lunes, 11 de agosto de 2014

Capítulo 7: La esperanza de la hechicera


D
émona, junto a su inseparable compañera Ishra, llegó a la muralla de Crin; el  viaje desde el bosque de Ditara había sido largo, duro y tedioso, pero no podía permitirse el lujo de descansar, una vez más su misión estaba por encima de todo, el deber volvía a mandar en los actos de la hechicera y aún le quedaba un trayecto bastante largo para llegar al bosque de Lunzart donde se había visto por última vez al segador de almas, para llegar allí tendría que recorrer el camino del hechicero, llegar hasta el poblado de Vinel y desde allí, a contra corriente, seguir el sendero del río Sendar que la llevaría directamente a su destino. Su mente no dejaba de regalarle una u otra vez el sonido de la profecía por la que tanto había luchado, la imagen del niño abandonado a su suerte en el árbol del Destino, su mirada extrañamente amarillenta, todo habría merecido la pena si el niño que abandonó se había convertido en el hombre que ella esperaba…:

<<Cuando todo se haya perdido, cuando ya no queden pueblos en pie, cuando el mal haya poblado toda la Tierra Libre, un hombre, nacido de madre humana, pero concebido por dioses, portará Esperanza...>>

La puerta levadiza del reino de los cíclopes se encontraba cerrada, en otros tiempos esas puertas siempre estaban abiertas, pero en estos días inciertos y peligrosos solo se abría la puerta bajo el consentimiento del guardián de la muralla. Démona espoleó a su montura, levantó su cayado al cielo y de  él comenzó a brotar una luz incandescente que regó por unos instantes todo el patio de armas. Los cíclopes clavaron su mirada en la mujer y reconocieron a la más grande de todos los hechiceros.
En el centro de la muralla, Kaati, hijo del rey y encargado de la defensa de la muralla, asintió con la cabeza a uno de sus soldados que le pedía órdenes para con la hechicera. El soldado, apresurado, corrió para elevar las compuertas y facilitarle el camino a la mujer.

-          El momento se acerca, - pensó para si Kaati - ya se han comenzado a mover las piezas, debemos estar preparados, el golpe más duro recaerá sobre estas rocas.

 La capa blanca de la hechicera brillaba con tanta  fuerza que casi desde cualquier lugar podía verse. Las pocas mujeres y niños que aun quedaban en la ciudad-fortaleza,  miraban apasionados aquel galope y reverenciaban a la gran hechicera. Los cíclopes creían en la magia como pocos seres en la Tierra Libre, sin embargo su raza raramente se veía bendecida por este don, quizá este capricho de los dioses era lo que les hacía respetar a los hechiceros en extremo.
Al pasar bajo el arco la hechicera no pudo dejar de maravillarse de la pericia de los cíclopes a la hora de la construcción. Había traspasado aquella puerta en infinidad de ocasiones, pero siempre se sentía impresionada. La muralla media más de 25 metros de altura y estaba tallada en la misma piedra. Se contaba que fue el mismo Antara, Dios de las montañas e hijo de Tinkek, quien les enseñó  a los cíclopes los secretos para trabajar la piedra, en eso los gigantes de un solo ojo eran virtuosos hasta la perfección. A ambos lados de la puerta se levantaban dos grandes estatuas: una era la imagen viva de un cíclope vestido de gala, su nombre era Tuk-giles o en lengua cíclope, el creador del pueblo; él unió a la mayoría de las tribus cíclopes, que en aquellos momentos se encontraban en guerra y diseminadas por todo el territorio, se adjudicó como propias todas las tierras que iban desde el desierto de Dinzal hasta el mismo mar Gyrten, creando así el Reino de los cíclopes. Esta extensión de terreno era casi yerma, no obstante se ajustaba perfectamente a las características de los gigantes, ya que como contaba la leyenda estos seres eran hijos de Antara y Funkin, dios del fuego.
La otra estatua representaba a Tinkek, Dios de la tierra. Su representación era casi escalofriante, la altura de aquel montículo de piedra doblaba a la de la muralla y no tenían rostro alguno. Los cíclopes, supersticiosos en  extremo, tenían miedo a la ira del Dios si no acertaban a representarlo como era, por tal su cara nunca era tallada. El cuerpo de la estatua estaba ataviado con una armadura de oro macizo y un gran martillo de acero que representaba la fortaleza de aquel inmenso golem.
En otros tiempos aquellas imágenes habían sembrado el pavor entre sus enemigos, pero los orcos no temían a nada y menos a una piedra que si quiera podía moverse.
La hechicera cruzó el umbral de la muralla como una exhalación, tras ella la puerta cayó pesadamente emitiendo un gran estruendo que retumbó por todos los rincones de la ciudad.


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