jueves, 28 de agosto de 2014

Capítulo 9: El orco.

U
n orco a lomos de su guinto, una especie de oso gigantesco de un color pardusco y unos colmillos que le sobresalían de su mandíbula, atravesaba el hexágono de Vae hacia la torre de Funikazum. Los guardianes de  la ciudadela  le abrieron el portón de inmediato al reconocer al primer mariscal de Zan-Tindan, Polux. Sus vestimentas totalmente negras ondeaban al viento mientras su guinto, incasable, corría hacia su destino. La bestia estaba ataviada con una montura impresionante, toda ella estaba hecha de oro, solo la silla de montar portaba un poco de cuero que daba vida al sillón, la cabeza del guinto estaba recubierta por un yelmo que solo le dejaba mirar al frente, destacando en el centro de este el símbolo del Emperador, los dragones enfrentados, estos estaban elaborados, a diferencia de toda la demás montura, con oro blanco, que solo se podía encontrar más allá de las Tierras negras.

Polux llegó a la torre descabalgando su montura de un  salto, el guinto, nada más sentir que su amo lo había abandonado, frenó su carrera para caer a manos de dos orcos que se hallaban en la puerta esperando dar el merecido descanso a aquella terrorífica bestia. Velozmente el orco entró en la torre con prisa desmesurada y sin pedir permiso se dirigió directamente al salón central donde ya el Emperador aguardaba su llegada.

Mientras andaba hacia allí su mente no dejaba de buscar las palabras que iba a utilizar para informar a su Señor de los últimos acontecimientos. Por un lado su mandato de acabar con la resistencia del oeste era un hecho, la ciudadela de Bastian había sido arrasada, sin embargo portaba noticias no tan felices, los hombres del Norte iban a tomar parte en la campaña contra los cíclopes y esto sin lugar a dudas era un gran impedimento para los planes del Emperador.

<<Mi Gran Señor, su voluntad ha sido llevada a cabo, una vez más nuestras huestes han acabado con los débiles humanos>> Pensaba decir Polux a su Amo mientras que andaba presuroso por los pasillos de la torre. Por un momento el orco se detuvo absorto por los tapices y adornos de alta talla que llenaban el pasillo, olvidó la premura de su mensaje y caviló: <<Los hechiceros sabían elegir bien sus obras de arte, esos tapices son maravillosos>>.

Aunque se decía que los orcos no eran capaces de apreciar ninguno tipo de  belleza, algunos se sentían atraídos por las obras de las demás razas de la Tierra, sobre todo aquellos que habían sido dispuestos desde su nacimiento para comandar las tropas de su señor. La educación de estos elegidos, no solo era bélica, sino que una parte muy importante de su adiestramiento la comprendía el arte, consiguiendo unir en sus personas, un gran amor hacia las cosas bellas y el odio a todo lo que no fueran ellos mismos o los designios de su Señor. Sumido en estos pensamientos llegó al salón.  La velocidad de que había hecho gala durante el trayecto quedó calmada al instante, su semblante siempre amenazante, dio paso a una cara de máximo respeto y sumisión, bajó la cabeza hasta mirar al suelo e inició su paso hacia el trono, que en otro tiempo había pertenecido a Huiko, el viejo hechicero, y que hoy regenteaba el Señor de la tinieblas.

Polux alcanzó la escalinata que llevaba al gran trono color negro donde su Señor estaba sentado.

-          Mi Gran Señor, su voluntad ha sido llevada a cabo, una vez más nuestro ejército ha aniquilado a los débiles humanos. – proclamó con voz respetuosa.

El príncipe de la oscuridad se levantó dejando ver su impresionante estampa. Toda su vestimenta, sin excepción, era negra; nada se veía de su cara, ya que un yermo del mismo color que sus ropas la cubría por completo; su altura era descomunal, era mucho más alto que Polux y entre el hueco que dejaba su casco para los ojos se podía observar dos puntos rojizos que emanaban un halo aterrador, acompañando al Emperador había un cuervo que respondía al nombre de Ilie.

-          No vengas a decirme cosas que ya sé. - habló el Emperador emitiendo un silbido que traspasaba su yermo y helaba los huesos del orco. – Recuerda con quien hablas, bestia inmunda. Nada más entrar en esta torre percibí tu olor a putrefacción y supe que algo no iba bien.

De repente aquel gigantesco pájaro profirió un graznido que hizo retumbar los cimientos de Funikazum. Polux estaba aterrado, conocía los enfados de su Señor para con los portadores de malas noticias y temía seriamente por su vida.

-          Empe… Emperador… - acertó a decir entre tartamudeos. - Los humanos del Norte se han unido a los cíclopes en Crin. Un gran ejército partió hace un par de días desde Fínuris y pronto llegará a su destino.- el orco agachó aun más su cabeza que ya casi estaba entre sus brazos esperando el ajusticiamiento de su vida.

Durante un segundo el Señor oscuro no profirió palabra alguna, si quiera movió un músculo de su cuerpo, de súbito, comenzó a reír a carcajadas.

-          Esperaba algún movimiento de Fúthernor, pero eso no debe preocuparnos, me encargaré de ese asunto inmediatamente. Mientras tanto partirás a Crin, pero no iniciarás ningún ataque hasta que yo te lo ordene. Quiero que sientan miedo, quiero que no sepan cuando va a llegar su final… Quiero que esos gigantes de un ojo teman de veras por su vida, sin embargo lo peor de todo… es que no sabrán cuando el hacha del mal asestará su gran golpe. – detuvo su charla durante un segundo y continuó dirigiéndose de nuevo a Polux. – Al amanecer del tercer día tras tu llegada unos nuevos aliados tomarán parte en nuestra campaña, tú serás quien los guíe hacia la victoria. ¿Me has comprendido?

Polux se sintió aliviado al escuchar las palabras de su Amo, todo su cuerpo, que hasta ese momento había estado en tensión, se relajó y dedicando una última mirada al cuervo de su Emperador se dispuso a retirarse, pero antes de que el orco se marchará volvió a escuchar la voz del Emperador.

-          Polux, no tolero el fracaso.

La voz fantasmagórica del príncipe de las tinieblas recorrió por completo el cuerpo del orco.

-          Lo sé, mi Señor. – contestó mientras llevaba a cabo de nuevo una reverencia de despedida.

El orco se retiró a los aposentos que estaban destinados a los grandes generales, entró a la habitación y se despojó de sus ropas. Su cuerpo estaba totalmente desfigurado por las heridas infringidas en miles de batidas. Desnudo, se arrodilló pegando su cara contra el suelo y comenzó a rezar:

<<Dios de la oscuridad, mi Señor, mi Dueño. Dame fuerzas para llevar a cabo la tarea que se me encomiendas. Sé que las palabras de tu hijo son tus designios, ayúdame en la batalla... Sangre, Destrucción y Muerte.>>

Al  término de la oración Polux asió una pequeña daga totalmente negra en la que se podía leer el símbolo del Emperador, la besó con ternura y la hundió lentamente en su pecho. Milímetro a milímetro la negra daga se introducía en su cuerpo sin que el orco emitiera ni un solo signo de dolor. La sangre comenzó a fluir como un débil manantial que se esparcía libre por su torso desnudo. El orco sacó el cuchillo de su cuerpo con la misma parsimonia con que la había introducido dejando brotar la sangre. Después de empapar su cuerpo con aquel líquido denso y oscuro, volvió a besar la daga con sumo respeto y la limpió con la ropa que estaba tirada en el suelo. Unos instantes más tarde, tembloroso por la pérdida de sangre, extrajo de su far
do una botella con un líquido amarillento, se lo vertió en la herida y de inmediato esta sanó. El olor que brotaba de la herida era pestilente, sin embargo el sintak que había derramado sobre su pecho había sanado de inmediato la herida, dejando tras de sí una cicatriz más sobre su cuerpo en respeto a su Dios.

<<Mi sangre es tu Sangre, Señor>>  - pudo decir antes de  que, sin conocimiento, cayera al suelo por la gran pérdida de sangre que se había infringido.

Mientras tanto, a pocos metros de donde se encontraba Polux, el Emperador se sentó en el trono chasqueando sus dedos en tono juguetón. La mano que daba vida a aquel sonido era ruda y enorme, con unas uñas que se asemejaban a las de un animal salvaje, su piel era negra como sus mismas vestimentas. Al instante apareció un adein, esos seres eran mucho más pequeños que los orcos, estos seres no estaban creados para la guerra, sin embargo en caso de necesidad podían formar parte de cualquier ejército, su principal cometido era responder a las necesidades, no solo del Emperador, sino de la tropa en todo aquello que necesitasen.

-          Tráeme en audición a Awika, el gran hechicero, necesito conversar con él.

El adein no respondió para poder atender a los deseos de su Señor lo más rápido posible.

Cuando este se retiró, el Emperador, acariciando al gran cuervo que se encontraba cerca de su mano desnuda, habló dirigiéndose al vacío:


-          Si quieren entrar en la guerra que lo hagan, pero tendrán que asumir todas las consecuencias… y si no, que se retiren ahora mismo. ¡Malditos humanos! – concluyó mientras que  ante  su vista apareció el gran hechicero.

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