jueves, 21 de agosto de 2014

Capítulo 8: La partida de los elfos.

G
oti observaba con fascinación el paisaje que su ojo le estaba ofreciendo, el bosque de los elfos era bello en extremo, los grandes árboles soportaban en sus ramas casas construidas en la propia madera, sus diversas tonalidades daban una sensación de vitalidad a toda la ciudad;  las vigas, que aguantaban con fuerza las grandes estructuras, estaban adornadas por runas y dibujos tallados en la propia madera, que ofrecían historias y leyendas de la antigüedad. En aquel paraje todo era paz, pareciera que nada pudiera perturbar aquella sensación, que todo lo que estaba pasando a las afueras de aquel bosque no importara lo más mínimo, sin embargo todos sabían que aquello solo era una sensación, ya que si el Emperador decía conquistar aquel paraje nada se interpondría en su camino, pese que todos los elfos sabían del peligro que corrían, estos se dedicaban por completo a su cometido diario, algunos recogían fruta, otros cuidaban a los niños, fabricaban armas, utensilios, componían canciones… hicieran lo que hiciesen ponían todo su empeño en realizar su misión; si quiera la oscuridad que se cernía sobre ellos inquietaba a sus corazones, desde muy temprano los elfos estaban cantando, se escuchaba el silbar de las flautas, el tañido de los gráciles dedos de los elfos en las arpas o en las liras, aquel sonido era tan relajante y de tal finura que extinguía todos los problemas que colmaban el mundo. Goti se sentía transportado al paraíso, disfrutaba de cada instante que habitaba en aquel paraje; aquella felicidad lo sumía en sueños de triunfo, de felicidad y sobretodo de Paz; en aquel preciso momento de armonía alguien se sentó a su lado despertándolo de su fantasía:

-          ¡Furlas!  –exclamó sorprendiendo el cíclope.

-          No te apures. – añadió el humano. - Yo también siento el poder de este lugar. Mires donde mires hay paz. No sé si son conscientes de lo que se avecina, o si aun siéndolo, prefieren seguir viviendo de este modo. Es difícil entender lo que siente esta gente, hablan poco entre ellos y menos con los extranjeros, prefieren el silencio.

Goti asintió con un gesto de su cabeza y continuó hablando con la mirada perdida en el paisaje.

-          No culpo a mis antepasados por querer conquistar estas tierras. Son realmente maravillosas. No creo que exista un lugar en la Tierra Libre que pueda compararse a este... No obstante mis antepasados no comprendieron algo importantísimo, algo que se reconoce nada más entrar aquí, en el mismo momento que posas un pie en este territorio…

Furlas miró impresionado a su compañero. Las reflexiones que llevaba a cabo Goti nada tenían que ver con la imagen de rudos que ofrecían los cíclopes:

-          Si desapareciesen los habitantes – continuó el cíclope -  de este reino, también desaparecerían los bosques que circunda su territorio; están tan unidos, existe una simbiosis tal, que si uno de los dos desapareciese, el otro caería por su propio peso. No podrían vivir mucho tiempo lejos del bosque y el bosque caería en la más honda depresión si estos seres no lo habitaran.

-          Así es, amigo. –espetó Furlas mirando al gran ojo del cíclope. – Y aun así van a ayudarnos a combatir al enemigo a las puertas de tu reino abandonando sus amados bosques. Son gente orgullosa, pero inteligentes y además buenos arqueros. – rió el humano.

De nuevo Goti se perdió en sus pensamientos y le preguntó al humano:

-          ¿Crees que tenemos alguna oportunidad de ganar?

Las palabras de Furlas se hicieron esperar, estaba sopesando la pregunta del cíclope, pero en breve respondió:

-          Sinceramente, no lo sé, pero solo el beneficio de la duda merece la pena que lo intentemos, que luchemos por preservar la libertad de la Tierra Libre, que plantemos cara a ese tirano para que este bosque siga con vida, para que tu muralla perdure o para que el pueblo más perdido pueda tener la certeza de que nadie lo va a invadir.

El humano y el cíclope abandonaron el mirador y se dirigieron al gran patio central donde, en formación y ataviados con sus ropas de combate, había unos quinientos arqueros. Para la sorpresa de ambos, lo elfos no tenían armaduras de hierro, ni de ningún metal, sus cotas parecían fabricadas con palos, se decía que esa madera era más dura que la misma piedra. Todos y cada uno de los elfos portaba un gran arco que lo doblaba en altura, tras su espalda tenían un carcaj que contenía multitud de flechas. Su extenso pelo verdoso estaba recogido en una coleta muy alta, mientras que sus vestimentas eran de un color verde oscuro. Entre las filas había tanto elfos como elfas, se contaba que en el fragor de la batalla nadie sobraba y desde el principio de los tiempos las mujeres siempre habían formado parte del ejército.

A la cabeza de aquel batallón se hallaba una elfa. Su vestimenta era diferente a la de los demás, sus ropas estaban teñidas de un color marrón muy claro que hacía perfectamente juego con su piel canela. Sin duda era la responsable de toda la hueste.

Al instante apareció Jistu acompañado de su séquito compuesto por unas diez elfas. Todas vestían ropas trasparentes que dejaban ver sus hermosos cuerpos.

Goti quedó  impresionado al observar la belleza extrarracial de aquellas mujeres, la hermosura de las jóvenes era evidente y no pasaba desapercibidas para nadie, ya fueran humanos, cíclopes, o orcos, por el contrario Furlas no podía apartar la mirada ni un segundo de la elfa que encabezaba el ejército.

-          ¡Mis amados guerreros! – dijo el rey a viva voz.

Al oír aquellas palabras todos los componentes del ejército ofrecieron sus arcos al rey en un solo gesto. Los movimientos de aquellos seres estaban fríamente calculados, moviéndose como si fuera un solo ser. En ese instante todos los arcos estaban inclinados hacia su rey, mientras que la elfa que los gobernaba se hallaba de rodillas mirando al suelo.

-          Hoy es un día de tristeza, tenemos que partir hacia la guerra. – todos los habitantes del bosque se habían reunido para despedir a sus guerreros y tras las primeras palabras de su Rey se escuchó un suspiro que recorrió toda la plaza central. - El enemigo ha puesto los ojos tanto en nuestro reino, como en el reino de nuestros aliados. – miró a Goti y este respondió con un movimiento reverente con sus manos. – En reunión hemos decidido tomar parte en la defensa de la muralla de Crin al igual que los humanos del Norte. – ahora Jistu miró a Furlas y este, como su amigo anteriormente, asintió con una reverencia. – Hermanos míos, es hora de hacer silbar vuestras flechas y de que busquen con avidez a nuestros enemigos, y recordad. –calló durante un segundo y con una voz que se escuchó en todo el valle de Potries gritó:

-          ¡El bosque jamás caerá!

En ese instante todos los allí presentes se unieron al grito de su Señor con gran furia. Jistu aplacó el ímpetu de su ejército con un movimiento de mano para añadir con una voz suave:

-          Que Ditara guíe vuestras flechas.

Todos callaron y comenzaron a cantar en su idioma. La voz de todos aquellos elfos al unísono estremeció a los dos amigos que nunca antes habían presenciado algo semejante. Pese a no entender nada de lo que estaban cantando, la armonía de aquellas voces parecía recordar tiempos pasados, tiempos más felices sin duda. De repente aquellas palabras graves subieron de tono hasta llegar a un gran grito que los llenó a todos de esperanza. Esperanza de unos días venideros mucho más pacíficos que los que hoy vivían.

Jistu instó tanto a la joven elfa, que encabezaba su milicia, como a sus dos invitados que se acercaran a su vera:

-          Parece que el número de soldados que envío es ínfimo para hacer frente a la gran amenaza del Oeste, pero no es así, el arco de cada uno de mis hermanos y hermanas acabará con muchísimas vidas orcas y ayudará en lo posible a mantener viva la muralla.

Goti y Furlas se miraron y fue el humano quien habló en nombre de los dos:

-          Cualquier ayuda que puedas ofrecer será bienvenida, sabemos que tus fronteras deben ser guardadas y que pones a disposición del concilio tantos soldados como puedes. – Furlas miró a todos los arqueros que había a su alrededor y leyó en sus rostros la determinación y la valentía. - Si somos capaces de detener al enemigo en Crin, tus guerreros se dirigirán a la capital del reino de los cíclopes donde se decidirá si atacamos al enemigo o no, en cualquier caso recibirás noticias para reunirte con nosotros.

Jistu aceptó de buen grado las palabras sinceras del humano abrazándolo para sellar así el pacto del concilio. Dudó durante un segundo hacer lo propio con el cíclope, ya que recordó todas las veces que aquella raza había intentado invadir su territorio, pero dejó de lado ese pensamiento y abrazó con fuerza a Goti.

-          Ella es Violet, general de las defensas del norte, comandante del ejército elfo, y además… mi hija. – padre e hija intercambiaron una sonrisa. – Se ha presentado voluntaria para esta partida y no encuentro fuerzas para negarme a ello. Su determinación a la hora de acompañaros no tiene límite. Velad por ella y devolvérmela sana y salva.

La última frase de su padre hizo cambiar la mueca feliz en la cara de Violet, pero comprendió que eran las palabras de un padre a su hija, y no de un Rey a su general.

-          No os preocupéis por ello, majestad. – añadió rápidamente el humano atrayendo la mirada de la elfa. – Mientras que este en mi mano, mi vida caerá antes que la suya.

-          Bien. – interrumpió Goti. – Las fronteras esperan nuestra llegada. Partamos.

A un movimiento de mano de Violet toda la milicia cambió la dirección hacia la izquierda, iniciando el camino de salida hacia el paso Verde, el único lugar donde la espesura del bosque se venía a menos para entrar en el territorio de los cíclopes.
Tardarían en llegar dos días, la distancia no era mucha, pero los caminos eran muy pequeños y sinuosos. Además todo el ejército, excepto los tres compañeros, iría a pie.

-          Hija mía, que Ditara te acompañe.

El Rey hizo un gesto a una de sus concubinas, esta desapareció y volvió con dos caballos totalmente marrones. Eran dos ejemplares magníficos, ambos eran hembras, se decían que eran mucho más resistentes y valientes que los machos y un diteretis, este animal era más grande que los caballos comunes, media cerca de cuatro metros de las pezuñas a las orejas, pese que se apreciaba que era de la familia ecuestre, su morro era diferente, estos animales tenían una especie de trompa pequeñina que les servía para coger el alimento de los árboles, ya que a diferencia de los caballos, estos solían comer pequeños brotes verdes de las arboledas, por esto mismo, el cuello de los diteretis era mucho más flexible y poderoso que los de sus primos.

-          Estas serán vuestras monturas. – dijo el rey. – Para ti, hombre del Norte, un gran ejemplar de nuestros caballos, su nombre es Fitia y es hermana de la yegua de Violet. – esta asintió con una leve sonrisa. – Y para ti, mi gran amigo, venido de los más recónditos parajes de mi reino, un diteretis, el valor de esto animales adiestrados es incalculable. Ellos os protegerán en la guerra y os llevarán en la paz, que Ditara os acompañe.

Subiéndose los tres a sus monturas iniciaron el camino tras el ejército elfo.


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