viernes, 11 de julio de 2014

Capítulo 2: El sueño del Guerrero



L
a tarde caía pausadamente sobre el antiguo bosque trayendo consigo el manto de estrellas que cada día nacía en aquellos parajes, un infinito universo de puntos titilantes que hacía comprender a los moradores de la Tierra Libre lo ínfimos que eran. La espesura de los gigantescos árboles producía una sentimiento extraño en los habitantes de aquel lugar, una sensación, curiosamente apacible, de ahogo se apoderaba de los humanos que los llevaba en segundos a un sueño tranquilo; pero esta noche el descanso esperaría, el botín de los carruajes había sido muy superior a lo esperado y los hombres celebrarían su triunfo hasta bien entrada la noche. Sin embargo para el gran guerrero no había resuello, Drakan no podía quitarse de la cabeza la mirada de aquel chico moribundo, había observado como la vida espiraba en él, como su alma se había encaminado hacia … hacía dónde, si quiera estaba seguro que existiera algo tras la muerte y aquello apesadumbraba su corazón aún más si cabía.<< ¿Por qué luchamos?>> Le había preguntado el chico antes de morir, esa frase atormentaba al guerrero y no lo dejaba encontrar el descanso que anhelaba <<¿Por qué luchamos?>> Nuevamente sonó con fuerza en su mente. <<¿Por qué luchamos?>> Gritó Drakan a pleno pulmón en la inmensidad de aquel paraje, por un segundo la pregunta se alejó de su mente espantada por la poderosa voz del segador de almas, no obstante segundos después la pregunta volvió a retumbar en su cabeza sin encontrar una respuesta coherente, una respuesta por la cual perder la vida si fuera necesario, simplemente un motivo que tranquilizara su conciencia… quizá no había respuesta para aquella pregunta o tal vez la respuesta era tan nefasta que ni el propio guerrero podría soportarla.

Un ligero sonido alertó los sentidos del segador de almas, olvidando por un segundo la lucha interna que estaba teniendo, velozmente llevó su diestra a la espada, agudizó un poco más su oído y reconoció de inmediato los pasos de Gustan, sonrió para si y se adelantó a su compañero:

-          ¿Qué ocurre, Gustan? – preguntó en tono irónico, mientras su espada apuntaba al cuello de su compañero.


-          No sé cómo lo consigues, pero siempre, por más que me esfuerce por no revelar mis pasos, me delatas. Tienes un sexto sentido del que yo carezco, amigo mío. – Rio entre dientes el jovial compañero de armas.


 -    ¿Ha pasado algo, es extraño que no estés disfrutando del vino? – dijo ahora mientras estrechaba el antebrazo de su compañero ayudándolo a subir.

-          Nada importante, los muchachos han repartido el botín, quieren darte tu parte y disfrutar de los bueyes que tiraban de los carruajes, deben estar riquísimos a la brasa. – volvió a reír Gustan.

Drakan observó la fiesta que se estaba llevando a cabo en el bosque, miró con gesto serio a  Gustan y le habló:

-          Dirás que no iré.

Gustan torció el gesto sorprendido por la respuesta de su amigo, pero cuando se disponía a rebatirle para convencer a su amigo, Drakan volvió a hablar y selló por unos instantes la voz de su amigo:

-           ¿Sabes quién era el chico que mató el jefe de los orcos?

Gustan intentó recordar la cara de aquel muchacho e inmediatamente se acordó de él:

-          Sí… se llamaba Anutug, vivía al Oeste de aquí en una pequeña granja. Pobre, aun no había pasado la veintena, era un chico muy valiente e inteligente, pero tristemente su día ha llegado. – concluyó Gustan sin dar mayor relevancia a sus palabras, la muerte se había hecho tan común entre aquel grupo de salteadores que apenas reparaban en las vidas que perdían.

-          Si bueno... - dijo Drakan sin dar importancia a las últimas palabras de su amigo. – Quiero que a él también se le dé su parte y que junto a la mía se la lleves a su familia.

Los dos amigos cruzaron la mirada y Gustan se vio obligado a decir lo que Drakan ya sabía:

-          Amigo, sabes que a los muertos no se les reparte botín. Los hombres no lo comprenderán.

Drakan asintió y continuó:

-          Me trae sin cuidado lo que piensen los demás, ese es mi deseo y así será, si encuentras algún problema entre la tropa ya lo resolveré por la mañana, ahora vete y disfruta de esa carne… y de las mujeres que han venido del poblado. – culminó rompiendo la tensión que se había creado entre ellos.

Gustan sonrío y partió hacia la fiesta.

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Sobre los altos kimas que conformaban aquel inmenso bosque; Drakan, poseído por una fuerza extraña y sobrenatural,  recordaba cada uno de los actos que había llevado a cabo en la batalla; aquí paraba un tajo, aquí atravesaba el cuerpo de un orco, aquí hendía el yelmo de una bestia y aquí detenía otro ataque. Incansable repetía cada acción que había realizado en la lid, su cuerpo bañado en sudor no encontraba descanso, sus músculos ardían, sin embargo el guerrero no se detenía ni un instante; no sabía que fuerza le guiaba a realizar aquellos gestos una y otra vez, pero, por experiencia, sabía que no estaría contento hasta que las redes de la extenuación llevaran a su cuerpo al decaimiento y así fue como el guerrero, sin previo aviso ni espera, cayó en un sueño intranquilo:

<<       -Tiempo ha que partiste y aun no has encontrado lo que buscas. - se oyó una voz hueca como si su eco resonase en una gran cueva. El susurro era suave y agradable al oído, sin duda pertenecía a una mujer.

El lugar estaba tan oscuro que no conseguía ver nada, tanto era así que no sabía si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Buscó sus espadas, que siempre se encontraban en sus fundas, pero estas habían desaparecido, esto le produjo una sensación de debilidad y de nerviosismo, de repente un escalofrío que nacía en la parte baja de su espalda subió hasta su nuca y sintió que sus músculos estaban paralizados. Intentó moverse con todas sus fuerzas, pero no podía despegar un pie del suelo, la desesperación se estaba apoderando de él, sin embargo una sensación de calma inesperada comenzó a reinar en su cuerpo cuando observó en el horizonte como se dibujaba una tenue luz que se acercaba a él. En un principio la luz había cegado los ojos del guerrero, pero progresivamente estos se acostumbraron al resplandor y Drakan pudo comprobar que aquella luz nacía de un cuerpo femenino. Los pasos que daba aquel ser eran pausados, gráciles, estéticos y avanzaron hasta colocarse a unos centímetros del guerrero.

Las ropas de la mujer eran casi transparentes, en ellas se podía adivinar su esbelta figura, sin duda era una náyade, su piel era azul como el mismo cielo, sus cabellos extrañamente rojizos, y sus ojos de un verde esmeralda a los que Drakan no dejaba de mirar. Era perfectamente bella.

-          Hola, guerrero - dijo la mujer mientras que sus delicadas manos, culminadas de unas largas uñas del color de su pelo, acariciaban la cara del humano – muchos hombres has perdido hoy… pero yo te preguntó… ¿Qué has ganado?

Drakan quiso contestar, pero el hechizo en el que parecía haber caído no le dejaba articular una sola palabra. De este modo la ninfa continuó hablando.

-          ¿Has ganado más oro, o quizá has ganado el favor de los hombres, o el respeto de tu enemigo? – La náyade esperó unos segundos y se contestó a si misma. -¡No, humano! - interpeló con voz acusadora. - No has ganado nada, solo has perdido. ¿Aún no has aprendido nada? No lucharás por codicia ni por poder, ya que solo Él nos dará el poder que a cada uno nos corresponde.

De repente el hechizo que parecía atenazar al humano se deshizo, Drakan cayó al suelo en un golpe sordo, su respiración era agitada, sus músculos estaban cansados, buscó fuerzas de su debilidad y con dificultad balbuceó:

-          ¿Qué otra cosa puedo hacer? Desde que salí del bosque de la lluvia no he encontrado el camino. – Los balbuceos se hicieron palabras y continuó - Estos hombres han comprendido mi forma de ser y, aunque bandidos, me respetan y... - la voz se le quebró en llanto. – ¡Aquí puedo dar respuesta a mí sed de sangre!

La ninfa miró a Drakan llena de compasión y comprensión:

-          Aunque te parezcas a ellos no eres de su especie, tú eres muy diferente, infinitamente más perfecto y elevado, no fue la obra de un hombre y una mujer la que te creó… - las manos de la elemental, que se habían alejado del rostro de Drakan, volvieron a posarse sobre sus hombros, lo levantó y lo besó en los labios, tras eso lo dejó caer al suelo y se alejó sin más.

Drakan intentó levantarse con todas sus fuerzas, pero no podía alzar un palmo su cabeza, solo escuchó los pies descalzos de la ninfa alejándose de él:

-          ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis designios?  - gritaba mientras presenciaba impotente la marcha de la ninfa. - ¡No me abandones! – estalló desesperado.>>


Tras perderse en la infinitud de aquella oscuridad, Drakan despertó sudoroso del sueño que se había tornado en pesadilla y, aliviado, comprobó que la mañana había llegado a aquellos parajes inhóspitos. 

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