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émona,
junto a su inseparable compañera Ishra, llegó a la muralla de Crin; el viaje desde el bosque de Ditara había sido
largo, duro y tedioso, pero no podía permitirse el lujo de descansar, una vez
más su misión estaba por encima de todo, el deber volvía a mandar en los actos
de la hechicera y aún le quedaba un trayecto bastante largo para llegar al
bosque de Lunzart donde se había visto por última vez al segador de almas, para
llegar allí tendría que recorrer el camino del hechicero, llegar hasta el
poblado de Vinel y desde allí, a contra corriente, seguir el sendero del río
Sendar que la llevaría directamente a su destino. Su mente no dejaba de
regalarle una u otra vez el sonido de la profecía por la que tanto había
luchado, la imagen del niño abandonado a su suerte en el árbol del Destino, su
mirada extrañamente amarillenta, todo habría merecido la pena si el niño que
abandonó se había convertido en el hombre que ella esperaba…:
<<Cuando todo se haya perdido, cuando ya no
queden pueblos en pie, cuando el mal haya poblado toda la Tierra Libre, un
hombre, nacido de madre humana, pero concebido por dioses, portará Esperanza...>>
La puerta levadiza del reino de los cíclopes se encontraba
cerrada, en otros tiempos esas puertas siempre estaban abiertas, pero en estos
días inciertos y peligrosos solo se abría la puerta bajo el consentimiento del
guardián de la muralla. Démona espoleó a su montura, levantó su cayado al cielo
y de él comenzó a brotar una luz
incandescente que regó por unos instantes todo el patio de armas. Los cíclopes
clavaron su mirada en la mujer y reconocieron a la más grande de todos los
hechiceros.
En el centro de la muralla, Kaati, hijo del rey y
encargado de la defensa de la muralla, asintió con la cabeza a uno de sus
soldados que le pedía órdenes para con la hechicera. El soldado, apresurado,
corrió para elevar las compuertas y facilitarle el camino a la mujer.
-
El momento se acerca, - pensó para si Kaati - ya se han comenzado a
mover las piezas, debemos estar preparados, el golpe más duro recaerá sobre
estas rocas.
La capa blanca
de la hechicera brillaba con tanta fuerza
que casi desde cualquier lugar podía verse. Las pocas mujeres y niños que aun
quedaban en la ciudad-fortaleza, miraban
apasionados aquel galope y reverenciaban a la gran hechicera. Los cíclopes
creían en la magia como pocos seres en la Tierra Libre, sin embargo su raza
raramente se veía bendecida por este don, quizá este capricho de los dioses era
lo que les hacía respetar a los hechiceros en extremo.
Al pasar bajo el arco la hechicera no pudo dejar de
maravillarse de la pericia de los cíclopes a la hora de la construcción. Había
traspasado aquella puerta en infinidad de ocasiones, pero siempre se sentía impresionada.
La muralla media más de 25 metros de altura y estaba tallada en la misma
piedra. Se contaba que fue el mismo Antara, Dios de las montañas e hijo de
Tinkek, quien les enseñó a los cíclopes los
secretos para trabajar la piedra, en eso los gigantes de un solo ojo eran virtuosos
hasta la perfección. A ambos lados de la puerta se levantaban dos grandes
estatuas: una era la imagen viva de un cíclope vestido de gala, su nombre era
Tuk-giles o en lengua cíclope, el creador del pueblo; él unió a la mayoría de
las tribus cíclopes, que en aquellos momentos se encontraban en guerra y
diseminadas por todo el territorio, se adjudicó como propias todas las tierras
que iban desde el desierto de Dinzal hasta el mismo mar Gyrten, creando así el
Reino de los cíclopes. Esta extensión de terreno era casi yerma, no obstante se
ajustaba perfectamente a las características de los gigantes, ya que como contaba
la leyenda estos seres eran hijos de Antara y Funkin, dios del fuego.
La otra estatua representaba a Tinkek, Dios de la
tierra. Su representación era casi escalofriante, la altura de aquel montículo
de piedra doblaba a la de la muralla y no tenían rostro alguno. Los cíclopes,
supersticiosos en extremo, tenían miedo
a la ira del Dios si no acertaban a representarlo como era, por tal su cara
nunca era tallada. El cuerpo de la estatua estaba ataviado con una armadura de
oro macizo y un gran martillo de acero que representaba la fortaleza de aquel
inmenso golem.
En otros tiempos aquellas imágenes habían sembrado el
pavor entre sus enemigos, pero los orcos no temían a nada y menos a una piedra
que si quiera podía moverse.
La hechicera cruzó el umbral de la muralla como una
exhalación, tras ella la puerta cayó pesadamente emitiendo un gran estruendo que
retumbó por todos los rincones de la ciudad.
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