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L
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a tarde caía pausadamente sobre el antiguo
bosque trayendo consigo el manto de estrellas que cada día nacía en aquellos
parajes, un infinito universo de puntos titilantes que hacía comprender a los
moradores de la Tierra Libre lo ínfimos que eran. La espesura de los
gigantescos árboles producía una sentimiento extraño en los habitantes de aquel
lugar, una sensación, curiosamente apacible, de ahogo se apoderaba de los
humanos que los llevaba en segundos a un sueño tranquilo; pero esta noche el
descanso esperaría, el botín de los carruajes había sido muy superior a lo
esperado y los hombres celebrarían su triunfo hasta bien entrada la noche. Sin
embargo para el gran guerrero no había resuello, Drakan no podía quitarse de la
cabeza la mirada de aquel chico moribundo, había observado como la vida
espiraba en él, como su alma se había encaminado hacia … hacía dónde, si quiera
estaba seguro que existiera algo tras la muerte y aquello apesadumbraba su
corazón aún más si cabía.<< ¿Por qué luchamos?>> Le había
preguntado el chico antes de morir, esa frase atormentaba al guerrero y no lo
dejaba encontrar el descanso que anhelaba <<¿Por qué luchamos?>>
Nuevamente sonó con fuerza en su mente. <<¿Por qué luchamos?>>
Gritó Drakan a pleno pulmón en la inmensidad de aquel paraje, por un segundo la
pregunta se alejó de su mente espantada por la poderosa voz del segador de
almas, no obstante segundos después la pregunta volvió a retumbar en su cabeza
sin encontrar una respuesta coherente, una respuesta por la cual perder la vida
si fuera necesario, simplemente un motivo que tranquilizara su conciencia…
quizá no había respuesta para aquella pregunta o tal vez la respuesta era tan
nefasta que ni el propio guerrero podría soportarla.
Un
ligero sonido alertó los sentidos del segador de almas, olvidando por un
segundo la lucha interna que estaba teniendo, velozmente llevó su diestra a la
espada, agudizó un poco más su oído y reconoció de inmediato los pasos de Gustan,
sonrió para si y se adelantó a su compañero:
-
¿Qué ocurre, Gustan? – preguntó
en tono irónico, mientras su espada apuntaba al cuello de su compañero.
-
No sé cómo lo consigues, pero
siempre, por más que me esfuerce por no revelar mis pasos, me delatas. Tienes
un sexto sentido del que yo carezco, amigo mío. – Rio entre dientes el jovial
compañero de armas.
- ¿Ha pasado algo, es extraño que no estés
disfrutando del vino? – dijo ahora mientras estrechaba el antebrazo de su
compañero ayudándolo a subir.
-
Nada importante, los
muchachos han repartido el botín, quieren darte tu parte y disfrutar de los
bueyes que tiraban de los carruajes, deben estar riquísimos a la brasa. – volvió
a reír Gustan.
Drakan
observó la fiesta que se estaba llevando a cabo en el bosque, miró con gesto serio
a Gustan y le habló:
-
Dirás que no iré.
Gustan
torció el gesto sorprendido por la respuesta de su amigo, pero cuando se
disponía a rebatirle para convencer a su amigo, Drakan volvió a hablar y selló
por unos instantes la voz de su amigo:
-
¿Sabes quién era el chico que mató el jefe de los
orcos?
Gustan
intentó recordar la cara de aquel muchacho e inmediatamente se acordó de él:
-
Sí… se llamaba Anutug, vivía
al Oeste de aquí en una pequeña granja. Pobre, aun no había pasado la veintena,
era un chico muy valiente e inteligente, pero tristemente su día ha llegado. –
concluyó Gustan sin dar mayor relevancia a sus palabras, la muerte se había
hecho tan común entre aquel grupo de salteadores que apenas reparaban en las
vidas que perdían.
-
Si bueno... - dijo Drakan
sin dar importancia a las últimas palabras de su amigo. – Quiero que a él
también se le dé su parte y que junto a la mía se la lleves a su familia.
Los
dos amigos cruzaron la mirada y Gustan se vio obligado a decir lo que Drakan ya
sabía:
-
Amigo, sabes que a los muertos
no se les reparte botín. Los hombres no lo comprenderán.
Drakan
asintió y continuó:
-
Me trae sin cuidado lo que
piensen los demás, ese es mi deseo y así será, si encuentras algún problema entre
la tropa ya lo resolveré por la mañana, ahora vete y disfruta de esa carne… y
de las mujeres que han venido del poblado. – culminó rompiendo la tensión que
se había creado entre ellos.
Gustan
sonrío y partió hacia la fiesta.
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Sobre
los altos kimas que conformaban aquel
inmenso bosque; Drakan, poseído por una fuerza extraña y sobrenatural, recordaba cada uno de los actos que había
llevado a cabo en la batalla; aquí paraba un tajo, aquí atravesaba el cuerpo de
un orco, aquí hendía el yelmo de una bestia y aquí detenía otro ataque. Incansable
repetía cada acción que había realizado en la lid, su cuerpo bañado en sudor no
encontraba descanso, sus músculos ardían, sin embargo el guerrero no se detenía
ni un instante; no sabía que fuerza le guiaba a realizar aquellos gestos una y
otra vez, pero, por experiencia, sabía que no estaría contento hasta que las
redes de la extenuación llevaran a su cuerpo al decaimiento y así fue como el
guerrero, sin previo aviso ni espera, cayó en un sueño intranquilo:
<< -Tiempo
ha que partiste y aun no has encontrado lo que buscas. - se oyó una voz hueca como
si su eco resonase en una gran cueva. El susurro era suave y agradable al oído,
sin duda pertenecía a una mujer.
El
lugar estaba tan oscuro que no conseguía ver nada, tanto era así que no sabía
si sus ojos estaban abiertos o cerrados. Buscó sus espadas, que siempre se
encontraban en sus fundas, pero estas habían desaparecido, esto le produjo una
sensación de debilidad y de nerviosismo, de repente un escalofrío que nacía en
la parte baja de su espalda subió hasta su nuca y sintió que sus músculos
estaban paralizados. Intentó moverse con todas sus fuerzas, pero no podía
despegar un pie del suelo, la desesperación se estaba apoderando de él, sin
embargo una sensación de calma inesperada comenzó a reinar en su cuerpo cuando
observó en el horizonte como se dibujaba una tenue luz que se acercaba a él. En
un principio la luz había cegado los ojos del guerrero, pero progresivamente
estos se acostumbraron al resplandor y Drakan pudo comprobar que aquella luz
nacía de un cuerpo femenino. Los pasos que daba aquel ser eran pausados,
gráciles, estéticos y avanzaron hasta colocarse a unos centímetros del
guerrero.
Las
ropas de la mujer eran casi transparentes, en ellas se podía adivinar su
esbelta figura, sin duda era una náyade, su piel era azul como el mismo cielo,
sus cabellos extrañamente rojizos, y sus ojos de un verde esmeralda a los que
Drakan no dejaba de mirar. Era perfectamente bella.
-
Hola, guerrero - dijo la
mujer mientras que sus delicadas manos, culminadas de unas largas uñas del
color de su pelo, acariciaban la cara del humano – muchos hombres has perdido
hoy… pero yo te preguntó… ¿Qué has ganado?
Drakan
quiso contestar, pero el hechizo en el que parecía haber caído no le dejaba articular
una sola palabra. De este modo la ninfa continuó hablando.
-
¿Has ganado más oro, o quizá
has ganado el favor de los hombres, o el respeto de tu enemigo? – La náyade
esperó unos segundos y se contestó a si misma. -¡No, humano! - interpeló con
voz acusadora. - No has ganado nada, solo has perdido. ¿Aún no has aprendido
nada? No lucharás por codicia ni por poder, ya que solo Él nos dará el poder
que a cada uno nos corresponde.
De
repente el hechizo que parecía atenazar al humano se deshizo, Drakan cayó al
suelo en un golpe sordo, su respiración era agitada, sus músculos estaban
cansados, buscó fuerzas de su debilidad y con dificultad balbuceó:
-
¿Qué otra cosa puedo hacer?
Desde que salí del bosque de la lluvia no he encontrado el camino. – Los
balbuceos se hicieron palabras y continuó - Estos hombres han comprendido mi
forma de ser y, aunque bandidos, me respetan y... - la voz se le quebró en
llanto. – ¡Aquí puedo dar respuesta a mí sed de sangre!
La ninfa
miró a Drakan llena de compasión y comprensión:
-
Aunque te parezcas a ellos
no eres de su especie, tú eres muy diferente, infinitamente más perfecto y
elevado, no fue la obra de un hombre y una mujer la que te creó… - las manos de
la elemental, que se habían alejado del rostro de Drakan, volvieron a posarse
sobre sus hombros, lo levantó y lo besó en los labios, tras eso lo dejó caer al
suelo y se alejó sin más.
Drakan
intentó levantarse con todas sus fuerzas, pero no podía alzar un palmo su
cabeza, solo escuchó los pies descalzos de la ninfa alejándose de él:
-
¿Quién soy? ¿Cuáles son mis
designios? - gritaba mientras
presenciaba impotente la marcha de la ninfa. - ¡No me abandones! – estalló
desesperado.>>
Tras
perderse en la infinitud de aquella oscuridad, Drakan despertó sudoroso del
sueño que se había tornado en pesadilla y, aliviado, comprobó que la mañana
había llegado a aquellos parajes inhóspitos.

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