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n orco a
lomos de su guinto, una especie de oso gigantesco de un color pardusco y unos
colmillos que le sobresalían de su mandíbula, atravesaba el hexágono de Vae
hacia la torre de Funikazum. Los guardianes de
la ciudadela le abrieron el
portón de inmediato al reconocer al primer mariscal de Zan-Tindan, Polux. Sus
vestimentas totalmente negras ondeaban al viento mientras su guinto, incasable,
corría hacia su destino. La bestia estaba ataviada con una montura
impresionante, toda ella estaba hecha de oro, solo la silla de montar portaba un
poco de cuero que daba vida al sillón, la cabeza del guinto estaba recubierta
por un yelmo que solo le dejaba mirar al frente, destacando en el centro de
este el símbolo del Emperador, los dragones enfrentados, estos estaban
elaborados, a diferencia de toda la demás montura, con oro blanco, que solo se
podía encontrar más allá de las Tierras negras.
Polux llegó a la torre descabalgando su montura de un salto, el guinto, nada más sentir que su amo
lo había abandonado, frenó su carrera para caer a manos de dos orcos que se
hallaban en la puerta esperando dar el merecido descanso a aquella terrorífica
bestia. Velozmente el orco entró en la torre con prisa desmesurada y sin pedir
permiso se dirigió directamente al salón central donde ya el Emperador
aguardaba su llegada.
Mientras andaba hacia allí su mente no dejaba de
buscar las palabras que iba a utilizar para informar a su Señor de los últimos
acontecimientos. Por un lado su mandato de acabar con la resistencia del oeste
era un hecho, la ciudadela de Bastian había sido arrasada, sin embargo portaba
noticias no tan felices, los hombres del Norte iban a tomar parte en la campaña
contra los cíclopes y esto sin lugar a dudas era un gran impedimento para los
planes del Emperador.
<<Mi Gran Señor, su voluntad ha sido llevada a
cabo, una vez más nuestras huestes han acabado con los débiles humanos>>
Pensaba decir Polux a su Amo mientras que andaba presuroso por los pasillos de la
torre. Por un momento el orco se detuvo absorto por los tapices y adornos de
alta talla que llenaban el pasillo, olvidó la premura de su mensaje y caviló: <<Los
hechiceros sabían elegir bien sus obras de arte, esos tapices son maravillosos>>.
Aunque se decía que los orcos no eran capaces de
apreciar ninguno tipo de belleza,
algunos se sentían atraídos por las obras de las demás razas de la Tierra, sobre
todo aquellos que habían sido dispuestos desde su nacimiento para comandar las
tropas de su señor. La educación de estos elegidos, no solo era bélica, sino
que una parte muy importante de su adiestramiento la comprendía el arte, consiguiendo
unir en sus personas, un gran amor hacia las cosas bellas y el odio a todo lo
que no fueran ellos mismos o los designios de su Señor. Sumido en estos
pensamientos llegó al salón. La
velocidad de que había hecho gala durante el trayecto quedó calmada al
instante, su semblante siempre amenazante, dio paso a una cara de máximo
respeto y sumisión, bajó la cabeza hasta mirar al suelo e inició su paso hacia
el trono, que en otro tiempo había pertenecido a Huiko, el viejo hechicero, y
que hoy regenteaba el Señor de la tinieblas.
Polux alcanzó la escalinata que llevaba al gran trono
color negro donde su Señor estaba sentado.
-
Mi Gran Señor, su voluntad ha sido llevada a cabo, una vez más nuestro
ejército ha aniquilado a los débiles humanos. – proclamó con voz respetuosa.
El príncipe de la oscuridad se levantó dejando ver su
impresionante estampa. Toda su vestimenta, sin excepción, era negra; nada se
veía de su cara, ya que un yermo del mismo color que sus ropas la cubría por
completo; su altura era descomunal, era mucho más alto que Polux y entre el
hueco que dejaba su casco para los ojos se podía observar dos puntos rojizos
que emanaban un halo aterrador, acompañando al Emperador había un cuervo que
respondía al nombre de Ilie.
-
No vengas a decirme cosas que ya sé. - habló el Emperador emitiendo un
silbido que traspasaba su yermo y helaba los huesos del orco. – Recuerda con
quien hablas, bestia inmunda. Nada más entrar en esta torre percibí tu olor a
putrefacción y supe que algo no iba bien.
De repente aquel gigantesco pájaro profirió un
graznido que hizo retumbar los cimientos de Funikazum. Polux estaba aterrado,
conocía los enfados de su Señor para con los portadores de malas noticias y
temía seriamente por su vida.
-
Empe… Emperador… - acertó a decir entre tartamudeos. - Los humanos del
Norte se han unido a los cíclopes en Crin. Un gran ejército partió hace un par
de días desde Fínuris y pronto llegará a su destino.- el orco agachó aun más su
cabeza que ya casi estaba entre sus brazos esperando el ajusticiamiento de su
vida.
Durante un segundo el Señor oscuro no profirió palabra
alguna, si quiera movió un músculo de su cuerpo, de súbito, comenzó a reír a
carcajadas.
-
Esperaba algún movimiento de Fúthernor, pero eso no debe preocuparnos,
me encargaré de ese asunto inmediatamente. Mientras tanto partirás a Crin, pero
no iniciarás ningún ataque hasta que yo te lo ordene. Quiero que sientan miedo,
quiero que no sepan cuando va a llegar su final… Quiero que esos gigantes de un
ojo teman de veras por su vida, sin embargo lo peor de todo… es que no sabrán
cuando el hacha del mal asestará su gran golpe. – detuvo su charla durante un
segundo y continuó dirigiéndose de nuevo a Polux. – Al amanecer del tercer día
tras tu llegada unos nuevos aliados tomarán parte en nuestra campaña, tú serás
quien los guíe hacia la victoria. ¿Me has comprendido?
Polux se sintió aliviado al escuchar las palabras de
su Amo, todo su cuerpo, que hasta ese momento había estado en tensión, se
relajó y dedicando una última mirada al cuervo de su Emperador se dispuso a retirarse,
pero antes de que el orco se marchará volvió a escuchar la voz del Emperador.
-
Polux, no tolero el fracaso.
La voz fantasmagórica del príncipe de las tinieblas
recorrió por completo el cuerpo del orco.
-
Lo sé, mi Señor. – contestó mientras llevaba a cabo de nuevo una reverencia
de despedida.
El orco se retiró a los aposentos que estaban
destinados a los grandes generales, entró a la habitación y se despojó de sus
ropas. Su cuerpo estaba totalmente desfigurado por las heridas infringidas en
miles de batidas. Desnudo, se arrodilló pegando su cara contra el suelo y
comenzó a rezar:
<<Dios de la oscuridad, mi Señor, mi Dueño. Dame
fuerzas para llevar a cabo la tarea que se me encomiendas. Sé que las palabras
de tu hijo son tus designios, ayúdame en la batalla... Sangre, Destrucción y
Muerte.>>
Al término de
la oración Polux asió una pequeña daga totalmente negra en la que se podía leer
el símbolo del Emperador, la besó con ternura y la hundió lentamente en su
pecho. Milímetro a milímetro la negra daga se introducía en su cuerpo sin que
el orco emitiera ni un solo signo de dolor. La sangre comenzó a fluir como un
débil manantial que se esparcía libre por su torso desnudo. El orco sacó el
cuchillo de su cuerpo con la misma parsimonia con que la había introducido dejando
brotar la sangre. Después de empapar su cuerpo con aquel líquido denso y
oscuro, volvió a besar la daga con sumo respeto y la limpió con la ropa que estaba
tirada en el suelo. Unos instantes más tarde, tembloroso por la pérdida de sangre,
extrajo de su far
do una botella con un líquido amarillento, se lo vertió en la
herida y de inmediato esta sanó. El olor que brotaba de la herida era pestilente,
sin embargo el sintak que había
derramado sobre su pecho había sanado de inmediato la herida, dejando tras de
sí una cicatriz más sobre su cuerpo en respeto a su Dios.
<<Mi sangre es tu Sangre, Señor>> - pudo decir antes de que, sin conocimiento, cayera al suelo por la
gran pérdida de sangre que se había infringido.
Mientras tanto, a pocos metros de donde se encontraba
Polux, el Emperador se sentó en el trono chasqueando sus dedos en tono juguetón.
La mano que daba vida a aquel sonido era ruda y enorme, con unas uñas que se
asemejaban a las de un animal salvaje, su piel era negra como sus mismas
vestimentas. Al instante apareció un adein, esos seres eran mucho más pequeños
que los orcos, estos seres no estaban creados para la guerra, sin embargo en
caso de necesidad podían formar parte de cualquier ejército, su principal
cometido era responder a las necesidades, no solo del Emperador, sino de la
tropa en todo aquello que necesitasen.
-
Tráeme en audición a Awika, el gran hechicero, necesito conversar con
él.
El adein no respondió para poder atender a los deseos
de su Señor lo más rápido posible.
Cuando este se retiró, el Emperador, acariciando al
gran cuervo que se encontraba cerca de su mano desnuda, habló dirigiéndose al
vacío:
-
Si quieren entrar en la guerra que lo hagan, pero tendrán que asumir
todas las consecuencias… y si no, que se retiren ahora mismo. ¡Malditos
humanos! – concluyó mientras que ante su vista apareció el gran hechicero.

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