martes, 29 de julio de 2014

Capítulo 5: El concilio secreto.


E
n lo más profundo del bosque de Ditara, dentro del valle de Potries, en la sala real del palacio del Árbol, un concilio secreto se estaba llevando a cabo. Jistu, rey de los elfos, había reunido a los representantes de las dos razas que aún plantaban cara al Emperador, los humanos del Norte y los cíclopes, para sentar las bases para la defensa de la Tierra Libre.

           El palacio del Árbol estaba situado en pleno corazón de los dominios de los elfos, su estructura era increíble, millares de árboles se entrelazaban entre sí dando forma a las cientos de habitaciones que constituían aquel magnífico palacio; los troncos se retorcían para dar vida a las sillas, mesas, estanterías y demás útiles que constituían aquel hermoso lugar. Los elfos jamás cortaban una rama para construir nada, simplemente le pedían al bosque que se lo dispensase, a cambio ellos lo cuidaban y mimaban con una dedicación absoluta, la simbiosis entre ambos era total y perfecta. El bosque de Ditara era el único bosque de la Tierra Libre que todavía se comunicaba con sus moradores, en la antigüedad los oyentes conversaban a diario con los bosques, pero en los últimos tiempos los elfos no habían conseguido captar nada y esto aterraba al Rey de los elfos.

Dentro de la sala real se encontraban los representantes de la Tierra Libre. A la derecha de una gran mesa de madera que nacía del mismo suelo, se hallaba el príncipe del reino de los ciclopes, Goti, venía en nombre de su padre, Gunti. Su pueblo mantenía vigiladas y a salvo las líneas de acceso a la tierra de los elfos, pero últimamente se hacía muy difícil mantener ese cerco, el enemigo se había multiplicado en número, tanto era así que los últimos días habían tenido que mandar a mujeres y niños hacia las tierras más centrales para poder defender la frontera con mayor eficiencia. Todos los presentes eran conscientes de la labor que llevaban a cabo los cíclopes y sabían, que si no recibían ayuda en breve, estos valerosos guerreros acabarían por caer abatidos ante el enemigo, abriendo el paso de Crin a los ejércitos del Emperador. La presencia del cíclope era impresionante, como todos los de su raza tenía un solo ojo, su cuerpo carecía de pelo, su altura sobrepasaba en mucho los dos metros y su musculatura era asombrosa. El cíclope traía las ropas de gala propias de su reino; una cota de malla de color azul cielo, unos pantalones de cuero negros y una capa a juego donde se podía distinguir el emblema de su raza, una bola de fuego incandescente y dos manos que gobernaba dicha bola como queriéndola proteger.

A la Izquierda estaba el representante de los humanos del Norte, su atuendo era totalmente rojo, sus rasgos aristocráticos y su cabello azabache lo distinguía como Furlas, emisario del rey Fúthernor. Los sureños, emparentados con los humanos del Norte, se habían vendido al maligno, sin embargo los norteños eran muy diferentes, ante todo amaban la libertad y el honor, luchando contra todo aquello que se interpusiese a estos ideales. Por ahora sus territorios no habían sido atacados, pero se esperaba que si caía el reino de los cíclopes, el suyo y el de los elfos serían los siguientes.

Presidiendo la mesa se encontraba Jistu, rey de los elfos, su piel era verdosa y su pelo rojo como las amapolas; era de talla parecida a la humana. Bajo circunstancias normales los miembros de esta raza eran muy pacíficos y se dedicaban al cuidado de  los bosques y al cultivo de las artes, pero en días de guerra eran hábiles arqueros.

Por último, enfrentada a Jistu, se hallaba Démona, una de las grandes hechiceras de la ciudadela de Vae. La belleza de la mujer era legendaria, su cuerpo parecía esculpido por la mismísima Físter, Diosa de la belleza, su larga cabellera azul caía lacia sobre su cuerpo llegándole hasta la pantorrilla, sus ojos eran de un marcado color esmeralda y su cara, extremadamente bella, estaba surcada por una cicatriz que la marcaba de lado a lado. Sentada a su vera, descansando en las suaves hojas de los árboles,  su inseparable loba, Ishra; su pelaje era blanco como la misma nieve, era de un tamaño atroz comparado con los demás animales de su especie, no obstante en sus ojos había un brillo de inteligencia que la hacía, si aun cabía, extrañamente especial.

Cuando todos estuvieron sentados alrededor de la mesa, el representante de los cíclopes, Goti, se levantó para hablar con propiedad:

-          La muralla de Crin no aguantará mucho tiempo más, los ataques de los orcos son continuos y cada vez más violentos, mi gente esta haciendo todo lo que puede por contener a esas bestias, pero ahora están mucho más entrenados, son más hábiles que antes y entienden el arte de la guerra, esto hace que estén ganando mucho terreno más allá de la muralla. Mi cometido aquí es tomar consejo y si se estima oportuno ayuda para defender el paso hacia vuestros territorios. – la voz de Goti era casi gutural, aunque se había entendido perfectamente el mensaje que traía. 

Los demás componentes del concilio se miraron sin decir una sola palabra y ahora Furlas, el representante de los humanos del Norte, fue quien tomó la palabra:

-          El Rey Fúthernor está al corriente de los avances del enemigo y ha dispuesto un contingente para ayudar. En unos cuantos días  un millar de hombres del norte pasarán por el paso de Crin para llegar aquí y ponerse de inmediato a disposición del concilio, si es tal la necesidad de nuestros aliados pueden volver e incorporarse a la defensa  del paso de las montañas para evitar el avance de los orcos hacia el interior.

El Rey de los Elfos, al igual que Goti, acogió esta propuesta como caída del cielo:

-          Por lo pronto el ejército de Fúthernor defenderá la muralla de Crin para intentar detener un tiempo el ataque del enemigo, mientras tanto habrá que buscar la manera de contraatacar, existen algunos lugares de resistencia que podrían aliarse con nosotros para hacer frente a los ejércitos del Emperador, la ciudadela de Bastian al Este o la de Nutro un poco más al Sur.

Todos los componentes, excepto Démona, asintieron con la cabeza. La hechicera  estaba perdida en sus pensamientos, parecía no prestar atención alguna a lo que sus compañeros de concilio decían; en su mente solo se le planteaba una y otra vez la imagen del Emperador rompiendo su cayado con un solo gesto de mano:

<< - ¡Hechicera! Es el tiempo de unirse a los fuertes y dejar a los débiles a un lado, tarde o temprano todos caerán bajo los designios “del más poderoso” y nadie podrá resistir su golpe. Únete a mí y saldrás vencedora, rehusa a ello y pagarás con tu vida.- la voz del Emperador sonaba lejana como si no saliera de aquella boca tan próxima.

Démona con el cayado roto entre sus manos, ahogada por el llanto y la desesperación, solo pudo negar con la cabeza el ofrecimiento de aquel terrorífico ser.

-          Has elegido. – dictaminó el Emperador.

Aquella bestia totalmente negra, en la que no se podía distinguir un solo matiz de su rostro, se levantó poderosamente frente a la debilidad hecha patente de Démona y le asestó una tremenda bofetada a Démona que la hizo caer al suelo con violencia marcando su cara por siempre. >>

En ese instante Démona se tocó la cicatriz de su cara y volvió en si para poder oír al Rey elfo afirmar que el ejército del Norte se quedaría en la muralla.

-          Los núcleos de resistencia no son fiables, en algunas ocasiones son bandidos que solamente buscan el beneficio propio sin ser fieles a nada y a nadie, respondiendo solo a su codicia desmesurada. – añadió Furlas rápidamente para continuar. – Solo los ejércitos regulares pueden hacer frente a esas bestias. Sabéis como luchan esos orcos, no son mercenarios, están adiestrados en la guerra; el temor que tienen a sus lugartenientes y el respeto a su Dios infunde obediencia en todos sus movimientos.

-          Cierto, amigo mío. – dijo Goti mientras con sus dedos acariciaba su cara sin bello alguno – Desde hace tiempo esas ratas han aprendido el arte de la guerra, sabiendo muy bien lo que se hacen. Debemos estar atentos y tener en cuenta que los sureños se han vendido al mal y pueden atacarnos por el Oeste.

Jistu, bajo una sonrisa que evidenciaba el olvido del cíclope, añadió con decisión:

-          No se atreverán a atacar por el oeste, saben que el bosque nos da protección, - añadió Jistu sin mucha seguridad - debemos preocuparnos del paso de Crin, ya que si consiguen entrar, el camino a los dominios de los cíclopes y a  nuestro bosque será un hecho.

Mientras decía estas palabras el Rey elfo sacó un mapa y lo desenvolvió frente a sus compañeros señalando las posibles vías de entrada. Sabedor del temor que el agua infundía en los orcos, descartó las posibles entradas por mar y siendo el paso por el bosque un suicidio, solo podían intentar el asedio del resto del mundo libre por la muralla de Crin.

Pese que Démona estaba escuchando con atención las palabras de aquellos hombres, no podía sacarse de la cabeza la imagen de aquella bestia negra. Sabía perfectamente que si él decidía entrar en aquellos territorios, solo era cuestión de tiempo que lo lograra y que todo lo que se estaban hablando allí únicamente  tendría como objetivo ganar un poco de tiempo.

Los congregados continuaron discutiendo sobre la defensa de las murallas de Crin durante mucho tiempo, al cabo de unas horas concluyeron lo siguiente: En un principio tanto Goti como Furlas se dirigirían al Norte para encabezar la defensa de la muralla de Crin, mientras tanto Jistu reuniría a sus mejores arqueros y en unos días mandaría un ejército para ayudarlos. Cuando hubieron terminado de exponer todo su plan, los tres al unísono, miraron a la hechicera que aun no había dicho una sola palabra.

-          ¿Gran hechicera? – dijo Goti con sumo respeto. - ¿Qué piensa de nuestro acuerdo?

Démona  depositó progresivamente sus ojos en todos los componentes del concilio, cada vez que su mirada se detenía en ellos estos se estremecían, ya que sentían como la hechicera entraba hasta su corazón leyendo como en un libro abierto sus pensamientos y por fin rompió su silencio.

-          Vuestros acuerdos son limpios de espíritu, no hay en ellos ninguna motivación fuera de la libertad que os guía. Las decisiones que habéis tomado son las más sabias y correctas en estos momentos, pero... ¿Por cuánto tiempo podréis aguantar las defensas? Sabéis que el Emperador está reuniendo un ejército de orcos y humanos, una patrulla tan grande que podría arrasar la muralla de Crin en una sola noche, según las noticias no tardarán más de un mes en ponerse en camino. – las caras de los tres hombres cambiaron al instante, pero Démona continuó hablando. - Claro está que apoyo tanto la ayuda de los hombres del Norte - miró a Furlas y le dedicó una sonrisa- como la alianza entre cíclopes y elfos, no obstante... solo con defendernos no acabaremos con él.

Lo que antes había parecido tan claro en la mente de todos ahora con las palabras de la hechicera se había vuelto oscuro, sabían que todo lo que salía por su boca era cierto. ¿Qué harían si el Emperador no dejaba de golpear una y otra vez la muralla de Crin? ¿Cuál sería su destino si no evitaban la entrada a la Tierra Libre? ¿Cómo podrían enfrentarse a un Dios hecho persona?

-          ¿Qué quieres que hagamos, “maga”? – la voz del Rey elfo expresaba desprecio hacia Démona. A pesar de que la ayuda de la mujer era fundamental, Jistu nunca había estado de acuerdo en el papel que los hechiceros llevaban a cabo como consejeros, con la caída de  la Ciudadela de Vae, su presencia  allí era puramente testimonial y no tenía ningún valor.

Sin responder a las provocaciones del elfo, la hechicera habló:

-          El Oráculo hablo de Él...

Antes de que terminara su frase,  Jistu volvió a interrumpirla desairado.

-          ¿El Oráculo? Hace ya tiempo que el Oráculo cayó y ninguno de sus designios se han cumplido. – encendido por la ira continuó acusando con preguntas a la hechicera. -  ¿Dónde estuvo ese salvador cuando los orcos arrasaron los poblados cíclopes, asesinando y... devorando a todo lo que se interponía a su paso? ¿Dónde estaba ese salvador cuando cayó tu misma ciudad, matando a casi todos los grandes sacerdotes? ¿Dónde va a estar cuando el Emperador decida, como tú sostienes, atacar con todas su fuerza la muralla? ¿Dónde estará...?

Démona continuaba callada y tranquilamente sentada, hasta que su voz melodiosa volvió a irrumpir entre aquel malemagnum de sonidos:

-          El segador de almas.

El Rey elfo se llevó las manos a la cabeza mientras que los otros dos invitados miraron a Démona esperando a que continuase.

-          En los territorios del Norte, donde ya no quedan reinos en pie, existe un rumor que cada día toma más fuerza, se dice que un hombre acaba con vidas orcas sin esfuerzo, que sus dos espadas se insertan en sus enemigos sin piedad, que su fuerza es tal que podría acabar con un ejército él solo, que cuando habla todos callan y obedecen, que... – la voz del Rey volvió a interrumpir para completar la frase de la hechicera.

-          ¡Qué lucha por oro... vaya salvador! Tú no eres la única que está al corriente de lo que pasa en los territorios del Norte.

Démona dedicó una mirada fulminante al rey, se levantó pausadamente e instó a su loba a que la acompañase, añadiendo:

-          Vuestras propuestas son buenas, espero que aguantéis todo lo posible. Mientras… yo voy en busca de ese hombre. Como ya sabéis la Ciudadela de Vae ha caído y ninguna responsabilidad me une a los designios de los reyes, soy libre de hacer lo que me plazca.

Tanto Goti como Furlas comenzaron a proferir palabras para detener su camino, pero Jistu sin levantarse de  la mesa culminó:

-          No la necesitamos, el Emperador ya la venció una vez, no creo que tenga poder como para ayudarnos en nuestra empresa.

Por un momento Démona detuvo su andar, clavó su mirada esmeralda en los ojos de Jistu y este se estremeció de pavor. La hechicera no añadió nada más y se despidió. Mientras la mujer salía del palacio árbol, Jistu no se podía quitar de la cabeza aquella penetrante mirada que le había revelado el posible fin de su amado bosque, en su visión había visto como Ditara ardía en llamas y su pueblo se postraba a los pies del Emperador.


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