jueves, 28 de agosto de 2014

Capítulo 9: El orco.

U
n orco a lomos de su guinto, una especie de oso gigantesco de un color pardusco y unos colmillos que le sobresalían de su mandíbula, atravesaba el hexágono de Vae hacia la torre de Funikazum. Los guardianes de  la ciudadela  le abrieron el portón de inmediato al reconocer al primer mariscal de Zan-Tindan, Polux. Sus vestimentas totalmente negras ondeaban al viento mientras su guinto, incasable, corría hacia su destino. La bestia estaba ataviada con una montura impresionante, toda ella estaba hecha de oro, solo la silla de montar portaba un poco de cuero que daba vida al sillón, la cabeza del guinto estaba recubierta por un yelmo que solo le dejaba mirar al frente, destacando en el centro de este el símbolo del Emperador, los dragones enfrentados, estos estaban elaborados, a diferencia de toda la demás montura, con oro blanco, que solo se podía encontrar más allá de las Tierras negras.

Polux llegó a la torre descabalgando su montura de un  salto, el guinto, nada más sentir que su amo lo había abandonado, frenó su carrera para caer a manos de dos orcos que se hallaban en la puerta esperando dar el merecido descanso a aquella terrorífica bestia. Velozmente el orco entró en la torre con prisa desmesurada y sin pedir permiso se dirigió directamente al salón central donde ya el Emperador aguardaba su llegada.

Mientras andaba hacia allí su mente no dejaba de buscar las palabras que iba a utilizar para informar a su Señor de los últimos acontecimientos. Por un lado su mandato de acabar con la resistencia del oeste era un hecho, la ciudadela de Bastian había sido arrasada, sin embargo portaba noticias no tan felices, los hombres del Norte iban a tomar parte en la campaña contra los cíclopes y esto sin lugar a dudas era un gran impedimento para los planes del Emperador.

<<Mi Gran Señor, su voluntad ha sido llevada a cabo, una vez más nuestras huestes han acabado con los débiles humanos>> Pensaba decir Polux a su Amo mientras que andaba presuroso por los pasillos de la torre. Por un momento el orco se detuvo absorto por los tapices y adornos de alta talla que llenaban el pasillo, olvidó la premura de su mensaje y caviló: <<Los hechiceros sabían elegir bien sus obras de arte, esos tapices son maravillosos>>.

Aunque se decía que los orcos no eran capaces de apreciar ninguno tipo de  belleza, algunos se sentían atraídos por las obras de las demás razas de la Tierra, sobre todo aquellos que habían sido dispuestos desde su nacimiento para comandar las tropas de su señor. La educación de estos elegidos, no solo era bélica, sino que una parte muy importante de su adiestramiento la comprendía el arte, consiguiendo unir en sus personas, un gran amor hacia las cosas bellas y el odio a todo lo que no fueran ellos mismos o los designios de su Señor. Sumido en estos pensamientos llegó al salón.  La velocidad de que había hecho gala durante el trayecto quedó calmada al instante, su semblante siempre amenazante, dio paso a una cara de máximo respeto y sumisión, bajó la cabeza hasta mirar al suelo e inició su paso hacia el trono, que en otro tiempo había pertenecido a Huiko, el viejo hechicero, y que hoy regenteaba el Señor de la tinieblas.

Polux alcanzó la escalinata que llevaba al gran trono color negro donde su Señor estaba sentado.

-          Mi Gran Señor, su voluntad ha sido llevada a cabo, una vez más nuestro ejército ha aniquilado a los débiles humanos. – proclamó con voz respetuosa.

El príncipe de la oscuridad se levantó dejando ver su impresionante estampa. Toda su vestimenta, sin excepción, era negra; nada se veía de su cara, ya que un yermo del mismo color que sus ropas la cubría por completo; su altura era descomunal, era mucho más alto que Polux y entre el hueco que dejaba su casco para los ojos se podía observar dos puntos rojizos que emanaban un halo aterrador, acompañando al Emperador había un cuervo que respondía al nombre de Ilie.

-          No vengas a decirme cosas que ya sé. - habló el Emperador emitiendo un silbido que traspasaba su yermo y helaba los huesos del orco. – Recuerda con quien hablas, bestia inmunda. Nada más entrar en esta torre percibí tu olor a putrefacción y supe que algo no iba bien.

De repente aquel gigantesco pájaro profirió un graznido que hizo retumbar los cimientos de Funikazum. Polux estaba aterrado, conocía los enfados de su Señor para con los portadores de malas noticias y temía seriamente por su vida.

-          Empe… Emperador… - acertó a decir entre tartamudeos. - Los humanos del Norte se han unido a los cíclopes en Crin. Un gran ejército partió hace un par de días desde Fínuris y pronto llegará a su destino.- el orco agachó aun más su cabeza que ya casi estaba entre sus brazos esperando el ajusticiamiento de su vida.

Durante un segundo el Señor oscuro no profirió palabra alguna, si quiera movió un músculo de su cuerpo, de súbito, comenzó a reír a carcajadas.

-          Esperaba algún movimiento de Fúthernor, pero eso no debe preocuparnos, me encargaré de ese asunto inmediatamente. Mientras tanto partirás a Crin, pero no iniciarás ningún ataque hasta que yo te lo ordene. Quiero que sientan miedo, quiero que no sepan cuando va a llegar su final… Quiero que esos gigantes de un ojo teman de veras por su vida, sin embargo lo peor de todo… es que no sabrán cuando el hacha del mal asestará su gran golpe. – detuvo su charla durante un segundo y continuó dirigiéndose de nuevo a Polux. – Al amanecer del tercer día tras tu llegada unos nuevos aliados tomarán parte en nuestra campaña, tú serás quien los guíe hacia la victoria. ¿Me has comprendido?

Polux se sintió aliviado al escuchar las palabras de su Amo, todo su cuerpo, que hasta ese momento había estado en tensión, se relajó y dedicando una última mirada al cuervo de su Emperador se dispuso a retirarse, pero antes de que el orco se marchará volvió a escuchar la voz del Emperador.

-          Polux, no tolero el fracaso.

La voz fantasmagórica del príncipe de las tinieblas recorrió por completo el cuerpo del orco.

-          Lo sé, mi Señor. – contestó mientras llevaba a cabo de nuevo una reverencia de despedida.

El orco se retiró a los aposentos que estaban destinados a los grandes generales, entró a la habitación y se despojó de sus ropas. Su cuerpo estaba totalmente desfigurado por las heridas infringidas en miles de batidas. Desnudo, se arrodilló pegando su cara contra el suelo y comenzó a rezar:

<<Dios de la oscuridad, mi Señor, mi Dueño. Dame fuerzas para llevar a cabo la tarea que se me encomiendas. Sé que las palabras de tu hijo son tus designios, ayúdame en la batalla... Sangre, Destrucción y Muerte.>>

Al  término de la oración Polux asió una pequeña daga totalmente negra en la que se podía leer el símbolo del Emperador, la besó con ternura y la hundió lentamente en su pecho. Milímetro a milímetro la negra daga se introducía en su cuerpo sin que el orco emitiera ni un solo signo de dolor. La sangre comenzó a fluir como un débil manantial que se esparcía libre por su torso desnudo. El orco sacó el cuchillo de su cuerpo con la misma parsimonia con que la había introducido dejando brotar la sangre. Después de empapar su cuerpo con aquel líquido denso y oscuro, volvió a besar la daga con sumo respeto y la limpió con la ropa que estaba tirada en el suelo. Unos instantes más tarde, tembloroso por la pérdida de sangre, extrajo de su far
do una botella con un líquido amarillento, se lo vertió en la herida y de inmediato esta sanó. El olor que brotaba de la herida era pestilente, sin embargo el sintak que había derramado sobre su pecho había sanado de inmediato la herida, dejando tras de sí una cicatriz más sobre su cuerpo en respeto a su Dios.

<<Mi sangre es tu Sangre, Señor>>  - pudo decir antes de  que, sin conocimiento, cayera al suelo por la gran pérdida de sangre que se había infringido.

Mientras tanto, a pocos metros de donde se encontraba Polux, el Emperador se sentó en el trono chasqueando sus dedos en tono juguetón. La mano que daba vida a aquel sonido era ruda y enorme, con unas uñas que se asemejaban a las de un animal salvaje, su piel era negra como sus mismas vestimentas. Al instante apareció un adein, esos seres eran mucho más pequeños que los orcos, estos seres no estaban creados para la guerra, sin embargo en caso de necesidad podían formar parte de cualquier ejército, su principal cometido era responder a las necesidades, no solo del Emperador, sino de la tropa en todo aquello que necesitasen.

-          Tráeme en audición a Awika, el gran hechicero, necesito conversar con él.

El adein no respondió para poder atender a los deseos de su Señor lo más rápido posible.

Cuando este se retiró, el Emperador, acariciando al gran cuervo que se encontraba cerca de su mano desnuda, habló dirigiéndose al vacío:


-          Si quieren entrar en la guerra que lo hagan, pero tendrán que asumir todas las consecuencias… y si no, que se retiren ahora mismo. ¡Malditos humanos! – concluyó mientras que  ante  su vista apareció el gran hechicero.

jueves, 21 de agosto de 2014

Capítulo 8: La partida de los elfos.

G
oti observaba con fascinación el paisaje que su ojo le estaba ofreciendo, el bosque de los elfos era bello en extremo, los grandes árboles soportaban en sus ramas casas construidas en la propia madera, sus diversas tonalidades daban una sensación de vitalidad a toda la ciudad;  las vigas, que aguantaban con fuerza las grandes estructuras, estaban adornadas por runas y dibujos tallados en la propia madera, que ofrecían historias y leyendas de la antigüedad. En aquel paraje todo era paz, pareciera que nada pudiera perturbar aquella sensación, que todo lo que estaba pasando a las afueras de aquel bosque no importara lo más mínimo, sin embargo todos sabían que aquello solo era una sensación, ya que si el Emperador decía conquistar aquel paraje nada se interpondría en su camino, pese que todos los elfos sabían del peligro que corrían, estos se dedicaban por completo a su cometido diario, algunos recogían fruta, otros cuidaban a los niños, fabricaban armas, utensilios, componían canciones… hicieran lo que hiciesen ponían todo su empeño en realizar su misión; si quiera la oscuridad que se cernía sobre ellos inquietaba a sus corazones, desde muy temprano los elfos estaban cantando, se escuchaba el silbar de las flautas, el tañido de los gráciles dedos de los elfos en las arpas o en las liras, aquel sonido era tan relajante y de tal finura que extinguía todos los problemas que colmaban el mundo. Goti se sentía transportado al paraíso, disfrutaba de cada instante que habitaba en aquel paraje; aquella felicidad lo sumía en sueños de triunfo, de felicidad y sobretodo de Paz; en aquel preciso momento de armonía alguien se sentó a su lado despertándolo de su fantasía:

-          ¡Furlas!  –exclamó sorprendiendo el cíclope.

-          No te apures. – añadió el humano. - Yo también siento el poder de este lugar. Mires donde mires hay paz. No sé si son conscientes de lo que se avecina, o si aun siéndolo, prefieren seguir viviendo de este modo. Es difícil entender lo que siente esta gente, hablan poco entre ellos y menos con los extranjeros, prefieren el silencio.

Goti asintió con un gesto de su cabeza y continuó hablando con la mirada perdida en el paisaje.

-          No culpo a mis antepasados por querer conquistar estas tierras. Son realmente maravillosas. No creo que exista un lugar en la Tierra Libre que pueda compararse a este... No obstante mis antepasados no comprendieron algo importantísimo, algo que se reconoce nada más entrar aquí, en el mismo momento que posas un pie en este territorio…

Furlas miró impresionado a su compañero. Las reflexiones que llevaba a cabo Goti nada tenían que ver con la imagen de rudos que ofrecían los cíclopes:

-          Si desapareciesen los habitantes – continuó el cíclope -  de este reino, también desaparecerían los bosques que circunda su territorio; están tan unidos, existe una simbiosis tal, que si uno de los dos desapareciese, el otro caería por su propio peso. No podrían vivir mucho tiempo lejos del bosque y el bosque caería en la más honda depresión si estos seres no lo habitaran.

-          Así es, amigo. –espetó Furlas mirando al gran ojo del cíclope. – Y aun así van a ayudarnos a combatir al enemigo a las puertas de tu reino abandonando sus amados bosques. Son gente orgullosa, pero inteligentes y además buenos arqueros. – rió el humano.

De nuevo Goti se perdió en sus pensamientos y le preguntó al humano:

-          ¿Crees que tenemos alguna oportunidad de ganar?

Las palabras de Furlas se hicieron esperar, estaba sopesando la pregunta del cíclope, pero en breve respondió:

-          Sinceramente, no lo sé, pero solo el beneficio de la duda merece la pena que lo intentemos, que luchemos por preservar la libertad de la Tierra Libre, que plantemos cara a ese tirano para que este bosque siga con vida, para que tu muralla perdure o para que el pueblo más perdido pueda tener la certeza de que nadie lo va a invadir.

El humano y el cíclope abandonaron el mirador y se dirigieron al gran patio central donde, en formación y ataviados con sus ropas de combate, había unos quinientos arqueros. Para la sorpresa de ambos, lo elfos no tenían armaduras de hierro, ni de ningún metal, sus cotas parecían fabricadas con palos, se decía que esa madera era más dura que la misma piedra. Todos y cada uno de los elfos portaba un gran arco que lo doblaba en altura, tras su espalda tenían un carcaj que contenía multitud de flechas. Su extenso pelo verdoso estaba recogido en una coleta muy alta, mientras que sus vestimentas eran de un color verde oscuro. Entre las filas había tanto elfos como elfas, se contaba que en el fragor de la batalla nadie sobraba y desde el principio de los tiempos las mujeres siempre habían formado parte del ejército.

A la cabeza de aquel batallón se hallaba una elfa. Su vestimenta era diferente a la de los demás, sus ropas estaban teñidas de un color marrón muy claro que hacía perfectamente juego con su piel canela. Sin duda era la responsable de toda la hueste.

Al instante apareció Jistu acompañado de su séquito compuesto por unas diez elfas. Todas vestían ropas trasparentes que dejaban ver sus hermosos cuerpos.

Goti quedó  impresionado al observar la belleza extrarracial de aquellas mujeres, la hermosura de las jóvenes era evidente y no pasaba desapercibidas para nadie, ya fueran humanos, cíclopes, o orcos, por el contrario Furlas no podía apartar la mirada ni un segundo de la elfa que encabezaba el ejército.

-          ¡Mis amados guerreros! – dijo el rey a viva voz.

Al oír aquellas palabras todos los componentes del ejército ofrecieron sus arcos al rey en un solo gesto. Los movimientos de aquellos seres estaban fríamente calculados, moviéndose como si fuera un solo ser. En ese instante todos los arcos estaban inclinados hacia su rey, mientras que la elfa que los gobernaba se hallaba de rodillas mirando al suelo.

-          Hoy es un día de tristeza, tenemos que partir hacia la guerra. – todos los habitantes del bosque se habían reunido para despedir a sus guerreros y tras las primeras palabras de su Rey se escuchó un suspiro que recorrió toda la plaza central. - El enemigo ha puesto los ojos tanto en nuestro reino, como en el reino de nuestros aliados. – miró a Goti y este respondió con un movimiento reverente con sus manos. – En reunión hemos decidido tomar parte en la defensa de la muralla de Crin al igual que los humanos del Norte. – ahora Jistu miró a Furlas y este, como su amigo anteriormente, asintió con una reverencia. – Hermanos míos, es hora de hacer silbar vuestras flechas y de que busquen con avidez a nuestros enemigos, y recordad. –calló durante un segundo y con una voz que se escuchó en todo el valle de Potries gritó:

-          ¡El bosque jamás caerá!

En ese instante todos los allí presentes se unieron al grito de su Señor con gran furia. Jistu aplacó el ímpetu de su ejército con un movimiento de mano para añadir con una voz suave:

-          Que Ditara guíe vuestras flechas.

Todos callaron y comenzaron a cantar en su idioma. La voz de todos aquellos elfos al unísono estremeció a los dos amigos que nunca antes habían presenciado algo semejante. Pese a no entender nada de lo que estaban cantando, la armonía de aquellas voces parecía recordar tiempos pasados, tiempos más felices sin duda. De repente aquellas palabras graves subieron de tono hasta llegar a un gran grito que los llenó a todos de esperanza. Esperanza de unos días venideros mucho más pacíficos que los que hoy vivían.

Jistu instó tanto a la joven elfa, que encabezaba su milicia, como a sus dos invitados que se acercaran a su vera:

-          Parece que el número de soldados que envío es ínfimo para hacer frente a la gran amenaza del Oeste, pero no es así, el arco de cada uno de mis hermanos y hermanas acabará con muchísimas vidas orcas y ayudará en lo posible a mantener viva la muralla.

Goti y Furlas se miraron y fue el humano quien habló en nombre de los dos:

-          Cualquier ayuda que puedas ofrecer será bienvenida, sabemos que tus fronteras deben ser guardadas y que pones a disposición del concilio tantos soldados como puedes. – Furlas miró a todos los arqueros que había a su alrededor y leyó en sus rostros la determinación y la valentía. - Si somos capaces de detener al enemigo en Crin, tus guerreros se dirigirán a la capital del reino de los cíclopes donde se decidirá si atacamos al enemigo o no, en cualquier caso recibirás noticias para reunirte con nosotros.

Jistu aceptó de buen grado las palabras sinceras del humano abrazándolo para sellar así el pacto del concilio. Dudó durante un segundo hacer lo propio con el cíclope, ya que recordó todas las veces que aquella raza había intentado invadir su territorio, pero dejó de lado ese pensamiento y abrazó con fuerza a Goti.

-          Ella es Violet, general de las defensas del norte, comandante del ejército elfo, y además… mi hija. – padre e hija intercambiaron una sonrisa. – Se ha presentado voluntaria para esta partida y no encuentro fuerzas para negarme a ello. Su determinación a la hora de acompañaros no tiene límite. Velad por ella y devolvérmela sana y salva.

La última frase de su padre hizo cambiar la mueca feliz en la cara de Violet, pero comprendió que eran las palabras de un padre a su hija, y no de un Rey a su general.

-          No os preocupéis por ello, majestad. – añadió rápidamente el humano atrayendo la mirada de la elfa. – Mientras que este en mi mano, mi vida caerá antes que la suya.

-          Bien. – interrumpió Goti. – Las fronteras esperan nuestra llegada. Partamos.

A un movimiento de mano de Violet toda la milicia cambió la dirección hacia la izquierda, iniciando el camino de salida hacia el paso Verde, el único lugar donde la espesura del bosque se venía a menos para entrar en el territorio de los cíclopes.
Tardarían en llegar dos días, la distancia no era mucha, pero los caminos eran muy pequeños y sinuosos. Además todo el ejército, excepto los tres compañeros, iría a pie.

-          Hija mía, que Ditara te acompañe.

El Rey hizo un gesto a una de sus concubinas, esta desapareció y volvió con dos caballos totalmente marrones. Eran dos ejemplares magníficos, ambos eran hembras, se decían que eran mucho más resistentes y valientes que los machos y un diteretis, este animal era más grande que los caballos comunes, media cerca de cuatro metros de las pezuñas a las orejas, pese que se apreciaba que era de la familia ecuestre, su morro era diferente, estos animales tenían una especie de trompa pequeñina que les servía para coger el alimento de los árboles, ya que a diferencia de los caballos, estos solían comer pequeños brotes verdes de las arboledas, por esto mismo, el cuello de los diteretis era mucho más flexible y poderoso que los de sus primos.

-          Estas serán vuestras monturas. – dijo el rey. – Para ti, hombre del Norte, un gran ejemplar de nuestros caballos, su nombre es Fitia y es hermana de la yegua de Violet. – esta asintió con una leve sonrisa. – Y para ti, mi gran amigo, venido de los más recónditos parajes de mi reino, un diteretis, el valor de esto animales adiestrados es incalculable. Ellos os protegerán en la guerra y os llevarán en la paz, que Ditara os acompañe.

Subiéndose los tres a sus monturas iniciaron el camino tras el ejército elfo.


lunes, 11 de agosto de 2014

Capítulo 7: La esperanza de la hechicera


D
émona, junto a su inseparable compañera Ishra, llegó a la muralla de Crin; el  viaje desde el bosque de Ditara había sido largo, duro y tedioso, pero no podía permitirse el lujo de descansar, una vez más su misión estaba por encima de todo, el deber volvía a mandar en los actos de la hechicera y aún le quedaba un trayecto bastante largo para llegar al bosque de Lunzart donde se había visto por última vez al segador de almas, para llegar allí tendría que recorrer el camino del hechicero, llegar hasta el poblado de Vinel y desde allí, a contra corriente, seguir el sendero del río Sendar que la llevaría directamente a su destino. Su mente no dejaba de regalarle una u otra vez el sonido de la profecía por la que tanto había luchado, la imagen del niño abandonado a su suerte en el árbol del Destino, su mirada extrañamente amarillenta, todo habría merecido la pena si el niño que abandonó se había convertido en el hombre que ella esperaba…:

<<Cuando todo se haya perdido, cuando ya no queden pueblos en pie, cuando el mal haya poblado toda la Tierra Libre, un hombre, nacido de madre humana, pero concebido por dioses, portará Esperanza...>>

La puerta levadiza del reino de los cíclopes se encontraba cerrada, en otros tiempos esas puertas siempre estaban abiertas, pero en estos días inciertos y peligrosos solo se abría la puerta bajo el consentimiento del guardián de la muralla. Démona espoleó a su montura, levantó su cayado al cielo y de  él comenzó a brotar una luz incandescente que regó por unos instantes todo el patio de armas. Los cíclopes clavaron su mirada en la mujer y reconocieron a la más grande de todos los hechiceros.
En el centro de la muralla, Kaati, hijo del rey y encargado de la defensa de la muralla, asintió con la cabeza a uno de sus soldados que le pedía órdenes para con la hechicera. El soldado, apresurado, corrió para elevar las compuertas y facilitarle el camino a la mujer.

-          El momento se acerca, - pensó para si Kaati - ya se han comenzado a mover las piezas, debemos estar preparados, el golpe más duro recaerá sobre estas rocas.

 La capa blanca de la hechicera brillaba con tanta  fuerza que casi desde cualquier lugar podía verse. Las pocas mujeres y niños que aun quedaban en la ciudad-fortaleza,  miraban apasionados aquel galope y reverenciaban a la gran hechicera. Los cíclopes creían en la magia como pocos seres en la Tierra Libre, sin embargo su raza raramente se veía bendecida por este don, quizá este capricho de los dioses era lo que les hacía respetar a los hechiceros en extremo.
Al pasar bajo el arco la hechicera no pudo dejar de maravillarse de la pericia de los cíclopes a la hora de la construcción. Había traspasado aquella puerta en infinidad de ocasiones, pero siempre se sentía impresionada. La muralla media más de 25 metros de altura y estaba tallada en la misma piedra. Se contaba que fue el mismo Antara, Dios de las montañas e hijo de Tinkek, quien les enseñó  a los cíclopes los secretos para trabajar la piedra, en eso los gigantes de un solo ojo eran virtuosos hasta la perfección. A ambos lados de la puerta se levantaban dos grandes estatuas: una era la imagen viva de un cíclope vestido de gala, su nombre era Tuk-giles o en lengua cíclope, el creador del pueblo; él unió a la mayoría de las tribus cíclopes, que en aquellos momentos se encontraban en guerra y diseminadas por todo el territorio, se adjudicó como propias todas las tierras que iban desde el desierto de Dinzal hasta el mismo mar Gyrten, creando así el Reino de los cíclopes. Esta extensión de terreno era casi yerma, no obstante se ajustaba perfectamente a las características de los gigantes, ya que como contaba la leyenda estos seres eran hijos de Antara y Funkin, dios del fuego.
La otra estatua representaba a Tinkek, Dios de la tierra. Su representación era casi escalofriante, la altura de aquel montículo de piedra doblaba a la de la muralla y no tenían rostro alguno. Los cíclopes, supersticiosos en  extremo, tenían miedo a la ira del Dios si no acertaban a representarlo como era, por tal su cara nunca era tallada. El cuerpo de la estatua estaba ataviado con una armadura de oro macizo y un gran martillo de acero que representaba la fortaleza de aquel inmenso golem.
En otros tiempos aquellas imágenes habían sembrado el pavor entre sus enemigos, pero los orcos no temían a nada y menos a una piedra que si quiera podía moverse.
La hechicera cruzó el umbral de la muralla como una exhalación, tras ella la puerta cayó pesadamente emitiendo un gran estruendo que retumbó por todos los rincones de la ciudad.


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martes, 5 de agosto de 2014

Capítulo 6: Laurnes


H
abían pasado ya cinco días desde que Drakan y Gustan abandonaron el bosque de Lunzart, el paisaje había cambiado mucho desde entonces, los grandes árboles habían desaparecido por completo, el verdor y la humedad solo era un recuerdo en aquellos parajes donde  un viento, interminable y dorado, azotaba con fuerza sus cuerpos. Lo único que aliviaba los corazones de los amigos era el sonido de un pequeño rio que discurría por el centro de la llanura y que tendrían que seguir para llegar a su destino. Sin duda el camino era duro y fatigoso, las piernas de Gustan eran incapaces de continuar un kilómetro más sin descanso. Sus pies, molidos por el repiquetear continuo contra el suelo, comenzaban a pasar factura y el dolor empezaba a hacerse insoportable, solo la noche le brindaba al humano un tiempo de descanso, pero las paradas eran cada vez más cortas; las jornadas comenzaban antes de que los Soles aparecieran y culminaban con la luz de la Luna sobre sus cogotes. Por el contrario el segador de almas no parecía cansado en ningún momento, su andar era firme y decidido, apenas se quejaba del calor o de los mosquitos que inundaban aquel lugar, su mente se había fijado un objetivo y nada se interpondría hasta que este se viera cumplido.
La sexta noche de viaje fue la definitiva para Gustan, el humano ya no podía soportar un segundo más, estaba extenuado hasta el extremo, no solo era su físico el que le impedía dar un paso, sino su espíritu, aquel incesante caminar sin mediar palabra había hecho severa mella en su ánimo, sin más el humano llamó a su compañero que se encontraba a una decena de metros de él:

-          ¡Drakan! No nos espera nadie en Bastian, ¿qué te parece si descansamos esta noche? Creo que si salimos del cauce del río y seguimos un pequeño sendero hacia el norte llegaremos a una pequeña posada, allí podríamos pasar la noche y partiríamos mucho más ávidos por la mañana, además…¡Dame un descanso, por Adisuft!

Desde sus ojos verdes Drakan miró a su amigo, sonrió y añadió sin referir una pizca de agotamiento:

-          Tienes razón, iremos a la posada de Fútenir. Pasaremos la noche allí y descansaremos un poco, además… creo que la recompensa de los orcos aún la tienes en el zurrón. – sonrió Drakan a su amigo para continuar. – Tú pagarás la bebida.

Gustan esbozó  una mueca en su rostro que a la vez unía fastidio y diversión:

-          Lo suponía... ¡vamos rápido, la cerveza nos espera!

La posada de Fútenir estaba situada a unos tres kilómetros de donde ellos se encontraban, se hallaba dispuesta dentro de un pequeño poblado denominado Vinel, siendo la posada el centro neurálgico de aquella zona. Gentes de toda clase: pelegrinos, maleantes, campesinos, mercaderes… se reunían allí para descansar del trabajo diario.

<<El pueblo recibía su nombre de una leyenda de la antigüedad. Se contaba que allí descansó el gran guerrero, Vinel, antes de iniciar su campaña contra el reino de los cíclopes. El humano levantó un pequeño poblado para que sus hombres pudieran descansar antes de iniciar el asalto final a la capital de los gigantes de un solo ojo, pero algunos, debido al aire tan limpio y puro que se respiraba en aquel lugar, se quedaron allí fundando dicho poblado. Vinel consintió esa deserción, puesto que él mismo se sintió tentado a abandonar las armas e iniciar una nueva vida de retiro en aquellos parajes.
Aún con su ejército menguado por el abandono de muchos soldados, el gran guerrero consiguió entrar en el reino de los cíclopes y saquearlo, logrando lo que nunca nadie había hecho antes, sin embargo en las venas de aquel guerrero, como en todo ser humano, corría su debilidad, la codicia. Su sed de conquista no tenían límites, arrasó Crin, Trikim, Astikin… y decenas de ciudades cíclopes, hasta que se plantó a las faldas de Ditara, el reino inconquistable de los elfos. Muchos le aconsejaron no iniciar aquel enfrentamiento, pero su ansía lo había llevado a la locura y con su ejército, hastiado y cansando por la interminable campaña, se enfrentó a los elfos. Las vidas humanas que cayeron aquella tarde de verano fueron incontables. Las flechas de los elfos atravesaban gargantas, piernas, brazos y torsos acabando con toda la hueste humana antes que estos si quiera llegaran a las murallas de la ciudad. Tras la derrota, Vinel volvió a Tríkim, capital del reino de los cíclopes, encontrándose que su ejército había sido depuesto y los cíclopes habían recuperado el poder.
El rey de los cíclopes, Górtetin, apresó con sus propias manos a Vinel, que abatido, no opuso mayor resistencia. La ira del cíclope no tenía límites, con determinación asió su hacha y cuando fue a descargarla sobre la cabeza del humano, comprendió que sus hazañas lo habían superado, que pese haber arrasado parte de su imperio aquel ser había transgredido la línea de la eternidad, el gran rey reflexionó sobre el acto que iba a cometer y comprendió que el único pecado de aquel humano era la codicia propia de los de su raza. Tras mucho deliberar, el castigo que se le impuso a Vinel por su ansias de conquista fue el siguiente: Górtetin lo condenó a vivir en la montaña del Olvido, allí, atado de pies y manos a la roca, vería pasar todos los días que aun le restaban antes de recibir la muerte, pensaría en todas las vidas que había quitado durante sus batallas, en todos los pueblos arrasados… No obstante su castigo no duró mucho tiempo, Vinel no podía soportar tanto reproche, era consciente de todo lo que había llevado a cabo, sabía que había exterminado a los cíclopes, que había repartido muerte solo por poder y aquello corroía sus entrañas. La desesperación colmó su corazón y la culpa su alma. El gran guerrero no podía soportar más aquella situación y decidió acabar con su vida. Vinel tiró tan fuerte de las cadenas que ataban sus manos que estas resquebrajaron su piel, haciendo que un caño de sangre brotara por cada uno de ellas hasta que murió desangrado.  Tal como cuenta sus carceleros su último grito antes de morir retumbó en todo el valle, y este alarido profería:

-          ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PERDÓNNNNNN !!!!!!!!!!!!!!!!!! >>

Desde aquel momento mucho tiempo había pasado. Hoy día aquel poblado era un lugar de encuentro donde casi nadie establecía su residencia. En él convergían tres de los caminos más frecuentados de la Tierra Libre. El camino del hechicero, que unía la ciudadela de Vae con el territorio de los cíclopes. El sendero de los hombres, que bordeaba el bosque de Lunzart y unía el imperio de los hombres del norte con el mar de Gyrten en la ciudad de Nutro, y el camino sin fin, que venía desde las tierras negras y pocos eran los que volvían para contar lo que allí se encontraban.

Toda la ciudad estaba repleta de posadas, caminaras por donde caminases te podrías encontrar un lugar de descanso. La arquitectura de cada comercio era diferente, dando una nota de color a aquel lugar. De un simple vistazo te  podías encontrar con posadas totalmente rojas adornadas por ventanas pentagonales, típicas de los hombres del norte, o bien observar las construcciones de los cíclopes hechas de arcilla con forma ovalada y grandes ventanales redondos; o  ver como las ninfas rodeaban sus hogares de pequeños lagos artificiales que los conseguían al excavar acuíferos alrededor de sus casas, sin embargo la posada más conocida de todas era la de Fútenir. El regente pertenecía a la raza de los hombres del sur, era delgadísimo, pero su cerveza rodaba por las gargantas de los clientes como agua por un manantial. Su establecimiento era típico de los de su estirpe, no tenía muchos adornos, pero cumplía perfectamente con su cometido, sus camas eran suaves y su lumbre caldeaba todo el comercio.

Los dos amigos cruzaron todo el poblado quedando impresionados, una vez más, por lo variopinto del lugar; la multiculturalidad era un hecho, los habitantes de Vinel habían sido capaces de vivir en armonía pese a todas sus diferencias, la herencia de su fundador había desaparecido por completo y la paz parecía haberse instaurado allí. Tras un largo caminar llegaron a la posada de Fútenir. Gustan abrió la puerta a su compañero y este observó de nuevo la mezcla de razas que se daba en aquel lugar. Al fondo de la taberna se veía una pareja de  cíclopes con dos grandes jarras de cerveza en sus enormes manos, apoyados en la barra se veían cuatro personas, dos eran elfos, un cíclope y un humano; atendiendo a las mesas, ejerciendo como camarera, había una chica humana y un sinfín de personas más abarrotaban aquel lugar.
Drakan escudriñó a la clientela, era algo que solía hacer con normalidad, intentaba buscar algún peligro, pero lo que realmente le llamó la atención del lugar fue la camarera, en un primer momento el guerrero fue engañado por la imagen de fragilidad que emanaba la mujer, aunque al observarla con un poco más de detenimiento vio como se deslizaba por el terreno con total seguridad, dominaba cada uno de sus movimientos a la perfección, era innegable que la chica estaba acostumbrada a lidiar con borrachos y sabía desenvolverse en esa situación. Mientras escogían asiento, Drakan observó como la chica era llamada por la pareja de cíclopes que estaba al fondo de la posada y observó con calma el desenlace de aquella situación:

-          ¡Ven, pequeña! – llamó el cíclope a la camarera.

La chica lo miró desairada y, repartiendo las últimas cervezas a un grupo de humanos sentados en una de las mesas que llenaban el local, se dirigió hacia él.

-          ¿Qué desean? –Sonrió forzosamente.

El cíclope que la había llamado golpeó con el brazo a su compañero y  observó a la chica de arriba abajo sin importarle incomodarla:

-          No estaría mal tu compañía esta noche. – cuando terminó la frase, la gran mano del cíclope se deslizó por la cintura de la chica hasta encontrar su trasero.

Drakan vio como la cara de la chica pasaba de la sonrisa al asco en un solo instante. Lentamente el segador de almas llevó su mano hasta la empuñadura de su espada, la agarró con fuerza y esperó.

La chica levantó la mirada hasta encontrar el ojo de aquel gigante, soltó la libreta dentro de su mandil, cogió la mano que le acariciaba su cuerpo lentamente y con una sonrisa le dijo:

-          ¿O quitas la mano de mi cuerpo o te arrepentirás?

Los cíclopes comenzaron a reír a carcajadas. Todo el establecimiento estaba observando la situación, quedando el jolgorio que había llenado toda la posada totalmente suprimido. Mientras tanto, Drakan continuaba observando.

La humana le mantuvo al cíclope la mirada durante unos segundos. Los ojos de aquella chica desprendían determinación y seguridad, tanto era así que el cíclope relajó su mano y la apartó del cuerpo de la mujer. En un primer momento parecía que la chica había ganado la batalla, sin embargo el gigante se percató de que toda la clientela lo estaba mirando y cuchicheaban sobre lo ocurrido. Sintiendo ofendida su valía, el gigante devolvió la mirada a todos y bajó rápidamente su mano hasta el trasero de la mujer apretándolo mucho más fuerte. En el instante que la chica volvió a sentir la gigantesca mano en su espalda, movió su cuerpo haciendo un círculo mientras sacaba un cuchillo que llevaba escondido entre las ropas y en un suspiro la mano del cíclope se hallaba clavada contra la pared atravesada de lado a lado. Cuando el compañero se percató de la reacción de la mujer, se levantó y cogió a la chica por las manos haciendo que  soltara su arma, rápidamente Fútenir llegó al lugar donde estaban ocurriendo los hechos:

-          ¡Dejad a la chica por favor! – pidió el viejo desesperado. - La despediré de inmediato, pero no la matéis, es solo una cría.

El cíclope se quitó el cuchillo que ensangrentaba su mano y lo puso en el cuello de la chica al tiempo que su compañero la maniataba con fuerza impidiendo que esta se moviera:

-          ¡Maldita humana, pagarás por lo que has hecho con tu vida!

Drakan y Gustan seguían observando la escena. El posadero buscaba con los ojos a alguien que pudiera ayudarlo, pero ninguno de los allí presentes se atrevía a pelear con dos cíclopes y menos por una camarera, así que decidió actuar.

El viejo cogió la mano del gigante que portaba el cuchillo intentando arrebatarle el arma, este lo miró, se río y lo tiró contra el suelo como si fuera un mosquito.

-          Dedícate a servir cervezas, viejo, es lo único que se te da bien y deja que nosotros resolvamos nuestros problemas.

Gustan observó a su amigo viendo de nuevo aquella luz amarilla en sus ojos y antes de que se diera cuenta Drakan tenía una de sus espadas en el cuello del gigante que sostenía a la chica y la otra apuntando al corazón de su compañero.

-          Como muevas ese cuchillo un solo centímetro más acabo con vuestra vida y os mando a vuestro infierno, bestias.

Los cíclopes se acongojaron enseguida, soltaron a la chica y abandonaron el salón rápidamente.  Mientras salían proferían amenazas contra Drakan intentando curar su “valía” herida.

Tras la intervención del segador de almas la chica cayó al suelo observando al hombre que le había salvado la vida.  Drakan envainó sus espadas y se dirigió de nuevo junto a su amigo, este lo esperaba con una sonrisa dibujada en su cara:

-          Por lo menos esta vez no has matado a nadie, intenté cogerte, pero cuando fui a ello ya estabas al lado de esos cíclopes, ¿vas a tener que enseñarme como corres tan deprisa? En la batalla me sería muy útil.

Drakan le devolvió la sonrisa mientras la camarera se acercaba a ellos:

-          ¡No pienses que te debo nada! - dijo la chica casi ofendida interrumpiendo la conversación entre los dos amigos.

-          Será mejor que continúes sirviendo cervezas, mujer. – le reprochó Gustan a la chica. – Nadie te ha dicho que le tengas que devolver nada, sigue con tu trabajo.

-          Contigo no estaba hablando, ¿Qué pasa, no sabes hablar? – Drakan levantó la mirada un segundo y la volvió a hundir en su vaso de cerveza sin hacerle mayor caso a la chica - Todos sois iguales, hombres, cíclopes o... bestias. – añadió la camarera al tiempo que volvía a su trabajo.

Fútenir, el dueño de la taberna, se acercó a los dos extranjeros con una jarra de cerveza bien fría para cada uno:

-          Estáis invitados toda la noche, pedid lo que queráis, os estoy muy agradecido por lo que has hecho y  no le hagáis caso a la chica, es mi sobrina, es muy orgullosa, pero en el fondo, – detuvo sus palabras y miró a Drakan a los ojos- os agradece lo que habéis hecho por ella.

Drakan prestó atención al posadero durante un segundo y le preguntó directamente:

-          ¿Cómo se llama?

-          ¿Quién? ¿Mi sobrina? Laurnes, es hija de hermana y ya habéis visto el carácter que tiene. – río gustoso el posadero.- Desde que cayó la ciudadela de Vae está aquí conmigo, era una aprendiza de hechicera, pero yo creo que hubiera sido más válida como guerrera. – Volvió a reír ruidosamente el posadero.

El segador de almas volvió a buscar a la chica entre todo aquel maremágnum de gente,  encontrándose la mirada de esta posada en él. Nada más darse cuenta de que el hombre que la había salvado había localizado su mirada, la chica se sonrojó, bajó la mirada y continuó con su trabajo.

La noche pasó sin más incidentes, Gustan bebía una cerveza tras otra, mientras su compañero solo pensaba en los ojos de aquella chica. Eran grandes y casi totalmente negros, su cuerpo, aunque pequeño, dejaba adivinar unas curvas soberbias; su pelo, rizado y azabache, caía sobre sus hombros suelto, pero lo que más admiraba Drakan era la entereza con que se había enfrentado a aquellos gigantes, por más que se esforzó durante el suceso, no encontró ni una sola mota de miedo en su ser aunque sabía, antes de comenzar, que la batalla estaba perdida. De súbito la voz de Gustan sacó a Drakan de sus pensamientos:

-          Mañana saldremos de madrugada ¿verdad? Deberíamos irnos a descansar. Hablaré con el posadero a ver si puede facilitarnos un par de caballos, no creo que mis pies aguanten un día más a ese ritmo infernal.

Drakan volvió a la realidad y antes de responder sintió de nuevo como la chica lo estaba observando. Rápidamente se dio la vuelta para encontrarse de nuevo con la chica de frente, en ese mismo instante sus miradas volvieron a confluir, pero esta vez la chica no la apartó, intentó escudriñar  los adentros del guerrero, sin embargo al segundo se sintió turbada, su interior no era como el de cualquier hombre. La chica, que había sido educada durante años en la ciudadela de Vae, sabía leer en los corazones de las personas, pero ese hombre o bien no tenía corazón, o si lo tenía, poseía la capacidad de ocultar lo que sentía. Tras comprobar de nuevo su incapacidad para leer su alma, la mujer retiró la vista dedicándose de nuevo a sus menesteres.

-          Es buena idea, intenta conseguir unos caballos y busca una habitación, es hora de que durmamos en una cama. – añadió Drakan entre risas.

El posadero les consiguió a los dos amigos unos buenos caballos a buen precio y les alquiló la mejor habitación de todo su comercio, claro esta, este gasto corría a cuenta de la casa.

-          La habitación está preparada para que la ocupen cuando deseen. – dijo Fútenir con una gran reverencia. Soy conocido por mi hospitalidad y por Adisuft que cumpliré mi palabra. – Volvió a soltar otra de sus carcajadas que retumbó en todo el edificio.

-          Gracias. – Espetó Gustan – Enseguida lo acompañamos.

Cuando llegaron a la habitación, Fútenir les abrió la puerta y dejó que sus invitados entrasen primero, nada más llegar Gustan cayó redondo en la cama que le había tocado habitar.

Drakan con un gesto de la mano le indicó al posadero que entrase y cerrase la puerta, este obedeció sin rechistar:

-          Posadero, oirás muchas historias tras esa barra, cuéntame cómo va la guerra, ¿qué avances ha hecho el enemigo? ¿Qué pretende...

Fútenir inició su habla con voz pausada y tenue, bajando su tono hasta convertirse casi en un susurro, habiéndose cerciorado antes con dos giros rápidos de cabeza que nadie les estaba escuchando:

-          En ocasiones las paredes oyen. - explicó el posadero. - De la guerra y de las intenciones del enemigo poco te puedo contar, ya que no soy un soldado ni quiero serlo, pero de ellos algo sé. No hará más de dos semanas un ejército orco acampó a unos diez kilómetros de aquí, al otro lado del río. Los rastreadores del enemigo llegaron al poblado saqueando solo algunas tiendas de comestibles, inexplicablemente no atacaron a la población. Todos pensábamos, cuando supimos de su llegada, que había llegado nuestro fin y que acabaríamos como cena de esas bestias, pero no, continuaron su camino y volvieron al campamento. A los pocos días se dice que volvieron, pero esta vez no pasaron por aquí.

Drakan escuchaba atentamente las palabras de Fútenir sin interrumpirlo ni una sola vez, dando verdadera importancia a lo que el viejo estaba diciendo, así el posadero continuó:

-          Hace dos días, un pequeño batallón de hombres pasaron la noche en mi posada, eran parte del ejército de Bastian. – Ahora no sonó ninguna carcajada, sino todo lo contrario, el posadero cambió el semblante y habló con extremada discreción y mirando a todos lados: - La ciudadela  ha caído a manos del enemigo, han arrasado, quemado todo  y bueno... ya sabes lo que hacen esas bestias con cualquier ser que se encuentre por medio cuando terminan una batalla triunfantes, ya que por lo que he visto en el salón, sois soldados.

-          ¿Bastian ha caído? – preguntó Drakan algo consternado, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.

-          Eso parece amigo, es una pena, llevaban tiempo repeliendo los ataques de esos malditos orcos, en ocasiones incluso habían conseguido asegurar antiguas fortalezas cercanas a la ciudad, haciendo encender un halo de esperanza en aquellos que creemos en la paz, sin embargo, para apagar toda esperanza, el Emperador envió un gran contingente y nada pudieron hacer. Esas bestias disfrutan masacrando a todo lo que se interpone en su camino.

Los dos hombres se miraron, incluso Gustan con más alcohol que sangre en las venas sabía lo importante que era Bastian en la defensa de la Tierra libre.

-          ¿Sabes a dónde se dirigían los supervivientes de Bastian? – replicó Drakan rápidamente.

-          Sí, - el viejo volvió a mirar a todos lados y continuó hablando - iban hacia el Sur, buscaban el territorio de los cíclopes. Dicen que allí hace falta cualquier persona que pueda empuñar una espada, creo que el Emperador ha fijado la mirada en aquella zona. Hará un par de días que cogieron el sendero del hechicero.

-          Gracias, eres un buen hombre. – terminó Drakan la conversación, despidiendo al posadero.


Antes de salir, el posadero se despidió de ellos con una de sus grandes carcajadas para desearles buena noche y cerró la puerta. Drakan miró a Gustan que ya estaba roncando, se despojó de sus espadas, se echó en el cómodo camastro y se durmió al instante como pocas veces en su vida le había pasado, siendo su último pensamiento para los ojos negros de aquella chica.