viernes, 25 de julio de 2014

Capítulo 4: El placer y el dolor del Guerrero.

L
a mañana volvía a nacer una vez más en aquello parajes, la orquesta, que los cientos de pájaros creaban, se fundía con el sonido de un pequeño riachuelo que recorría incansable su cauce diario. Los jóvenes astros despertándose de su perezoso sueño emanaban una luz suave y un ligero frescor matinal inundaba aquel paraje; nada podía romper la paz que se instauraba en aquellos momentos en el Bosque, pero como siempre la paz solo dura unos maravillosos instantes en los que nos deja atisbar lo feliz que podría ser nuestra vida, de súbito un murmullo ensordecedor rompió la placidez de la mañana, una multitud se había convocado a los pies del árbol donde descansaba el gran guerrero.

En un primer momento el segador de almas no le dio mayor importancia, los chicos solían despertarse bien temprano y dedicarse al cuidado de las armas, pero fueron los gritos de ira lo que le llamó la atención, Drakan se alojó las dos espadas en sus fundas y descendió del kima

-          Te dije que no compartirían su recompensa por las buenas. – informó Gustan a su amigo nada más verlo llegar.

El hombre lo miró con sonrisa torcida, se quitó las últimas legañas que poblaban sus ojos y habló a la muchedumbre:

-          Ayer ordené que a la familia del chico caído en manos del capitán de aquellas bestias se le restableciera su parte y la mía. ¿Qué tenéis en contra de ello?

Los gritos y murmullos aumentaron en decibelios al oír en voz de su capitán lo que hasta ese momento había sido solo un rumor. “Los más valientes”, aprovechando el manto que el anonimato les ofrecía, gritaron a viva voz:

 - El pacto así lo decía… ¿Cuándo yo muera se le dará mi parte a mi familia?

 El ánimo de aquellas gentes se caldeaba por momentos, eran fieles guerreros, de eso no había duda, pero su fidelidad no era para con su líder, sino para con su recompensa. Drakan enseguida comprendió lo complicado de la situación, al tiempo que  le volvía a la memoria la voz de aquel chico preguntándole: - ¿Por qué luchamos? – Tras oír esta frase por tercera vez en su mente, el guerrero rompió su silencio:

-          Tal vez tengáis razón.  

El gentío pareció complacido al escuchar la primera frase del segador de almas, que inmediatamente fue continuada.

- No solo habría que reestablecerle a la familia de ese muchacho la parte de la recompensa que le pertenece, sino que se la tendríamos que dar a cada una de las familias de los caídos ayer, antes de ayer… y desde que comenzamos a combatir.

En ese momento todos los hombres explotaron en gritos, el murmullo era atronador y junto al griterío comenzaron a escucharse el rechinar de los aceros al desalojarse de sus fundas. La cuenta rápida que habían hecho en sus mentes para averiguar cuánto tendría que darle a los muertos no les gustó nada.

Drakan, al oír el chirriar de las armas, tornó sus dos manos hacia su espalda y sacó sus espadas clavando ambas en el suelo con un súbito y rápido movimiento:

-          Ya sé de que calaña sois todos y cada uno de vosotros, pero creía que en vuestros corazones aun quedaba un poco de honor para los caídos. –sus palabras se detuvieron por unos instante, el gran guerrero escudriñó los rostros duros de sus compañeros de armas, visitó su corazón y continuó sabiendo que sus palabras ya no tenían marcha atrás. – Pero no es así, sois tan codiciosos como el enemigo que continuamente atacamos, no os diferenciáis en nada de esas bestias, tuve que saber, desde que llegué, que este no era mi lugar.

Al terminar muchos de los hombres, con sus armas en mano, se adelantaron unos pasos para afrontar la que podría ser su última batalla, ya que pese a su codicia aun albergaban un poco de honor en sus almas y la ofensa de palabra de aquel humano les había calado hondo.

-          ¿Acaso eres tú mejor que nosotros? – preguntó uno de los cabecillas de la revuelta al segador de almas. -Todos hemos visto como masacras a esas bestias sin piedad, observamos aterrados como disfrutas al ver como la sangre oscura de esos mal nacidos se desliza por tus espadas, ¡júzgate a ti mismo y luego, si no mueres en el intento, júzganos a nosotros!

Al escuchar esta afirmación, Drakan avanzó un paso agarrando los cabos de sus espadas. Los ojos verdes se le habían tornado en amarillos, todos sus músculos estaban en tensión y el halo de poder que emanaba era patente para todos los hombres que estaban presenciando aquella figura. Gustan se dio cuenta de lo que iba a ocurrir y rápidamente saltó de la muchedumbre para interponerse entre aquellos pobres hombres y su amigo.

-          Tranquilo, tú solo acabarías con todos ellos en un abrir y cerrar de ojos, pero… ¿ganarías algo? – La voz de Gustan era suave y pausada - Son unos miserables, ya lo sabías cuando te uniste a ellos, aunque no creo que merezcan morir por ello, déjales con sus reglas y márchate. - hizo un breve silencio y continuó: -  Dónde vayas, yo iré, pero por favor ya tenemos bastante con el enemigo como para que también luchemos entre nosotros.

Los ojos de Drakan volvieron a su color verdoso, lentamente enfundó sus espadas y miró a los ojos marrones de su amigo:

-          Por tu boca no solo hablas tú, amigo mío, sino que se evidencia toda la sabiduría de tus antepasados.

Los hombres ya se habían preparado para la inminente batalla, no obstante se sintieron aliviados al comprobar que el segador de almas había abandonado la idea de enfrentarse a ellos; habían visto en decenas de ocasiones como luchaba aquel ser y sabían, que si eran capaces de matarlo, no sería sin la perdida de muchos. Aun así el cabecilla de la revuelta, al cerciorarse de que Drakan olvidaba la idea de atacarles, se adelantó a su tropa. Era un hombre realmente fuerte, casi tan alto como los cíclopes, su pelo y barba eran totalmente negros de una espesura considerable y en su portentoso brazo asía una gran espada mellada:

-          ¿Tan poderoso te crees que te sientes incapaz de pelear contra nosotros? - cuando terminó esta frase, la multitud irrumpió en risas. – Si no fuera por Gustan ya te habríamos eliminado, segador de almas. -escupió en tono jocoso.

Drakan detuvo su caminar por unos segundos, en ese instante de incertidumbre el miedo llenó los corazones de los humanos que estaban observándolo, el miedo comenzó a aflorar en el cuerpo del cabecilla que sabía el error que había cometido al pronunciar aquellas palabras. Gustan observó a su amigo, notó el crepitar del suelo bajo los pies de Drakan, sintió como el poder que yacía en aquel ser despertaba e intentó  cogerlo del brazo antes de que iniciara su ataque, pero ya era demasiado tarde, en solo unos segundos Drakan había recorrido un espacio de unos veinte metros, empalando al hombre de un solo tajo. Su espada atravesaba todo el cuerpo del cabecilla, desde la ingle hasta la espalda, el segador de almas levantó poderosamente el cuerpo inerte de aquel hombre y, con los ojos amarillos, miró a todos y cada uno de los humanos que se hallaban en la primera fila.

-          Devolveréis el dinero a la familia de ese chico, yo me marcharé, pero si por un casual mis palabras no se hicieran hechos... ¡os mataré a todos, me escucháis!

Todo el grupo en silencio aceptó  las palabras de aquel asesino y poco a poco recularon para luego correr hacia la seguridad del bosque.

A los pocos instantes Drakan había perdido esa luz amarilla que caracterizaba su ira, sacó la espada del cuerpo de aquel pobre hombre, la limpió con sus ropajes y la introdujo de nuevo en su funda:

-          No sé a qué raza perteneces, aunque está claro que no eres humano. Nunca vi a un hombre recorrer en tan poco tiempo tanta distancia. – afirmó Gustan cuando Drakan llegó a su lado.

El segador de almas tenía los ojos envueltos en lágrimas, el corazón se le encogía en cada sollozo, las manos le temblaban sin cesar. Levantó la cabeza y clavo sus
ojos verdes en los de su amigo y le preguntó sin esperar una respuesta:


-          ¿Por qué disfruto con esto? – Las palabras lograron salirle a trompicones de su garganta mientras se miraba las manos llenas de sangre roja… humana. - ¿Por qué?

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