posadero.
Antes de salir, el posadero se despidió de ellos con
una de sus grandes carcajadas para desearles buena noche y cerró la puerta. Drakan
miró a Gustan que ya estaba roncando, se despojó de sus espadas, se echó en el
cómodo camastro y se durmió al instante como pocas veces en su vida le había
pasado, siendo su último pensamiento para los ojos negros de aquella chica.