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a mañana volvía a nacer una vez más en aquello
parajes, la orquesta, que los cientos de pájaros creaban, se fundía con el
sonido de un pequeño riachuelo que recorría incansable su cauce diario. Los
jóvenes astros despertándose de su perezoso sueño emanaban una luz suave y un
ligero frescor matinal inundaba aquel paraje; nada podía romper la paz que se
instauraba en aquellos momentos en el Bosque, pero como siempre la paz solo
dura unos maravillosos instantes en los que nos deja atisbar lo feliz que
podría ser nuestra vida, de súbito un murmullo ensordecedor rompió la placidez
de la mañana, una multitud se había convocado a los pies del árbol donde descansaba
el gran guerrero.
En
un primer momento el segador de almas no le dio mayor importancia, los chicos
solían despertarse bien temprano y dedicarse al cuidado de las armas, pero fueron
los gritos de ira lo que le llamó la atención, Drakan se alojó las dos espadas en
sus fundas y descendió del kima:
-
Te dije que no compartirían
su recompensa por las buenas. – informó Gustan a su amigo nada más verlo llegar.
El
hombre lo miró con sonrisa torcida, se quitó las últimas legañas que poblaban
sus ojos y habló a la muchedumbre:
-
Ayer ordené que a la familia
del chico caído en manos del capitán de aquellas bestias se le restableciera su
parte y la mía. ¿Qué tenéis en contra de ello?
Los
gritos y murmullos aumentaron en decibelios al oír en voz de su capitán lo que
hasta ese momento había sido solo un rumor. “Los más valientes”, aprovechando
el manto que el anonimato les ofrecía, gritaron a viva voz:
- El pacto así lo decía… ¿Cuándo yo muera se
le dará mi parte a mi familia?
El ánimo de aquellas gentes se caldeaba por
momentos, eran fieles guerreros, de eso no había duda, pero su fidelidad no era
para con su líder, sino para con su recompensa. Drakan enseguida comprendió lo
complicado de la situación, al tiempo que le volvía a la memoria la voz de aquel chico
preguntándole: - ¿Por qué luchamos? – Tras oír esta frase por tercera vez en su
mente, el guerrero rompió su silencio:
-
Tal vez tengáis razón.
El
gentío pareció complacido al escuchar la primera frase del segador de almas,
que inmediatamente fue continuada.
- No
solo habría que reestablecerle a la familia de ese muchacho la parte de la
recompensa que le pertenece, sino que se la tendríamos que dar a cada una de
las familias de los caídos ayer, antes de ayer… y desde que comenzamos a
combatir.
En
ese momento todos los hombres explotaron en gritos, el murmullo era atronador y
junto al griterío comenzaron a escucharse el rechinar de los aceros al
desalojarse de sus fundas. La cuenta rápida que habían hecho en sus mentes para
averiguar cuánto tendría que darle a los muertos no les gustó nada.
Drakan,
al oír el chirriar de las armas, tornó sus dos manos hacia su espalda y sacó
sus espadas clavando ambas en el suelo con un súbito y rápido movimiento:
-
Ya sé de que calaña sois
todos y cada uno de vosotros, pero creía que en vuestros corazones aun quedaba
un poco de honor para los caídos. –sus palabras se detuvieron por unos
instante, el gran guerrero escudriñó los rostros duros de sus compañeros de
armas, visitó su corazón y continuó sabiendo que sus palabras ya no tenían
marcha atrás. – Pero no es así, sois tan codiciosos como el enemigo que
continuamente atacamos, no os diferenciáis en nada de esas bestias, tuve que
saber, desde que llegué, que este no era mi lugar.
Al
terminar muchos de los hombres, con sus armas en mano, se adelantaron unos
pasos para afrontar la que podría ser su última batalla, ya que pese a su
codicia aun albergaban un poco de honor en sus almas y la ofensa de palabra de
aquel humano les había calado hondo.
-
¿Acaso eres tú mejor que
nosotros? – preguntó uno de los cabecillas de la revuelta al segador de almas.
-Todos hemos visto como masacras a esas bestias sin piedad, observamos
aterrados como disfrutas al ver como la sangre oscura de esos mal nacidos se
desliza por tus espadas, ¡júzgate a ti mismo y luego, si no mueres en el
intento, júzganos a nosotros!
Al
escuchar esta afirmación, Drakan avanzó un paso agarrando los cabos de sus
espadas. Los ojos verdes se le habían tornado en amarillos, todos sus músculos
estaban en tensión y el halo de poder que emanaba era patente para todos los hombres
que estaban presenciando aquella figura. Gustan se dio cuenta de lo que iba a
ocurrir y rápidamente saltó de la muchedumbre para interponerse entre aquellos
pobres hombres y su amigo.
-
Tranquilo, tú solo acabarías
con todos ellos en un abrir y cerrar de ojos, pero… ¿ganarías algo? – La voz de
Gustan era suave y pausada - Son unos miserables, ya lo sabías cuando te uniste
a ellos, aunque no creo que merezcan morir por ello, déjales con sus reglas y
márchate. - hizo un breve silencio y continuó: - Dónde vayas, yo iré, pero por favor ya tenemos
bastante con el enemigo como para que también luchemos entre nosotros.
Los
ojos de Drakan volvieron a su color verdoso, lentamente enfundó sus espadas y
miró a los ojos marrones de su amigo:
-
Por tu boca no solo hablas
tú, amigo mío, sino que se evidencia toda la sabiduría de tus antepasados.
Los
hombres ya se habían preparado para la inminente batalla, no obstante se
sintieron aliviados al comprobar que el segador de almas había abandonado la
idea de enfrentarse a ellos; habían visto en decenas de ocasiones como luchaba
aquel ser y sabían, que si eran capaces de matarlo, no sería sin la perdida de
muchos. Aun así el cabecilla de la revuelta, al cerciorarse de que Drakan
olvidaba la idea de atacarles, se adelantó a su tropa. Era un hombre realmente
fuerte, casi tan alto como los cíclopes, su pelo y barba eran totalmente negros
de una espesura considerable y en su portentoso brazo asía una gran espada
mellada:
-
¿Tan poderoso te crees que
te sientes incapaz de pelear contra nosotros? - cuando terminó esta frase, la
multitud irrumpió en risas. – Si no fuera por Gustan ya te habríamos eliminado,
segador de almas. -escupió en tono jocoso.
Drakan
detuvo su caminar por unos segundos, en ese instante de incertidumbre el miedo
llenó los corazones de los humanos que estaban observándolo, el miedo comenzó a
aflorar en el cuerpo del cabecilla que sabía el error que había cometido al
pronunciar aquellas palabras. Gustan observó a su amigo, notó el crepitar del
suelo bajo los pies de Drakan, sintió como el poder que yacía en aquel ser
despertaba e intentó cogerlo del brazo antes
de que iniciara su ataque, pero ya era demasiado tarde, en solo unos segundos
Drakan había recorrido un espacio de unos veinte metros, empalando al hombre de
un solo tajo. Su espada atravesaba todo el cuerpo del cabecilla, desde la ingle
hasta la espalda, el segador de almas levantó poderosamente el cuerpo inerte de
aquel hombre y, con los ojos amarillos, miró a todos y cada uno de los humanos
que se hallaban en la primera fila.
-
Devolveréis el dinero a la
familia de ese chico, yo me marcharé, pero si por un casual mis palabras no se
hicieran hechos... ¡os mataré a todos, me escucháis!
Todo
el grupo en silencio aceptó las palabras
de aquel asesino y poco a poco recularon para luego correr hacia la seguridad
del bosque.
A
los pocos instantes Drakan había perdido esa luz amarilla que caracterizaba su
ira, sacó la espada del cuerpo de aquel pobre hombre, la limpió con sus ropajes
y la introdujo de nuevo en su funda:
-
No sé a qué raza perteneces,
aunque está claro que no eres humano. Nunca vi a un hombre recorrer en tan poco
tiempo tanta distancia. – afirmó Gustan cuando Drakan llegó a su lado.
El
segador de almas tenía los ojos envueltos en lágrimas, el corazón se le encogía
en cada sollozo, las manos le temblaban sin cesar. Levantó la cabeza y clavo
sus
ojos verdes en los de su amigo y le preguntó sin esperar una respuesta:
-
¿Por qué disfruto con esto?
– Las palabras lograron salirle a trompicones de su garganta mientras se miraba
las manos llenas de sangre roja… humana. - ¿Por qué?

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